LA TEXTUALIDAD EN ALGUNAS POETAS BRASILEÑAS DEL SIGLO XX Y PRINCIPIOS DEL XXI. POR RICARDO DOMENECK (TRADUCCIÓN DE PAULA ABRAMO)






Durante los primeros siglos de creación en Brasil, las mujeres estuvieron casi completamente ausentes de la poesía y la literatura oficiales y registradas, con excepción de una que otra moralista árcade. Fueron apenas personajes, manifestaciones del deseo masculino (de Marília conocemos lo que fluyó por la garganta de Dirceo; sabemos, también, que la joven Iracema era muy hermosa, con sus labios de miel; y de Capitu conocemos lo que Bentinho quiso decirnos).[1] Sólo hasta fines del siglo xix una mujer alcanzaría cierto renombre con su trabajo poético. Fue el caso de Francisca Júlia (1871-1920), a partir de la publicación de su libro Mármores (Mármoles, 1895). Dicen que éste causó escándalo en su época, tal vez por sonetos como “Dança das centauras” [Danza de las centauras], con versos como:
Al aire reparando, con las bocas sin frenos,
Desnudas juegan, gritan, entrecruzando lanzas,
Y aquí, garbosas, vienen, desarrollando danzas
Y al sol presumen rudas lo blanco de sus senos.
Para nosotros, que leemos después del modernismo,toda la poesía de aquella época está bajo sospecha; es lejana para nuestro paladar. Pero leyendo con ojos libres, no es difícil notar que Francisca Júlia tiene algunos sonetos sofisticados y mejores que los de muchos de sus contemporáneos machos y famosos. Hay, de acuerdo con mi opinión y lectura, un cosismo mucho más concreto y objetivo en un soneto como “Egipto” que en mucha de la poesía parnasiana de las antologías.
Egipto
Francisca Júlia
No hay en el aire denso ningún rumor o grito;
Ni hay en el suelo calvo el más pequeño adorno;
Tan solo un viejo ibis arranca un raro piorno
Que crece entre los cortes de losas de granito.
Viene la blanda cura del desierto infinito
Y encrespa suavemente del Nilo el agua en torno.
El Nilo corre y gime bajo un calor de horno
Que en olas desde lo alto desciende e invade Egipto.
Destaca entre  la luz, ahora, ensimismado,
El cuerpo de un tendero que pasa hacia el mercado
Y el vasto cuadro muerto mayor tristeza asume.
El sol golpea la arena. Y en un sueño tranquilo,
A lo largo su albura un velero presume,
Que tremola, tremola sobre el agua del Nilo.
(Mármores, 1895)
Con el grupo de 1922 la situación no cambió mucho. Ni siquiera la que es quizá la figura femenina más fascinante del primer modernismo, Patrícia Galvão (Pagu), dejó textos que estuvieran a la altura de su influencia práctica sobre muchos debates importantes en el país durante el período de entreguerras. Yo la considero fascinante e importantísima. Recuerdo haber leído con mucho placer, hace bastante tiempo, el trabajo de Augusto de Campos sobre ella, pero es una de esas figuraslarger than life, con personalidades radiantes no precisamente como artistas textuales. De los que nos dejaron obras que siguen siendo perturbadoras e importantísimas, el modernismo contó más bien con el trabajo de mujeres en las artes plásticas, principalmente con Tarsila do Amaral y Maria Martins. No obstante, en algunos textos famosos, Pagu muestra un gran talento imagético con versos que podrían vincularla, a través de veneros poéticos subterráneos, con poetas como el Pedro Kilkerry de “É o silêncio” [Es el silencio], por ejemplo.
Naturaleza muerta
Patrícia Galvão (publicado bajo el pseudónimo de Solange Sohl)[3]
Los libros son dorsos de estantes distantes quebrados.
Estoy colgada de la pared como si fuera un cuadro.
Nadie me sostuvo por el pelo.
Pusieron un clavo en mi corazón para que no me mueva
Clavaron, ¿eh? el ave en la pared
Pero conservaron mis ojos
Es cierto que están parados.
Como mis dedos, en la misma frase.
Se estiraron en coágulos azules.
¡Qué monótono el mar!
Mis pies ya no dan ni un paso.
Mi sangre llorando
Los niños gritando,
Los hombres muriendo
El tiempo andando
Las luces fulgiendo,
Las casas subiendo
El dinero circulando,
El dinero cayendo
Los novios pasando, paseando,
La basura aumentando,
¡Qué monótono el mar!
Intenté encender de nuevo el cigarro.
¿Por qué no muere el poeta?
¿Por qué engorda el corazón?
¿Por qué crecen los niños?
¿Por qué este mar idiota no cubre el techo de las casas?
¿Por qué existen techos y avenidas?
¿Por qué se escriben cartas y existe el diario?
¡Qué monótono el mar!
Estoy estirada en el lienzo como un montón de frutas que se pudren.
Si todavía tuviera uñas
Enterraría mis uñas en este espacio blanco
Vierten mis ojos un humo salado
Este mar, este mar no escurre por mi rostro.
Tengo tanto frío y no tengo a nadie…
Ni la presencia de los cuervos.
