KAWABATA, LA ESCRITORA, EL FILÓSOFO TRAVESTI Y EL PEZ. MARIO BELLATIN




Hace algunos años empezó a frecuentar mi casa alguien que al mismo tiempo que estudiaba filosofía acostumbraba travestirse en las noches.
Haber hallado esa clase de estudioso me pareció lo suficientemente peculiar como para dedicar tardes enteras a escuchar no solo acerca de sus peripecias nocturnas, sino sobre las maneras en que aplicaba en la vida cotidiana sus conocimientos de Kant o Nietzsche, de quienes era devoto. Recuerdo que llegaba a mi casa, preparaba algo de té y comenzaba a referirse al mito del Eterno Retorno o a las Categorías Kantianas con una soltura sorprendente. No era sólo capaz de explicar las partes más abstractas de aquellas estructuras, sino que me ofrecía —mientras iba transformando su cuerpo— ejemplos de cómo esas construcciones filosóficas se presentaban en la vida diaria de manera inadvertida.
El filósofo travesti llevaba consigo un maletín con algunos libros, así como las ropas y objetos que iba a necesitar durante sus incursiones nocturnas. Mientras hablaba iba sacando los aretes, el lápiz labial y las pelucas que se pondría más tarde. Se quitaba los pantalones y se colocaba unas medias negras de rombos. De esa manera veía, teniendo como fondo una serie de letanías de orden filosófico, cómo aquel tímido estudiante iba transformándose en la agresiva mujer que noche tras noche corría distintos riesgos en sus recorridos por la ciudad.
El filósofo travesti era de una disciplina férrea.
Se acostara a la hora que lo hiciera siempre estaba de pie a las seis para no perder la primera clase del día. Con los ojos enrojecidos y tratando de ocultar con productos químicos las huellas de la noche anterior buscaba captar hasta la menor idea expresada por sus maestros. Solo durante el cambio de hora se tomaba un descanso y salía al patio de la facultad. El filósofo travesti tomaba asiento en una banca, donde acostumbraba hacer un recuento de las horas nocturnas. Recordaba a los hombres que habían aceptado sus ofrecimientos. Casi ninguno de sus recuerdos era agradable. Me lo dijo más de una vez.
Si lo recogían en auto solían ir hasta la orilla del mar, donde en varias ocasiones lo habían dejado abandonado teniendo que realizar luego un penoso regreso. A quienes más temía, era a los grupos de muchachos que lo invitaban a pasear por los alrededores movidos únicamente por el deseo de descargar sobre su cuerpo una violencia insólita. Era el momento donde yo buscaba  resolver algunas de mis dudas acerca de su sexualidad. Más bien sobre la necesidad de transformar su cuerpo. Era curioso cómo la precisión intelectual que era capaz de mostrar cuando asumía algún asunto de orden filosófico daba la impresión de desvanecerse ante mis preguntas. Para eso no parecía haber una respuesta al nivel de sus disquisiciones de otro orden. De alguna manera, llegaba a admitir que salir en las noches era uno de los requisitos necesarios para lograr llevar a la plenitud su transformación.
No era verdad que yo únicamente deseara obtener una respuesta del orden de las que me daba con relación a los tratados de Kant o Nietzsche. Yo estaba involucrado con el filósofo travesti de otra manera, y era por eso que sufría y me atormentaba con lo que me contaba o imaginaba que le sucedía en las calles. A veces narraba que se iba también con hombres de bajos recursos. Guardianes de las empresas de los alrededores u obreros que debían llegar de madrugada a sus puestos de trabajo. Con aquellos sujetos solía adentrarse en terrenos abandonados, que el filósofo travesti conocía con exactitud, o se aventuraba en parques que contaban con altos matorrales. Eso ocurría incluso durante los meses más fríos del invierno. En una estación del año que el filósofo travesti trataba de ignorar, pues por ningún motivo parecía estar dispuesto al sacrificio de no mostrar sus largas piernas, el cuerpo esbelto, las características en las que tanto empeño había puesto para convertirse en el personaje que deseaba representar. Al volver a su casa se reanimaba bajo una ducha fría. Sentir esa agua era el único modo que había hallado para encontrarse en buenas condiciones para su clase del día siguiente.
