CARTA A SIMIC DESDE BOULDER: RICHARD HUGO


















Querido Charles,
una vez nos encontramos en San Francisco y me enteré
de que te había bombardeado hace mucho tiempo en Belgrado cuando tenías cinco años.
Lo recuerdo. Nuestro objetivo era un puente sobre el Danubio,
queríamos dividir al ejército alemán en su huida hacia el norte
desde Grecia. Fallamos. Algo normal, teniendo en cuenta que yo
pilotaba uno de los bombarderos. Era negado con la mira Norden e incapaz
de lanzar una bomba y cantar a la vez el himno nacional. Recuerdo que Belgrado se nos entregó
como una rosa abierto cuando llegamos. Apenas había fuego antiaéreo. No sabía que
ahorcaban a gente a diario, que los alemanes habían colgado
a 80 000 eslavos en aquella ciudad para dar una lección a los demás.
Cuando el avión se liberó de su carga de bombas y volvimos a casa
mi interés primordial era seguir vivo.
¿Qué lengua hablabas entonces? Serbio, supongo. ¿Y qué pensabas
del terrible aullido de las bombas? ¿Cómo se dice “miedo” en serbio?
Seguro que igual que en inglés, un lamento largo y primitivo
de niños agonizantes, un niño rígido para siempre con la mirada muerta.
No voy a disculparme por la guerra ni por lo que fui. Estaba
voluntariamente confundido por la época. Puede que hasta creyera
en los actos heroicos (en los de los demás, no en los míos). Creía que era necesario
el sufrimiento en el mundo para que las cosas no se volvieran
a repetir. Pero era joven. EL mundo nunca aprende. La historia
se encarga de transformar el pasado en algo aceptable, los muertos
en sueños. Querido Charles, me alegro de que escaparas de las bombas, de que ahora vivas
con nosotros y escribas poemas. Sin embargo, debo confesarte que
me sentí muy mal cuando nos vimos en San Francisco. Era incapaz de quitarme de la cabeza
que estabas en tierra aquel día, mientras el cielo tomaba
un inquietante color mostaza y el estruendo de los motores
despejaba el camino. Y en momentos como ése el mundo se limpia
para los supervivientes. El mundo queda limpio como las nubes
de verano, blancas e hinchadas, de las que surgen delicados pájaros
que se vuelven a ocultar, y se nos ofrece la oportunidad de vagar lentamente
sobre la Tierra, con las panzas de los aviones vacías, sin objetivos que atacar,
ignorando a los enemigos. Me alegro mucho de haberme encontrado contigo ahora
que todo ese odio sin sentido ha desaparecido. La próxima vez, si quieres
sobrevivir, siéntate en el puente que voy a atacar y saluda.
Llegaré bien encaminado, pero estaré nervioso y se me moverá el punto de mira.
Estés donde estés, estarás seguro. Te apuntaré,
pero llevo caramelos en lugar de bombas y he perdido al resto del escuadrón. Tu amigo,

Dick.





RICHARD HUGO
en
Una mosca en la sopa.








Anuncios