EMOTIONAL RESCUE: ARTURO BORDA. EL LOCO (PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA PAZ EN 1866)


claudio pérez león

Con Héctor Hernández Montecinos, aparte de una amistad que entre ires y venires tiene más de una década, compartimos el gusto por descubrir “escrituras disidentes”, y tal vez llegar hasta su origen, solo para negarlo. Hace algunos años Héctor me hablo de Arturo Borda, poeta boliviano quien en 1866 publicó una monumental obra titulada “El loco”. Conseguí y comparto el libro de este personaje, casi un secreto de la poesía boliviana para el mundo. Uno de esos autores que podría arrogarse el derecho de exclamar: “Rimbaud, tranquilo. A mí no me jodas”.
MM
ARTURO BORDA. EL LOCO
M. MUNICIPALIDAD DE LA PAZ
BIBLIOTECA PACEÑA
La Paz – Bolivia – 1866
Hace ya mil años
Sabe   que   lo   que   leas   aquello   que te hiera, lo que descubra tus lacerías
en   lo   profundo   de   la conciencia,   eso,   yo,    que   cuando   vivía     aun
no   nacieron   tus   padres,   lo   hice   para   que   por acto reflejo te indigne,
para   que   reacciones   y   triunfes.
Ahora,   si   quieres,   ódiame;    pues   no  te necesito ni me fueron
necesarios tus antepasados.
Pero   —oh áspera ironía.—   sabe   también,  para cuando triunfes,
que   éste   es   el   escueto   secreto  de   la   vida:  los hombres si por envidia
temor   no   ahondan   el   vacío  en   tu   derredor, te ofrecerán su apoyo al
tantos    por   ciento…   cuando   triunfes!     ¿Entiendes?      Cuando triunfes.
Entonces,   cuando   aquellos   que   en   los    instantes   de tu soledad proba,
toria   —de tirano ó redentor—    te ciliciaban y   luego esquiven ó extiendan
sus    manos    sarmentosas   de   pordioseros,   ó   con   el   gesto    protector,
entonces    tú    Pero    ya    sabrás    lo    que    debas   hacer,     considerando
que     si   algo   necesitaste   era   cuando   te abandonaban,  cuando rompías
las   gélidas   atmósferas   del   ambiente,   cuando   tu   juventud    solicitaba
amor y campos de acción.
Ahora   considera    que   tu  victoria es el fin de tus luchas, la hora
del   reposo en   el cansancio de   tus abriles, la iniciación de las impotencias,
el hartazgo de tus sufrimientos, la urgencia de silencio, la hora de la última
soledad.
Mas, si caiste, tiembla ante las sonrisas misericordiosas. Se duro
y   cierra   el  oído  para  no  entender  la  rechifla en el misterioso   silbo de
las sierpes.
Con   tu   experiencia   has   roca   de   tus   hijos.
Si    llora,    de    cada   lágrima   forjarás,   para   ejemplo,   una        centella;
de    cada    suspiro    harás   un   himno y de cada caída fabricarás un poema
de   rebelión;  de   la   impotencia  de cada postración es de donde exprimirás
la energética para los avances.
Vencido   o   vencedor   sé   duro   de   corazón   y avanza á tajo de
machete.

NOTA DEL EDITOR: — El autor,     como     se    verá    más     adelante, dice   que   cada    artículo    que  ha escrito es la reacción inmediata  de un    fracaso;   de    consiguiente “El Loco” es     algo      como un ramillete de las floraciones de sus caídas, siendo, por tal manera, el ejemplo y la esperanza de la victoria de todas las impotencias y derrotas.

* Esta Nota del Editor corresponde a una anotación que aparece en los originales del autor.
claudio pérez león