Yo lo escuchaba en silencio.
Me preguntaba las razones por las que el cuerpo que se ofrecía ante mí debía soportar esa suerte de calvario cotidiano. Recuerdo que antes de transformarse, el filósofo travesti llegaba a mi cuarto vestido siempre de negro. Llevaba el cabello hasta los hombros amarrado con una pequeña liga elástica.
Repito, yo lo escuchaba en silencio. Solo de vez en cuando hacía alguna pequeña intervención. Aunque no estaba de acuerdo con jugar un rol semejante, mi actitud era parecida a la de un psicoanalista en plena sesión. El filósofo travesti hablaba sin parar, teniéndome solo a mí como espejo de sus palabras. A veces daba la impresión de confundirme y se dirigía a mi persona  como si fuera uno de los hombres que lo frecuentaban. En momentos así mi angustia aumentaba. ¿Quiénes éramos aquellas dos personas que nos encontrábamos situados uno frente al otro en mi habitación? Ya no solo yo dejaba de reconocer al punto concreto de mi interés, sino que ese otro ojo, el del filósofo travesti, dejaba también de saber quién era yo.
Había ocasiones en que se abstraía de tal modo que incluso trataba de conquistarme físicamente utilizando los métodos que aplicaba cuando lograba la transformación total. El filósofo travesti sabía que aquello no iba a surtir efecto. Que no era lo que se estaba buscando en aquellas reuniones que se llevaban a cabo en mi cuarto. Pero, por supuesto, en esos instantes no éramos ni él ni yo los presentes allí. En otras ocasiones lo tomaba una violencia inusitada que, felizmente, casi siempre duraba tan solo un instante. Cuando algo semejante ocurría yo dejaba de reconocer, ya casi por completo, el aspecto habitual del filósofo travesti. En esos momentos sentía un dolor extremo.
En ese tiempo yo ya sabía que lo único que deseaba en la vida era contar con un tiempo y un espacio adecuado para escribir. Nada más daba la impresión de interesarme. En aquel entonces estaba casi seguro de que no iba a requerir otra cosa en la vida. El muchacho vestido de negro no tenía cabida en esa suerte de plan ideado para mis años siguientes. De manera silenciosa me iba enterando no solo de aspectos de la vida del filósofo travesti —elementos que me fascinaban y me herían al mismo tiempo—, de sus primeras incursiones en el juego de cambio de la identidad sexual, de su madre, a quien dejó abandonada en un hospital público y, sobre todo, de su temprana pasión por los libros.
Desde niño recorría —vestido muchas veces con ropas de mujer— las casas vecinas buscando algún ejemplar impreso que le sirviera de lectura. En su familia nadie era aficionado a los libros y lo único que podía hallar en las casas vecinas eran casi siempre historietas o periódicos que daban cuenta de los crímenes de la ciudad. Extrañamente, en la escuela contó con un maestro que le elaboró un plan de lecturas básicas.
Es difícil para mí crear algo que no sea ficción. Ahora es el caso. Pretender narrar los motivos que me llevaron a escribir “Salón de Belleza” —que es lo que de alguna manera intento hacer ahora— no es algo que se encuentre dentro de los límites en los que suelo enmarcar mis textos. Narrar mis encuentros con el filósofo travesti estoy seguro de que carece de la más elemental tensión narrativa. Es por eso que considero como algo curioso que algunos lectores suelan hallar rasgos personales en mis ficciones. En más de una ocasión he escuchado comentarios o leído argumentos en ese sentido. Si fuera así no creo que ninguno de mis textos hubiese concitado el menor interés.