No estoy olvidando a Cecília Meireles ni a Henriqueta Lisboa. Lo que pasa es que me parece que sus trabajos pertenecen a un lenguaje un tanto distinto del modernismo brasileño. En la década de los 20, Meireles seguía involucrada con los intelectuales católicos de la revista Festa y el escenario cruz-sousista.4[3] Me gusta el trabajo de Meireles y creo que nos dio una lírica cristalina y simple, muy hermosa, que probablemente seguirá leyéndose durante mucho tiempo. El siguiente poema es realmente muy elegante:
Canción
Cecilia Meireles
Puse mi sueño en un barco
y el barco encima del mar;
–luego abrí el mar con las manos,
y lo hice naufragar
Mis manos siguen mojadas
del azul de las olas entreabiertas,
y el color que escurre entre mis dedos
entinta las arenas desiertas.
El viento viene de lejos,
la noche se curva de frío;
y bajo el agua va muriendo
mi sueño, dentro de un navío…
Lloraré cuanto haga falta,
hasta lograr que el mar crezca,
y mi barco llegue al fondo
y el sueño desaparezca.
Después todo estará perfecto;
playa lisa, aguas ordenadas,
mis ojos secos como piedras
y mis dos manos quebradas.
Personalmente, prefiero el trabajo de Henriqueta Lisboa (1901-1985), en especial el de sus libros de las décadas de los 60 y 70, como Além da imagem (Más allá de la imagen, 1963), O alvo humano (El blanco humano, 1970) y Reverberações(Reverberaciones, 1976). Além da imagem es un volumen excelente, cristalino, en el que la autora ya no se muestra tan ligada a la poética simbolista, sino a un lenguaje más tenso y consciente de sí mismo. O quizá, como escribe en el poema “Condição” [Condición], de dicho libro: “Se cierran, pues, los reposteros/ del principio y del fin./ Cesan las vibraciones orquestales/ de lo trascendente, de lo inefable,/ del absoluto.”
Frutesencia
Henriqueta Lisboa
En la soledad madurece
la fruta arrebatada al ramo
antes que el sol amaneciese.
Antes que el viento la arrullase
con un murmullo de arboleda.
Y antes que la luna bajase
de su atmósfera alta y queda.
Antes que la lluvia tocase
su cutis tenue a voluntad.
Antes que el pájaro libase
del palpitar de su savia
el zumo, en el primer enlace.
En la soledad se prueba
la fruta de ácido exprimida.
Pero a lo largo de su esencia
ya sin raíz o tallo o cáliz
dura la seña por milagro.
Y entonces adivina, en sombras
el sol que en sol la transfigura
con suaves pinceladas lentas.
Y oye el secreto de esos bosques
en que los vientos se han callado.
Y sueña invisibles rocíos
en su epidermis calcinada.
Y ve la imagen de la luna
dentro de su propia blancura.
Y acepta al pájaro sin poso
que, dulce, la enseña a ser dulce.
(Além da imagen, 1963)
Las páginas de poesía en internet suelen concentrarse en la obra inicial de Lisboa, más mística y abstracta, como en los poemas de A face lívida (El rostro lívido, 1945) y Flor da morte (Flor de la muerte, 1949), que fueron, sin embargo, bien recibidos por críticos inteligentes como Sérgio Buarque de Holanda. Sin embargo, la obra final de Henriqueta Lisboa nos entregó a una poeta no sólo consciente de su situación como mujer, sino también bastante material.
Modelado/Mujer
Henriqueta Lisboa
Así fue moldeado el objeto:
para el servilismo.
Tiene ojos para ver y sólo
entrevé. No va muy lejos
su pensamiento cortado
a la mitad por la herrumbre
de la tijera. Es un mito
sin alas, condicionado
a la labor del hogar.
Sería un jarro de barro habituado
a movimientos incipientes
bajo tutela.
Alza la cabeza por momentos
y pronto decae por la fuerza
de siglos pendientes.
Al remover desechos
lleva espinas en la carne.
Será tal vez escaso un milenio
para que por justicia
tenga vida del todo.
Pues el modelo debe ser
indefectible según
la ley del modelado mismo.
(Pousada do Ser, 1982)
Publicado por la Editora Global hace algunos años, el volumen Os Melhores Poemas de Henriqueta Lisboa, antologado por Fabio Lucas, contiene algunos de los excelentes poemas de Além da imagem y ejemplos de la mejor poesía minimalista de Brasil, con textos del libro Reverberações (1976), con el que muchos de nosotros, hoy en día, podríamos aprender a escribir una poesía realmente concisa, aunque no por concisa desarticulada.
Calendario
Henriqueta Lisboa
Callada floración
ficticia
cayendo del árbol
de los días
(Reverberações, 1976).
En la posguerra, la situación cambia de manera considerable. Clarice Lispector (1925-1977) e Hilda Hilst (1930-2004) son grandes guías para una est-É-tica contemporánea, ineludibles, imprescindibles. En la década de los 50, cuando estábamos (y seguimos estándolo) concentrados en los machos alfa con tintes deenfant terrible de las neovanguardias, estas mujeres comenzaron a entregar algunos de los artefactos est-É-ticos más perturbadores de la posguerra brasileña, con trabajos como La manzana en lo oscuro (1951), La pasión según G.H. (1964) y La hora de la estrella (1977), de Lispector, y “Qadós (1973) y La obscena señora D (1982) de Hilst, o poemas tan hermosos como los de Júbilo Memória Noviciado da Paixão (Júbilo Memoria Noviciado de la Pasión, 1974) o Da morte. Odes mínimas (De la muerte. Odas mínimas, 1983), entre otros volúmenes maravillosos de esta última autora.