Ofrenda ígnea

Llegó la noche y me dormi con opresiones.
En    sueños    supe   que   por   los   que   me   querían se
quemaba       en      angustia       mi      corazón,    incendiando    mi
ser;   por    eso    me    detuve sediento en la selva, é, inclinándome
sobre       un       manantial,       bebí      agua      en      la      cuenca
de     mis     manos,        las     que    luego   me   lavé      estrujando
jabonosas    moreras.    En   mis    entrañas    hubo    un      instante
de sosiego.
Después    vi    cómo   esas   espumosas   aguas  se iban
al   través   de   las    brumas,      vertiéndose   sobre   un    mundo
informe      que    rodaba    en   el espacio.    En     él        reconocí
LAS      AMERICAS,    en    las    cuales, pululando las multitudes
juveniles,         iban          soplando            en       las aguas millares
de globitos,          los     que     reflejando    en     su l íquido cristal
aquella   muchedumbre,   hendían   lentamente el azul.
Entretanto     yo      era    ya una    llama v   iva, en la que
toda      esa     chiquillada      inocentemente    alegre        encendía
sus     cigarrillos,   inflamado   con   humo   las   pompas tornasoles
que          al       través       de      los      cielos    andinos    iban      á
reventar   en    los   éteres    de    donde     caían    en          fecundo
rocío.
Luego,   cuando hubieron desaparecido, combustionados
ya,            mi          carne       y    mis       huesos,    y    sólo       mis
sesos     y     mis     tuétanos     se     acababan en mi propia lumbre,
dando         la     mas       roja        llama,      entonces,    a    medida
que      me     consumía    en      esa    fría       eterización del luego,
yo iba despertando y
El sol estaba alegrando ya la mañana
EL SOPLO AUGUR
Siempre todo parecía mudo y desierto en las alturas
de los atalayas escondidos en las opacas brumas; en vano
alerteaba tenazmente el clarín, anunciando el cansado clamor
de la tierra baja. Mas, la fatiga iba agotando aún la
paciencia en los yermos mismos; por eso las tierras de
oriente  y  occidente,  y  de  levante  y  poniente,  crujen,
revientan
y saltan, y, al choque de los opuestos vientos, surgen
innúmeros torbellinos que avanzan en tropel, adentrándose
en la densa noche. Entonces ya no se oye nada
más que un lejano y sordo vocerío de muchedumbres que
fermenta la pesadilla. El ambiente se inquieta con angustia
de presagio; pues los ensueños se cuajan de sanguinolentos
resplandores de incendio. Y…
…………………………….
Inquietando el cielo
tras los inmensos Andes,
algo anuncia en el alba
ese trágico reverbero.
*
Del punto en donde nace el sol,
tramontando los sempiternos hielos,
llega el ignoto soplo,
oscuro, denso y vasto
opacando la aurora,
cual si fuese un indómito huracán.
De esa suerte calígeno,
arrollando todo, avanza veloz,
dilatándose de horizonte a horizonte,
por lo que huyen los reptiles,
las aves y las fieras,
a sus antros o a sus nidos y cubiles.
*
Más tarde,
eclipsado en su orto,
al través del negro ventarrón,
está rojo ya el sol
y los mares se estremecen,
rezongan los montes,
el aire se quiebra y suspira
cual si fuese hielo o cristal.
*
Y, probablemente, porque en la niñez los ojos no
están acostumbrados a medir las distancias y desconocen
la perspectiva, mirando todo cual si estuviese en un solo
plano, es que el chiquitín aquél, contemplando en lontananzas
el torbellino, o, más bien dicho, la tromba que avanzaba
danzando en el arenal, reía y reía a la vista de sus