Sin embargo, continuaré ahora con este relato porque siento necesario expresar las circunstancias en las que creé el libro “Salón de Belleza”.
Me parece que necesito ahora, que el filósofo travesti está muerto, expresar los sentimientos que me causa estar delante suyo, hace ya cerca de veinticinco años, admirando cómo ese cuerpo amado —el del estudiante vestido de negro— se iba convirtiendo en algo de naturaleza inalcanzable. Lo que de alguna manera podía ser capaz de producirme deseo iba transformándose, allí en el cuarto que rentaba en ese entonces, en un elemento ajeno. La mujer que terminaba apareciendo en mi habitación era distinta a lo que yo hubiera podido en algún momento anhelar.
Era precisamente en ese punto de la metamorfosis donde, de alguna manera, me reconciliaba con la forma de vida que había decidido llevar a cabo: dedicar todo el tiempo al ejercicio de la escritura. Mantenerme ajeno a lo que iba ocurriendo a mi alrededor, a ofrendar horas enteras a una escritura que no iba a ninguna parte y a mantener controlada cualquier tipo de pulsión que no fuera la de escribir. Aunque soy injusto y mentiroso cuando me sorprendo escribiendo estas palabras. Con el filósofo travesti manteníamos una especie de romance, no sólo verbal sino físico. Solíamos pasar tardes y noches enteras acostados, uno al lado del otro, en el cuarto que en ese entonces tenía rentado.
Fui yo quien lo convencí para que estudiara filosofía en la institución de la que yo había egresado. Recuerdo que fuimos juntos a pedir informes y me acuerdo también que esperé  leyendo en uno de los jardines de la universidad mientras el filósofo travesti rendía su prueba de admisión. Pero, como digo, de pronto aquel sujeto dejaba de ser la persona con quien yo podía establecer algún tipo de comunión y se convertía en un ser inasible.
Recuerdo que en aquella época yo acababa de terminar una relectura de “La casa de las Bellas Durmientes” del escritor japonés Yasunari Kawabata. Había leído la novela años atrás, sin embargo esta segunda incursión me dejó perplejo. Como muchos deben saber, en el libro se describe una exclusiva casa de citas que solo da servicio a ancianos de cierto prestigio social. Los clientes duermen al lado de jóvenes que han sido narcotizadas previamente para ignorar con quién pasaron la noche. Los ancianos no pueden, entre otras restricciones, ni siquiera intentar tener relaciones sexuales con las durmientes. Únicamente se les da la oportunidad de dormir al lado de la belleza que representan las jóvenes inconscientes.
La novela —en realidad una suerte de tratado sobre los tristes lazos que existen entre la juventud y la vejez— transcurre durante cinco noches. El narrador no necesita más que una discreta casa en los suburbios y un discurso monocorde expresado en primera persona para construir una metáfora de la existencia. A través de las impresiones de un cliente que está en el punto previo a la vejez se abren al infinito inmensas y misteriosas preguntas. Similares quizá a los cuestionamientos que se presentan en el libro “Salón de belleza”: las posibles relaciones entre la belleza y la muerte.
Esos dos elementos habían aparecido por primera vez en un libro anterior: “Efecto invernadero”. En aquel texto el personaje central, Antonio, una vez que siente la cercanía del fin se hace una pregunta que alude al tema. Mirándose desnudo en un espejo de cuerpo entero formula una idea que en apariencia es opuesta a lo que se cree de manera natural, que es la muerte la que corrompe a la belleza.
Es aquella duda la que trasladé de un libro a otro. De la misma forma como llevo de un libro a otro ciertas manías de escritura.
Entre otros asuntos, advertí desde muy joven que para escribir necesito rodearme de uno o de varios animales. Recuerdo que de niño mantuve un pequeño zoológico, al cual impedía acercarse a cualquier persona ajena a mí. Muchas veces observando sus conductas he hallado soluciones a algunos de los comportamientos humanos que se me presentan en los manuscritos como difíciles de comprender. A partir de sus reacciones he podido percibir una serie de elementos universales, atávicos, presentes en la conducta humana.