Porque hay deseo en mí, es todo resplandor.
Antes, lo cotidiano era un pensar alturas
Buscando a Aquél Otro decantado
Sordo a mi humana ladradura.
Viscosidad, sudor, pues, nunca se formaban.
Pero hoy, de carne y hueso, laborioso, lascivo
Tomas mi cuerpo. Y qué descanso me das
Después de las lides. Soñé peñascos
Cuando había un jardín aquí al lado.
Pensé subida donde no había rastros.
Extasiada, cojo contigo
En lugar de gemir frente a la Nada.
(Do desejo, 1998)
O bien:
Difícil explicarlo, iba diciendo a borbotones que esas cosas señora son para hacerme una limpieza en el alma debo empezar por ahí no sé si usted entiende pero lo blanco es demasiado importante para comenzar las oraciones y encendiendo las velas se vuelve visible para la Excelencia que soy yo mismo me enciendo, materia de amor etc., etc. La mayoría ponía los ojos en blanco, torcía la boca, unas se rascaban los codos, la cintura, decían: hombre, si quieres comida lo entiendo pero no tengo, lo demás es alboroto, lárgate. A veces me daban telas negras, o anaranjadas con rayas o rojas con florecitas, nunca el blanco, Excelencia, y como último recurso para conseguir los cirios yo entraba en una tienda a trompicones, el ojo girasol y gritaba: dos velas por favor, mi madre agoniza, en nombre de vuestro nuestro Dios dos velas para las dos manos de mamá. Y salía como el rayo, como el perro condenado, como Tú mismo que te evaporas cuando Te busco, ay Sacrosanto, por qué me engañaste repitiendo: hic est filius meus dilectus, in quo mihi bene complacui? Desnudez y pobreza, humildad y mortificación, muy bien, Gran Oscuridad, y alegría, es lo que dicen los textos, humilde y mortificado he sido, pero alegre, pero alegre ¿cómo podría? Si sigues dando vueltas frente a mí, ya casi estoy llegando y ya no estás y de repente Te oigo, bramando: mata al rey, Qadós, el que es entero de carne y de pregunta, deja de andar atrás de mí como un hijo imbécil. ¿Cómo quieres que no pregunte si todo se vuelve pregunta? ¿Cómo quieres a mi ser humilde y mortificado si antes, mucho antes de reconocerme en humildad y mortificación, Tú mismo y los demás me obligan a ser humilde y mortificado? ¿Cómo quieres que me proponga ser algo si Tu voracidad Tu garganta de fuego ya se tragó lo mejor de mí y escupió las escorias, un montón de vacíos, un nada con brillantes, un broche de ramera ante Ti, dentro de mí? ¿Y las gentes, Máscara del Asco? ¿Cómo piensas que es posible vivir entre las gentes y olvidarte? El sonido siempre rugido de la garganta, las manos siempre cerradas, si pides con suavidad en medio de la noche que te indiquen el camino te lo roban todo, te asaltan, y si no lo pides te persiguen, si te quedas parado te empujan hacia adelante, piensas que vas hacia el agua, que todos lo hacen, que más adelante te refrescarás por lo menos los pies y allí no hay nada, sólo se comprimen un instante, bosteza, gruñen, miran a su alrededor, después salen disparados. Anduve en medio de esos locos, hice un manto con los retazos que me dieron, algunos libros bajo el brazo, y si veía a alguno más loco que los otros, más afligido, abría uno de los libros al azar, después dejaba que el viento pasara las hojas y esperaba. El viento se detuvo y éste es el recado para el otro: sé fiel a ti mismo y un día serás libre. Me capturan. Una serie de preguntas: ¿cómo te llamas? Qadós. ¿Qa qué? Qadós. ¿Profesión? No tengo, señor, sólo busco y pienso. ¿Qué busca y piensa? Busco una manera sabia de pensarme. Sáquenlo, está loco, no es de nuestra alzada, que se aleje de la ciudad, que no importune a los ciudadanos. Casi siempre soy ése, fermento de vileza y confusión para los otros, para Tus ojos una nada que te persigue, una nada que te persigue, una nada que se agarra de tus babas, y qué difícil es perseguirte, ni rastro, ni estría brillante (esa que los caracoles dejan después de la lluvia) veo, pues sí, pues sí, sería fácil para tu entera baba y fiereza, tu entero amoldable, darme unas alegrías pequeñitas y mostrarte un día Gran Caracol baboso aguado brillante, mostrarte un día intimidad, mira, Perro de Piedra, ya no sé, intimé con uno, una o dos, ya ni me acuerdo, y al principio como me trataron bien, cuidado en el hablar, languidez en la mirada mi palabra era velo dorado que poco a poco se posaba, traslúcido, luminosidad delicada, yo Qadós hablaba y el espacio era perla, leche fresca, pistilo, uno o tres relinchos para calentar aún más tanta tibieza, sonreían, labio suelto encantado, gula de poseerme entero, si era mujer me decía eso mismo, gula de poseerte entero, Qadós, si era hombre también, entonces me escondía, días y días sobre Plotino, otros días sólo flotaba sobre el verdor de los parques, de lejos me seguían, yo de niebla traspasado, melindre disolvencia, Qadós el Entero Deseado.