ondulantes retorciones, y, posiblemente, cuando al inclinarse
parecía caerse, acaso criticando su mala construcción
de columna, extendió deliciosa y febrilmente sus finas y
suaves manecitas, como para componerla o atajarla. Poco
rato después, reconociendo, tal vez, que sólo era de arena
y aire, y suponiendo, quizá, que se hallara al alcance de
sus pulmoncitos, se puso a soplar, encantadoramente sofocado,
contra la tromba que avanzaba incontenible. Y el
niño reía y reía hermosamente, soplando cada vez con más
fuerza; pero aquello, ese beso o succión de cielo y tierra
en iracundo maridaje, se aproximaba rápido, oscureciendo
el firmamento; mas el muchacho se le enfrentó inocentemente
impávido y temerario a tiempo que desde su distante
hogar llegaban unas desesperadas y débiles voces,
lamándole en vano, porque al llegar el soplo fatal, caldeando
la atmósfera, lo suspendió en su vórtice, entre sierpes,
leopardos, antas, arbustos y gigantescos robles, entre
enseres, cóndores y bestias menudas, girando todo en la
fuerza del torbellino. La familia del niño no tuvo más remedio
que esconderse en la casucha en parte derruida por
el paso del simún, torbellino o tromba que se fue alejando
tras los confines.
Entonces, bajo la gran cerrazón, el ambiente quedó
caldeado como por un incendio.
De esa suerte, saturándolo todo, seres y cosas,
en el mundo se esparce y dilata
una inquietud febril, de angustia mortal:
que, pues, por la terca incomprensión
del avaro egoísmo guía,
ya no se presiente, ni lejano siquiera,
ni alivio ni remedio, a ese recóndito mal;
porque alzándose amarga, lenta y severa,
la tierra buena, árida y dura ya,
encrespa y arma las almas
en son sigiloso y abierto de lucha larga y cruenta
aunadas en fuerza de la urgencia propia,
orientadas, por instinto, sin credo ni doctrina, ni guía,
a su único norte, su salvación.
Tal trasuda el mundo, al fin,
queriendo y sin querer,
sabiendo y sin saber,
la honda revolución social,
en la que de onda en onda,
la humanidad proletaria
va entonando de polo a polo
el grito del hambre.
*
Así se halló enlutada la luz,
desde la mañana al anochecer,
con el viento negro que cruzara bramando
hacia donde se pone el sol.
Y en la noche helada y larga,
llena de tinieblas,
incierto vacila el orbe
y un secreto horror,
que entenébrese la razón,
aterra a los hombres
porque en el abejeo de los silencios neuróticos aún
(se    oye   el   cantar lejano:
“Arriba los pobres del mundo,
de pie los esclavos sin pan…”
      …………………..
Todo parecía adormecerese en un vago sopor en la
vasta pedregosa pampa; sólo el viento salmodiaba secuencias,
larga, melancólicamente.
Tal era el aspecto de la naturaleza, cuando salimos
de la sombra.
En el horizonte el cielo rayaba una difusa claridad.
Yo vacilaba, desviándome a cada momento, porque
de tiempo en tiempo pasaban unas rachas de niebla muy
densa.
—Por acá. Por acá. Pasito a paso. No titubees. Ven:
rompamos de una vez estas atmósferas. Ven por acá; si no
te asfixias.
—Pero ¿a dónde vamos?
—¿No ves que estamos retrocediendo?
Y tomándome de la mano, me condujo hasta la ceja
de un precipicio.
En Oriente el sol amanecía pálido y frío
Al fondo del abismo, vi una ciudad de aspecto rarísimo;
formábanla los sepulcros, y parecía salir de las tinieblas de una
catacumba inmensa; se extendía en el valle
y sobre el lago. Después subía las faldas de los montes,
descendía a zonas tropicales, escalaba escarpas inaccesi-
bles,  se  dilataba  en  pampas  fatigantes  y  continuaba
ascendiendo hasta coronar las cumbres de las cordilleras que
se esfumaban en los azures.
 