Me interesa mucho, entre otros puntos, el hecho de que los animales son lo que son. Su ser animal se presenta de una manera transparente, sin opacidades capaces de empañar la contundencia que debe tener un personaje o una situación de escritura. En ese tiempo, cierta escritora decidió obsequiarme un acuario de medianas proporciones, ya que los peces que su hijo trató de criar habían ido muriendo a pesar de los esfuerzos que se hicieron por impedirlo.
Yo nunca antes había experimentado vivir con peceras a mi lado.
Por esa razón me pareció interesante indagar las posibilidades narrativas que pudieran derivarse de una observación casera del mundo acuático. Luego de aceptar el ofrecimiento visité un establecimiento especializado, donde después de agobiar al vendedor con una infinidad de preguntas sobre las costumbres de los peces de agua dulce, salí llevando una bolsa de plástico transparente con los ejemplares de más fácil crianza en su interior. Una vez en mi cuarto coloqué el acuario al lado de la máquina de escribir y, en lugar de concentrarme en mi actividad de costumbre me dediqué a mirar lo que ocurría dentro de la pecera. En corto tiempo pude ver cómo comenzaron a desarrollarse unas vidas realmente asombrosas, sobre todo para alguien que nunca antes había tenido contacto alguno con el mundo acuático.
Aunque cumplí con los requerimientos necesarios para que la crianza de los peces se desarrollara con normalidad, aquella experiencia no terminó bien. Había colocado los peces acabados de comprar —dos hembras y un macho— dentro del acuario según las especificaciones que me dieron en la tienda. Luego de dos días el pez macho amaneció muerto. Apenas lo noté advertí también que las dos hembras realizaban movimientos extraños. Luego de un momento de atenta observación comprendí que los giros que estaban llevando a cabo eran con el fin de comer la carne del macho muerto.
Recuerdo que saqué a la víctima de inmediato. Experimenté cierta aversión al tocarlo. Utilicé para llevar a cabo la operación un guante de hule que solía usar para asuntos de otro orden. Dos mañanas más tarde descubrí la presencia de infinidad de pececillos en el acuario. Una de las hembras había estado preñada y acababa de parir.
Una hora después me acerqué nuevamente a la pecera y pude apenas notar la presencia de los recién nacidos. Miré con mayor detenimiento y solo quedaban unos cuantos. No había duda de que entre las dos hembras se los habían estado comiendo.
Media hora más tarde las dos hembras nadaban solitarias como si nada fuera de lo normal hubiese ocurrido. Por si fuera poco, al día siguiente, la hembra que acababa de parir se quedó estática en el fondo del acuario. En ese momento me arrepentí de haber aceptado el regalo de la escritora. Jamás imaginé que en ese pequeño recipiente lleno de agua fresca pudieran ocurrir semejantes sucesos. La hembra postrada nunca más volvió a elevarse. Murió al poco tiempo.
En la pecera solo quedó la otra hembra a quien, por si fuera poco, le comenzó a aparecer, aparentemente por efecto de ciertos hongos, una nubecilla blanca en el lomo que me obligó, siguiendo las instrucciones del vendedor al cual regresé para consultar, a darle muerte de manera contundente.
A partir de ese momento me encontré sin nada que mirar. Como dije, en ese tiempo había dejado de escribir para observar lo que sucedía en la pecera. Mis días en ese entonces se habían limitado a observar el acuario y a esperar algunas tardes las visitas del filósofo travesti. Pero ahora que me quedaba buena parte del día vacía, comenzaron quizá a mezclarse en mi cabeza las situaciones que había vivido durante mis sesiones con el filósofo travesti, la segunda lectura de La casa de las bellas Durmientes y mi experiencia con los peces muertos.
Luego no recuerdo mucho de lo que sucedió en mi vida.