(Qadós, 1973)
Sin embargo, una de las mejores escritoras de la posguerra, Maria Ângela Alvim (1926-1959), acabó, para pérdida nuestra, al margen del canon, aunque fue autora de algunos de los textos más claramente logopeicos de la poesía de la posguerra, una poesía con una vena mística que, sin embargo, jamás cae en lo que Wittgenstein llamaba tranzendentales Geschwätz, babosada trascendental.
De los Poemas en Agosto
¿Muero en mí? ¿En mi destino, dejado
partido en mil?
¿Muero aquí? ¿Me tardaría
por siempre aquí, sin saberme –huyendo siempre
estaría?
He aquí un lugar. Destierro
(¿de qué?). ¿Dimensión persiguiéndose
en sueños? –Sí, que despierto.
Todo existe circunstante
y nadie para creerme.
Yo soy el sueño,
momento de la ausencia ajena (que penetro casi fría).
Muerte, vida reciente,
subiendo en mí la resina,
ungüento de noche, amor.
Hay sombras y velos, tantos
velos –el más sucinto
atado a mi cuerpo (¿aparente?)
me divide en dos recintos.
Uno de ellos, equilibrio.
En el otro puedo contenerme.
Avanzo en el sueño abierto
hasta la altura del día
fría, fría,
más fría, mi piel
filtra la aurora –en ese tiempo,
esa hora, su pulso de ocaso e instante.
He aquí que me encuentro. Umbral
de transparencia y contacto
entre la luz y el retrato sobre la casta
pared –¿La loca?
Murmullo de agua que cae
dentro de mí, claridad.
Gracia de manos aún
más presentes que mis manos
ya vacías de su forma,
sobre la palma. ¿Qué gesto
amplio fue el que las retuvo
configuradas tan lejos?
Y este azul que casi en blanco
se deshace (¿en la carne?).
¡Ah! Tres retinas cortadas
de un prisma, cuando amanecen
en estos vidrios insomnes.
¡Ah! Tres retinas posadas
en ver, en ver contemplando
(ser, ¿será acaso el olvido
de cuantos somos… pensando?).
§
Quiero creerme este sentido
de larga memoria blanca.
Sobre él no recordar,
–estar, estar,
do todo confluye en poco:
se hizo el tiempo en el instante
de este espacio, superficie,
piso que ni me sostiene
(dura soy yo, y dura amargura es la mía)
No, no recordaré,
sería pensar principios
y otros fines –¡Oh, lunares
recuerdos, dolientes pasos
(a muchos los fui siguiendo
de lejos: más me pisaron
aquí, allí, donde sé).
¿Estoy? Si estoy ¿me consienten
los gestos y movimientos?
No se atiende a ningún ruido
que dentro no se escuchara.
Y todo en mí se repite
por mientras durante y siempre
el recuerdo va bajando
a su lecho más durmiente.
¿Los pensamientos serían
guiones menos dolorosos?
Dejarlos que se disuelvan
en los nocturnos tormentos
de la mente que se busca,
de la idea, que refluye
por sobre duda, distancia
y certeza, aéreo marco
de un reposo en sí medido.
Dejarlos. Dejarme mientras
existe un consenso oculto.
Pensaré que desviví
en un umbral-lucidez
allá y, sin embargo, aquí.
(Poemas: Unicamp, 1993)
En la década de los 50 entraría en escena otra elegante poeta lírica, Marly de Oliveira (1935-2007) de Espirito Santo, con un primer libro hermoso: Cerco da primavera (Cerco de la primavera, 1957) y otro, también muy hermoso, A suave pantera (La suave pantera, 1962). Confieso que también me gusta mucho O mar de permeio (El mar de por medio, 1998). Solía leer y releer algunos de esos poemas en las librerías, de pie, en la época en la que el libro salió a la luz. El que piense que un texto como el que presento a continuación es fácil de hacer y de alcanzar, está muy equivocado. De alguna manera se comprende que esto haya pasado desapercibido en una década como la de los 60, pero seguir ignorando poesía de esta calidad constituye una pérdida personal.
La suave pantera
Marly de Oliveira
I
Como cualquier animal,
mira la reja flotante.
Y he aquí que la reja es fija:
Ella, en cambio, es caminante.
Bajo la piel, contenida
–en silencio y en lisura–
la potencia de su mal,
y la dulzura, dulzura
que le escurre por las piernas
y a las piernas habitúa
a ese modo de andar,
y de ser suya, ser suya
en el perfecto equilibrio
de esa su existencia abierta:
una y atenta a sí misma,
suavísima pantera.
II
Suave, suave es la pantera,
mas si la quieren tocar
sin la debida cautela,
la verán transfigurada
en la fiera que por dentro
lleva. El diente más marfil
en su negror todo alerta,
y ser de principio a fin
la pantera sin reservas,
el fervor, la fuerza lúdica
de uñas largas, descubiertas,
el éxtasis de su furia
bajo el melindre que ella,
cuando reposa, si nadie
la toca, tiene en la amena
forma que no se alboroza
por sí sola, antes parece
en la dúctil y lustrosa
pelambre con que se adorna,
una viva, intensa joya.