Solo soy consciente de que en ese tiempo sufrí una desilusión amorosa. Un suceso que ocurrió en el ámbito de mi vida de verdad. Es decir, lo que he contado acerca de mi experiencia con el filósofo travesti, con los peces que coloqué al lado de mi máquina de escribir o con la relectura de “La casa de las Bellas Durmientes” pertenecía a una suerte de espacio falso de mi existencia. Contaba también con la vida de verdad, que era como la denominaba en ese entonces. Y en esa existencia  sufrí un quiebre sentimental que me llevó de manera desesperada a ir a la farmacia más cercana donde compré una cantidad considerable de barbitúricos.
En ese tiempo habitaba en una sociedad donde no se requería de receta médica para realizar semejante adquisición. Volví al cuarto, molí las pastillas en agua y logré una masa informe que tomé de un golpe.
Recuerdo que miré la pecera vacía, la máquina de escribir olvidada y llamé por teléfono a la persona causante de la desilusión para informarle que por su culpa había tomado una gran cantidad de pastillas.
Cuando desperté lo primero que vi fue a mi psicoanalista, quien fue convocada a la sala de emergencias del hospital al que había sido trasladado. Me dijo que era un imbécil. Luego, la persona causante de la desilusión me informó que había logrado que la policía no interviniese y que iba a quedar internado en una clínica de monjas. Cuando pasó aquella experiencia fui trasladado nuevamente al cuarto que rentaba.
Viví durante algún tiempo como si estuviese existiendo en otro espacio de la realidad. El travesti filósofo siguió visitándome algunas noches, pero yo no lo recuerdo. No recuerdo. Veo fragmentos del transcurso del día, donde me sorprendo frente a la máquina de escribir. Entreveo episodios en los que busco algún papel para introducir a la máquina.
Todo no son más que fragmentos de realidad.
Tengo la sensación de que pasó cerca de un mes de convalecencia. Hasta que, poco a poco, la realidad comenzó a dejar de mostrarse de manera fragmentaria. Sutilmente empezó a aparecer una lógica determinada en los acontecimientos cotidianos. De pronto, no puedo precisar el tiempo, cuando de cierta manera me consideré parte del mundo cotidiano descubrí que el libro “Salón de belleza” ya estaba terminado.
¿Cuándo lo escribí? Me pregunté sorprendido. En ese momento, ya más lúcido, empecé a leerlo con mucha cautela. Con casi terror de encontrarme no con un mal libro —eso era lo que esperaba— sino con un yo narrador que no hubiese manejado  de manera precisa durante el proceso de creación del libro.
Descubrí entonces un texto que trata de un salón de belleza que se convierte en un lugar preparado para  la muerte. La voz de un estilista busca narrar y explicarse cómo ha sido posible la transformación de su salón en un moridero de uso público.
En ciertos momentos el personaje describe los buenos tiempos del establecimiento, cuando uno de los factores importantes de su decoración era la crianza de peces de colores. En otros pasajes narra la presencia de un grupo de huéspedes enfermos y cómo las aguas de las peceras comienzan en enturbiarse. Existe también la aparición de una serie de personajes que acompañan al estilista desde los tiempos de prosperidad hasta la decadencia. La historia de unos peces que con el paso del tiempo se convierten en la parte visible de ese deterioro.
Noté que el libro se encuentra construido como un relato cerrado en sí mismo. En ese momento pensé en la relectura de “La casa de las bellas durmientes”. En el lugar hermético donde transcurre el libro, obediente solo a las leyes que el mismo texto propone.
Un encierro sin escapatoria.
La descripción, tal como lo había deseado antes de ser recluido en el hospital, no escapa a cuatro paredes representadas, a un vetusto salón de belleza arreglado con dudoso gusto. Estaban allí presentes los acuarios, la enfermedad como prisión del cuerpo, las ventanas sin abrir y el ambiente recargado con miasmas, propias más de un hospital o de una morgue que de un salón de belleza. Algunos lectores creyeron percibir la presencia de una enfermedad en particular cuando se enfrentaron al libro. Otros encontraron paralelos con los morideros que en la Edad Media servían como lugar de muerte para los apestados. Algunos más hallaron una serie de metáforas entre los peces y los personajes que aparecen en el texto.
En vista de las condiciones en las que fue creado, todas las lecturas las considero válidas.
Y desde la aparición de “Salón de belleza” considero que se haga lo mismo con todos los libros que aparezcan después. Deseo que cada quien le halle a los textos un tiempo y un espacio definidos. Cuando alguien encuentra algún elemento que utiliza como punto de apoyo para así establecer el proceso de complicidad con el texto, siento que funciona la propuesta planteada desde mi primera obra: que cada lector reconstruya un texto propio.
Lo que más satisfacción me produjo la lectura de “Salón de Belleza” fue constatar la presencia de las relaciones que pueden existir entre belleza y muerte. Ahora que lo pienso, quizá esa suerte de trance de escritura que precedió al libro no haya sido una especie de homenaje al filósofo travesti que me visitaba algunas tardes. Para darle sentido a aquellas sesiones, que ahora me producen nostalgia, durante las que apreciaba la transformación física que iba experimentando aquella persona que hablaba de Kant mientras iba colocándose con cuidado las medias de rombos y los zapatos de tacón.
Como un homenaje a ese muchacho que después de hablar de la “Crítica a la razón pura” me narraba, con una sonrisa desdeñosa, las humillaciones que había soportado la noche anterior. También puede existir en ese libro cierto agradecimiento a la escritora de la pecera, quien de una manera quizá más consciente de lo que quiero admitir me introdujo a lo despiadado que puede llegar a ser el mundo acuático.
Por supuesto que está presente también el embeleso que me produjo leer y releer “La Casa de las Bellas Durmientes”.
Sin embargo ahora, veinte años después de su publicación, constato con espanto que el único con vida de la trilogía conformada por aquellos que me llevaron a sostener la escritura de “Salón de belleza” soy yo.
Hace dos años murió, víctima de una esclerosis múltiple, el filósofo travesti, quien luego de terminar sus estudios de filosofía se convirtió en un artista conceptual reconocido. Hace diez murió la magnífica escritora, con quien realizábamos largas sesiones de taller privado donde tratábamos de encontrar algún sentido a la palabra escrita. Creo que todos sabemos que Yasunari Kawabata dejó abiertas adrede las llaves del gas de su casa antes de irse a dormir. “Salón de belleza” puede tomarse como un libro de muertos inspirado en muertos. Todo está muerto en ese libro. Incluso yo, que he dejado mi vida un poco de lado para transitar por esta suerte de muerte viviente que es la escritura. ¿Estaré vivo? Suelo preguntarme cuando alguien me habla de “Salón de  Belleza” o de mi escritura en general.
¿Habré sido yo quien verdaderamente ha escrito los libros que se han publicado con mi nombre? Todos en apariencia están muertos. El narrador que transformó un salón de belleza en un moridero. Los enfermos que recogía para que pasasen los últimos días en sus instalaciones. Los peces que con tanto entusiasmo, se propuso criar. Los peces que coloqué en el acuario que puse al lado de mi máquina de escribir.
Muerto el filósofo travesti. Muertos los trajes con los que acostumbraba transformarse en las noches. Muerta la escritora. Muerta la pecera que me obsequió. Muerta cualquier esperanza de sostener una vida como la de los demás. Muerto mi interés en la escritura, que se repite a sí misma como una suerte de mecanismo insensato que no viene ni va a ninguna parte tangible. La escritura como una suerte de moridero similar al que aparece en el libro. Como una metáfora del salón de belleza que, sin advertirlo muchas veces, tratamos cada uno de nosotros en convertir nuestras vidas.

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