(A suave pantera, 1962)
Para comprender la textualidad brasileña de la posguerra, me parece estimulante pensar en las implicaciones poéticas del trabajo de Mira Schendel (1919-1988),5[4]sobre el cual escribí un artículo para Modo de Usar & Co. en colaboración con Marília Garcia.
Una de las poetas brasileñas que más me interesan de la posguerra y que publicó su primer libro en la década de los 60 es, como he dejado claro en incontables ocasiones, la paulista Orides Fontela (1940-1998), cuya poesía oscila entre lo simbólico y lo semiótico o, como escribí en otro momento, parece no decidir definitivamente si la destrucción del mundo se opera mediante una fuerza centrípeta o centrífuga. Sus poemas tienen, en mi opinión, pese a su superficie pulida de cristal, una violencia sin muchos paralelos en la poesía escrita en Brasil durante la posguerra. Quizá pueda sentirse el mismo tormento en la prosa y la poesía de Hilda Hilst, pero en esa mística la solución era el escarnio y la exuberancia del diluvio, al tiempo que en Orides Fontela era preferible lo desértico de quien jamás poseyó nada. Algo de este flujo y reflujo entre lo concreto y lo abstracto, entre el símbolo y el signo, puede sentirse en varios poemas suyos. En “San Sebastián”, del libro Helianto (1973), vemos la concreción centrípeta del símbolo convirtiéndose signo, del verbo convirtiéndose carne, del mito encarnando en un cuerpo de sangre y hueso.
San Sebastián
Orides Fontela
Las flechas
–crudas– en el cuerpo
las flechas
en la fresca sangre
las flechas
en la desnudez joven
las flechas
–firmes– confirmando
la carne.
O bien:
Clima
En este lugar marcado: campo donde
un árbol único
se alza
y el alargado
gesto
absorbiendo
todo el silencio – se enciende e
inmoviliza
(sonido antes de la voz
pre-vivo
o más allá de voz
y vida)
en este lugar marcado: campo
inmóvil
secreto celo cisma
el ser
se celebra
–mudo eucalipto
elástico
y elíptico.
En la década de los 70 es cuando se manifiesta claramente la importancia que algunas mujeres habrían de tener para la poesía brasileña contemporánea. Es inevitable aquí hablar de una poeta que ya fue tanto adorada como infame, cuyo increíble talento, sin embargo, parece encontrar hoy en día, poco a poco, una apreciación precisa, a través de un trabajo realmente interesante y sorprendente, sobre todo si recordamos que la autora murió cuando apenas tenía 31 años. Me refiero a Ana Cristina Cesar (1952-1983). Esta misma poeta fue una de las primeras que realmente abordó la cuestión de una escritura femenina, volviendo, por ejemplo, a Cecília Meireles y a Henriqueta Lisboa, pero criticándolas –en sus palabras– por la exagerada admiración que profesaban hacia hombres como Carlos Drummond de Andrade. A. C. Cesar insinuaba cierta “dependencia” estética en sus predecesoras, un deseo de imitación que denotaba servilismo. Ella misma devoraría intertextualmente, pero con menos respeto, poemas de hombres como Drummond y, sobre todo, como Jorge de Lima. Como sucede con cualquier poeta que muere tan joven, Ana Cristina Cesar dejó algunos poemas que hoy me parecen horribles y otros que considero primorosos, pero creo que seguirá siendo una figura importante durante las próximas décadas.
Flores del más
Ana Cristina Cesar
despacio escribe
una primera letra
escribe
en las inmediaciones construidas
por los huracanes;
despacio mide
a la primera pájara
bisoña que
raye
el pañuelo
abierto
sobre los vendavales;
despacio impón
la muñeca
que mejor
sepas sangrar
sobre el cuchillo
de las mareas;
despacio imprime
la primera
mirada
sobre el galope mojado
de los animales; despacio
pide más
y más y
más
O bien:
Poema
Cuando entre nosotros sólo había
una carta segura
la correspondencia
completa
el tren las vías
la ventana abierta
un cierto paisaje
sin piedras o
sobresaltos
mis tacones altos
en equilibrio
el vaso de agua
la espera del café
Sólo el pudor me impediría hablar de otra poeta surgida en la década de los 70, que produjo varios poemas que confieso que me gustan mucho, especialmente algunos de Bagagem (Equipaje, 1975) y O pelicano (El pelícano, 1987): Adélia Prado, de Minas Gerais (1935). ¿Quizá Adélia Prado también se entregó a la reescritura de los textos de ciertos hombres, situándose en un punto intermedio entre la admiración por las poetas de los años 30 y la seducción de Ana Cristina Cesar?
Con licencia poética
Adélia Prado
Cuando nací un ángel esbelto,
de esos que tocan la trompeta, anunció:
ve a cargar banderas.
Es cargo muy pesado para una mujer,
esta especie aún avergonzada.
Acepto los subterfugios que me tocan,
sin tener que mentir.
No soy tan fea como para no casarme,
Río de Janeiro me parece una belleza y
a ratos sí, a ratos no, creo en el parto sin dolor.
Pero lo que siento lo escribo. Cumplo el destino.
Inauguro linajes, fundo reinos
–el dolor no es amargura.
Mi tristeza no tiene pedigree,
pero mi deseo de alegría,
tiene una raíz que llega a mi mil abuelo.
Ser rengo en la vida es una maldición para hombres.
La mujer es desplegable. Yo lo soy.
Fatal
Los muchachos tan guapos me duelen,
impertinentes como limones nuevos.
Yo parezco una actriz en decadencia,
pero como sé de eso, lo que soy
es una mujer con un radar potente.
Por eso cuando ellos no me ven
como si dijeran: acomódate en tu rama,
yo pienso: guapos como potros. No me sirven.
Esperaré a que adquieran indecisión. Y espero.
Cuando creen que no,
los tengo a todos en el bolsillo.
Entre estas dos poetas famosas de la década de los 70, las señoras Cesar y Prado, hay otras a las que aprecio, menos conocidas, pero quizá incluso mejores en varios aspectos, como la carioca Elizabeth Veiga (1941), que publicó su primer libro, Gosto de fábula, en 1972, y no volvió a publicar sino hasta 20 años después, lo cual explica un poco, tal vez, su oscuridad.
Pérdida
Elisabeth Veiga
La primera vez que me rompieron
toda
doblé las rodillas,
caí sin rodillas,
me doblé toda sobre
el vacío de los brazos.
Los huesos tiritaban,
la cabeza tronaba
un destino:
toda un astillero
sin navíos,
sólo pabilos de viaje,
toda un astillero
ebrio de sombras
y destinos,
no sabía ya
cuántas primaveras
hacen un cisne,
no sabía
beber a no ser
con las manos en concha,
yo era un plato
con la cara redonda
que los gatos lamieron
y huyeron,
un piano con fiebre
en desarticulación nerviosa,
una pátina derretida,
una pequeñez
atarantada
con los caracoles del polvo
que se esfuma en el horizonte.
O bien:
Algias
Elegía 1
Ya repetí el viejo encantamiento
y sólo el cemento respondió,
rastro de cenizas de manzana vencida,
des vestigio de sabor,
estanco julio que molió vendimias
y dejó en el espacio su vinagre blanco.
Donde había un dios
los días enmohecieron nubes
de estricta agonía antepasada
que se mira al espejo
antes del adiós.
Inexiste, no suena, lo que había
se fijó atrás de la mente:
fin sonoro de fotografía.
Es agosto seco. Es hoy y nunca hubo.
Alergia 2
Ya repetí el viejo encantamiento
y el antiguo dios Xipanto no maldijo
mi gleba de brea solferina.
Tomé el día de campo, las sandalias marchitas
y cambié de almohada lírica
para afinar mi samba en otros infiernos.
También con un primer libro publicado en la década de los 70, pero con un trabajo al que no se le prestó mucha atención sino hasta los 90, tenemos a la marañense Lu Menezes (1948), radicada en Río de Janeiro. Me gustan especialmente poemas como éstos:
Cuerpos simultáneos de cisne
Lu Menezes
  
El blanco ideal y el blanco real
el mismo cisne en el espacio
de una bolsa de sal
ocupan
pero una
transmigrante
ley en víveres transmutó
la obsoleta
ampolleta: un cisne de sal
sigue el curso
del tiempo
y mengua
hasta ser
solamente
de plástico transparente
Marcos
Había soñado tener,
reflejada en explícitos espejos,
una vida burguesa
de pintura holandesa del siglo XVII
Le tocó ser
simple Sísifa de sí,
con una rutina que adquirió, empero, algún valor
cuando perdida en fríos días de terror
como el Jockey perdido de Margritte se halló
Hoy las palmeras ya no la enarbolan
Queda el paseo guiado por ciertos zapatos
de punteras largas que caen como calcetas
Como un matiz de Matisse,
mantenerse en la superficie
es un don de la jeunesse
-jamás de la vejez,
turno de Turner
propensión a la invisibilización
No puedo dejar de hablar de la espectacular prosista Márcia Denser antes de dejar la década de los 70. Todavía activa, Denser, tiene textos impresionantes y lo único que la mantiene en la oscuridad es la incompetencia crítica del país. Quizá la descubran cuando esté a punto de despedirse de este mundo, como hicieron los muy canallas con Hilda Hilst.
Nos acostamos escuchando a Roberto Carlos, la voz de los moteles, “¿por qué me arrastro a tus pies?”. Porque el sexo es eso mismo. Estas ganas de reptar con Roberto, en el coito de los moteles. Él dice: este motel era bueno, y yo miro el baño, la bocina defibroplast, las toallas empacadas en bolsas de plástico, las sábanas castañas con ramajes dudosos entre percudido y restos de color, los tres espejos redondos, montados en vinil (uno frente al otro, centrados en relación con la cama, el tercero en el techo, sobre la cama), claro que para convertirnos en una especie de confuso coctel de jaibas asadas: piernas, brazos, carnes vivas, jardinera de patas, antenas, pelos en movimiento, mirando de soslayo otra hidra en perspectiva en el espejo de enfrente, de atrás, de arriba, de abajo, penetrados, mezclados, confundidos, 850.OO por noche porque (y entonces sé por qué) todos los moteles son siempre el mismo motel, el animal mitológico, la quimera que se arrastra interminablemente en la madrugada al son de Roberto Carlos.
(Fragmento de “El animal de los moteles”, de Márcia Denser)
La poeta que más me llama la atención en la década de los 80 es tal vez Leonora de Barros (1953), con un trabajo que transita entre la escritura y la visualidad, manifestándose en textualidad poética.
Durante la década de los 90 tal vez se produjo un retorno a la poética de lo simbólico de los años 30, pero mujeres como Josely Vianna Baptista (1951) y Claudia Roquette-Pinto (1963) nos han dado algunos poemas muy hermosos. Me gustan los dos que pongo a continuación, aunque también podría usarlos para hablar de muchas de mis discrepancias sobre ciertas decisiones de los poetas de aquella década, algo de lo que ya he hablado en diversos momentos. Aquí prefiero leer los poemas:
silla en mykonos
Claudia Roquette-Pinto
I
en ella no se aureola, ni es falsa
la idea que de ella se alza
como fuego de la leña
un griego, por cierto, que la
aprisionó, como a un insecto
sobre la gamuza-concepto:
en la lengua, tercer objeto,
menos silla, si la escribo
tampoco debo (si la quiero)
en los arrabales de las sílabas
buscar madera de muebles
necesito (para tenerla)
adiestrarme en negativo,
desde el blanco contiguo
de la pared, agotarla
como figura: literal
(a modo de edén) desnuda
entre sábanas de cal
II
ícaro sin plumas
novia muda en cendales de secado rápido
cuadrúpedo engendrado para soledades
Donde el cielo devore la tierra
Josely Vianna Baptista
devore la brea a la noche
su propio rastro;
no sólo ocre, de golpe,
lo oscuro oscurezca,
noche tan noche
que se doble en día
zumben los charcos
otra vez insectos;
vuélvanse las corrientes
de lodo
en que me revuelco
–con el sol–
polvo púrpura
o largos rollos
que el viento
alza y aovilla
a plomo el suelo se comprenda
a sí mismo,
y la tarde atardezca
en un crepúsculo
masa de sombras,
crepúsculo de nieblas
(frutos pudriéndose
en el pesebre)
Con un primer libro en la década de los 90, la pernambucana Jussara Salazar (1959) ha publicado muy buenos ejemplos de una poesía tensa, vinculándose con poetas tan distintas entre sí como Marly de Oliveira, Elisabeth Veiga y Ana Cristina Cesar en sus mejores momentos.
Plegaria
Jussara Salazar
Verde, ambar las
piedras
y las violetas rosadas –
eternas y el humo que
cubría el suelo negro
como la noche, y quisiera
hablarte en tu idioma
antiguo
y recordar los lobos
que corren en torno a
la casa y la hiedra silvestre
cubriendo los vestidos y
los animales, pequeños,
en los bordados de colores y
ramitos entreabriéndose
blancos y oscuros, cristal
de la luna en reflejo
como la aparición de las
liebres y de las ovejas
recorriendo los campos bajo
las nubes, y la subtierra
profunda del huerto en la
piel del aire en minutos
precisos, envolviendo el
tiempo en que vi morir
el sol, y el viento girando
soplando espejismos del
color del agua hacia las rosas y
los insectos. Quisiera hablar
tu idioma antiguo y
guardarte en las lucecitas
del espejo como los
clavos que también son tan
antiguos sobre la toalla
blanca, y una luna de
seda derrama un rosario
de oro que se suma los rumores
de un sueño, quisiera.
Ya entrando en el siglo XXI puedo decir sin problemas ni titubeos que la mayor parte de la poesía brasileña que me interesa actualmente ha sido escrita por mujeres. Algunas siguen inéditas en libro, como Izabela Leal (1969) y Juliana Krapp (1980).
Oriental Hotel
Izabela Leal
en el polvo se pierden los amantes,
entre los escombros,
las esquinas con letreros luminosos
flechan a los transeúntes con brasas en las manos
y bocas transversas
de bilé.
antes fue singapur6[5]
ellos estaban ahí,
en la solidez de los cuartos de hotel,
y se desencontraban
siempre
y siempre
bajo la intermitencia del amor.
en el futuro reposan las memorias perdidas
un convoy atraviesa las noches de Hong Kong
–la desviación eterna,
un pliegue de tiempo en el satén de la sábana–
mientras las imágenes pasan
y rasgan
las sombras del vientre.
ella sacudía las piernas en los clubes nocturnos
y el neón emanaba un manto de androide.
era un adagio,
soluble en agua como una de las tantas palabras
anotadas con tinta china con caligrafía milenaria
escurriendo por los poros
de papel.
Límite
Juliana Krapp
Seto es una acumulación de varas entretejidas
cercenando
a veces sí a veces no
yo sé
del esfuerzo para persuadir
naturalezas terribles
simultáneamente
a la gracia de los perímetros
que se mantienen estancos
(el dolor de cohabitar
tanto rendijas como
confinamientos)
Cuando rarefactos, los movimientos
aguardan más que la conclusión, prefieren
el desdén y el resguardo
o incluso este estallido
(un jadeo)
arrullado
por la maraña hipnótica
de las pequeñas sombras
Sólo los ventarrones están de hecho enamorados
y sólo en ellos se desechan
las inmundicias más profundas
como sólo los ramos
se destrozan y embarazan
en un único carrete de músculos en escombros
(un aparato de tensiones
alimentado por el ritmo
de los sumideros)
Con otras de estas mujeres he tenido el placer de trabajar y dialogar. Es el caso de mis compañeras Angélica Freitas y Marília Garcia, sobre quienes he escrito en otras ocasiones.
Línea 14
Marília Garcia
I
cuesta olvidar el último túnel, el tiempo
subterráneo y el retrasar
aquella hora.
en el mapa, es como un hilo lila, y el
vidrio tiene un grosor de muralla:
casi un peligro inminente. mientras
se sumergen a alta velocidad, no se desvía
para ver quién viene atrás. allí
aún actúan las leyes
de la gravedad
(sabe que tiene que
responder pero tal vez no entiende la
pregunta. un leve movimiento
del rostro cubre los círculos
en la pared) tal vez no responda
porque se gastó el
mecanismo.
II
atravesó el cementerio antes
de bajar la escalera, lo vio
recargado en el mármol blanco
4 pasos hacia el sur, 17
hacia el oeste.
quiere bajar, escapar,
nadie que haya bajado
pudo jamás volver (no responde porque su tiempo
es diferente o porque
ya no entiende).
III
a más de 120 decibeles empieza a correr
peligro, pero insiste: ¿quieres
venir conmigo? el eco de la
voz en el vidrio. del otro lado
siempre responde algo sin sonido,
un acento diferente
en la falta de voz.
(20 poemas para seu walkman, 2007)
sirena en serio
Angélica Freitas
lo cruel era que por más bella
por más que sus rasgos ostentaran
fidelísimas genéticas aristocráticas
y sus manos fueran hábiles
en el manejo de bordados y pollos rostizados
y su pelo atestiguara
peines de carey y gran cuidado
la perplejidad sería siempre
por la cola de sirena
no quiero contar la historia
después de andersen & co
todos conocen sus agrores
primero el deseo imposible
por el príncipe (muñeco en traje de gala)
después la conciencia
de un conjuro poderoso
en cambio se deja algo
la voz, el himen elástico
la tarjeta de cliente del méditerranée
son duros los procedimientos
las bípedas femeninas se equivocan
cuando imputan a los tacones
el dolor más adecuado a la altivez
pues
la sirena pisa cuchillos cuando usa los pies
¿y quién la toma en serio?
mejor sería un final
en que volviera a la cola original
y jamás se depilara
en vez del elefante bailando en su cerebro
cuando se encuentra al príncipe
y de los 36 dedos
que le brotan cuando extiende la mano
(Rilke shake, 2007)
Me gustaría terminar con una selección minúscula que no pretende ser completa ni canónica: Hilda Machado (1952-2007). Nacida el mismo año que Ana Cristina Cesar, optó por el mismo fin que ella, aproximadamente 25 años después. No publicó ningún libro. Dos de sus poemas, incluyendo el deslumbrante “Miscasting” que presento a continuación, fueron publicados por Carlito Azevedo en la revista Inimigo Rumor, No. 16. Otros 4 poemas los publicamos en el segundo número impreso de Modo de Usar & Co. Si en el espolio de Hilda Machado hay otros poemas de esta calidad, seremos lectores felices de poesía en esta década.
Miscasting
Hilda Machado
estoy entregando el puesto
dónde firmo
devuelvo otras posesiones
un pabellón en ruinas
el glorioso crepúsculo en la playa
y el personaje de mujer
más Julieta que Justine
adiós ardor
adiós afrentas
estoy entregando el puesto
dónde firmo
hace 77 días dejé en la portería
el remo de cautivo en las galeras de Argelia
una botella de vodka vacía
cinco meses de lujuria
despido al luto
en la esquina
un huevo
feliz año nuevo
bienvenido el otro
cómo se abre esta champaña
cómo se ríe
pero el caballero de espadas volvió a galope
tendió su trampa
paja en el ojo de la tuerta
su victoria pírrica
ciudades fortificadas
mil torres
escaladas por recuerdos enemigos
yo, la amada
yo, la sabia
yo, la traicionada
ahora finalmente estoy renunciando al pacto
rompo el contracto
devuelvo la cinta
me vendió gato por liebre
parodia por película francesa
la actriz de reparto es pésima
la escena de la caída es el mismo castillo de cartas
el héroe llega diciendo que perdió la llave
con barba de más de tres días
vine a devolver al hombre
dónde firmo
el pecho de este caballero no es de acero
su armadura es un galón de tinta inútil
imitación paraguaya
débil abusado
soufflé fallido y palabra fútil
su pecho de caballero
es puerta sin timbre
teléfono que no contesta
sólo tropieza en viejos recados
positivo
cambio
de nada sirve insistir
cuando no hay nadie en casa
con las rodillas raspadas todavía
lamiéndome los dedos
busco compresas frías
oh cielo brillante del exilio
qué tierra
qué tribu
produjo este teatrito Troll pegado a mi boca
dónde está el enchufe
dónde se apaga.






[1] Marília y Dirceo son personajes del poeta árcade Tomás Antônio Gonzaga (1744-1810). Iracema es un personaje de la novela homónima de José de Alencar (1829-1877), al tiempo que Capitu y Bentinho son personajes de la novelaDom Casmurro, de Machado de Assis (1839-1908).

[2] Por modernismo literario brasileño debe entenderse vanguardia.

[3]  Los textos de Patrícia Galvão fueron incluidos gracias a la asistencia de Juliana Bratfisch.

[4]  I. e., influenciado por el poeta simbolista José da Cruz e Sousa (1861-1898).

[5] El lector puede buscar la obra “Bendecid al señor” de esta autora.

[6] Juego de palabras entre el país y un programa brasileño homónimo de vivienda popular.

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