claudio pérez león

I
LA FIESTA DE LA RAZA
es el divino fervor
de una alegría
en la gloria de su victoria
y no el dolor
de un ser ilota
en la vergüenza
de su derrota.
La naturaleza reverbera bajo el sol canicular y la luz
hiere mis retinas; tanta es la claridad del sol.
Hoy es la Fiesta de la Baza. En el ambiente flota un
constante y acompasado son, cual si fuese el angustiado latir
de la tierra. Luego, más oír, se adivina un lejano llanto;
notas fugitivas de yaravíes.
Mi corazón palpita, desesperado por huir ¿acaso a
dónde?
…………………………………………………………
Estoy sentado en el corredor, recibiendo la lluvia del
sol que cae a modo de un chorro de agujas.
La música indígena se acerca momento a momento,
a semejanza de una pulsación ambiente, dolorosa y monótona,
tanto que más parece un eco de las tumbas.
A consecuencia de semejantes melodías, la sangre
que cae en mi corazón, casi traquetea en mi oído, adquiriendo
el acento de una voz que insinúa hacer porque se
aclare y precise pronto ese lejano y matador son indígena,
que viene lentamente, a modo de una marcha fúnebre
soterrada.
Pero ya llega. El vecindario se alborota y sale a la
calle.
………………………………………………………………….
Corro a la ventana de mi dormitorio. Agitado con las
más violentas pulsaciones, espero un momento.
………………………………………………………………….
Al compás de la música que se acerca, el gentío se
aglomera en la esquina. La mayoría del populacho componen
los aborígenes, descalzos y emponchados. Lila, esmeralda,
graneé, bermellones, negros y morados, ostentan
en sus ropas. Entre los espectadores se ve algunos mestizos.
La orquesta o banda se compone de cornetas, kgenas,
platillones y bombos, cuyos sones repercuten sordamente
en mi pecho.
La multitud desemboca en la esquina, semejando un
olaje de torrentera.
………………………………………………………………….
Me acodo en el pretil de la ventana.
En  hilera,  en  medio  de  la  poblada,  aparecen  unas
indiecitas, ataviadas a la usanza inca. Vienen con las caras
cubiertas con tul; y también a la izquierda, en columna,
los varones.
Son los aymarás.
¡Qué danza tan rara y tétrica!
Con lujosa vestimenta recamada de oro y plata,
acompasando con el cetro el latir de los corazones, viene
llorando el inca Huachacuyac. Le acompañan dos incas,
gravemente, hilando en grandes ruecas. Todos tres se hallan
escoltados, a la izquierda por auquis y curacas, que
van escarmenando lana blanca; y a la diestra, hilando, las
ñus tas y pallas, que, núbiles aún, avanzan llevando al compás
con las caderas. Hay derroche de colorín en sus ropas
de lana.
Todos,  como  por  resorte,  llevan  con  sus  cuerpos
pesados ese ritmo de música taladrante.
Luego el Inca, deteniéndose en la esquina, hace la
señal de ¡Alto!
Al momento calla la música y todos forman círculo
en derredor del monarca, mientras que una de las ñustas,
cargada del Real Heredero, enjuga con su lujosa llijlla el
largo y silencioso llanto del Rey, el cual hace a instante señal
de ¡Marcha!
Nuevamente resuena la música. Y la comitiva se va,
hilando siempre su nostalgia racial.
………………………………………………………………….
Esta no es una danza, es, más bien, una procesión
que año por año repite el mismo grito, como recordando a
la raza el deber de buscar el sucesor de Atahuallpa. Son los
Kullahuas.
Y no puedo más; la fiesta me inocula toda su tristeza.
¡Qué danza de pena tan honda! Mi espíritu y mi corazón
sufren opresiones con tan monótono e incansable son.
*
Cierro la ventana. Me pongo el sombrero, tomo el
bastón y salgo. Echo llave a la puerta y me dirijo al campo.
Pero cuanto más huyo tanto más me sigue el monótono
e incansable compás.
Así he dejado ya muy atrás el camposanto. El camino
por el que voy, es pedregoso y está cercado de retamas,
de menta y toronjil. A mano derecha, detrás de una
tapia, se yergue un espino en flor, en la cual bebe la miel
un colibrí, sosteniéndose con revolar febril sobre un luminoso
azul.
………………………………………………………………….
Trepo la cima del monte.
La  música  aymara  me  persigue;  está  en  mí:  se  ha
infiltrado  en  mi  ser  y  tiene  el  ritmo  eterno  del  corazón  en
angustia. Es la congoja de la vieja raza, por eso tan dolorosa;
para quien sepa oírla, cada compás es un latido, cada son
es una lágrima que viene de muy lejos, de remotas edades.
¿No se recuerda su origen? Sí: la opresión esclavizadora
del español.
Sopla el viento solano, gimiendo en la paja brava,
cual si fuere el eterno dolor de las tierras eriales, clamando
la vuelta de las civilizaciones aborígenes.
Luego, cuando los vientos se aquietan, el universo
parece en modorra.
Andando así, sin rumbo, pienso que se reconoce la
música aymara, cuando oída aún de lejos, se advierte en
ella el ritmo de la sangre, que, sumergiendo la vida en la
melancolía caótica, asfixia las almas en su misteriosa congoja:
es el llanto de los harevecs o Uaquiarus soñando el
retorno del Inca victimado; es el lúgubre miserere de una
ronda fantástica de auquis y curacas que gimen en su profunda
desolación, buscando en vano el perdido imperio. Es
más: es la soberbia del dolor recogiéndose en sí.
Meditando de esta suerte, y ambulando bajo un sol
de plomo hirviente, tuve con los ojos abiertos el siguiente
casi ensueño.
Hálleme sentado en la cima de un alto monte, mirando
la sucesión de colinas y lomas, de sierras y collados, y
más allá, los inquietos cristales rotos del lago, a continuación
del cual distinguí nueva sucesión de quiebras y lomas,
y, al fondo, los Andes, detrás de cuyas nevadas crestas se
hundió el sol, entintando el cielo, desde el violeta leve del
cénit al encendido escarlata de los horizontes.
Luego, más que ver, presentí que alguien turbaba
el sacro silencio del instante. Mas, todo se ahogó en la mística
calma. Entre tanto el crepúsculo se apagaba funeralmente.
Después soplaron los cierzos, de Poniente a Levante,
y emergieron de lontananzas nubarrones siniestros.
De pronto veo que trepando escarpas se aproxima
un viajero; pero al instante desaparece detrás de las breñas.
Los vientos resoplan ya con furia, y, sorda, muge a
lo lejos la tempestad.
¿Es visión de mi mente acalorada o es una aparición
la de este viajero que se aproxima, sin más abrigo en plena
cordillera, que su burdo sayal, en tanto que su enmarañada
melena, batida por los soplos, semeja una umbreola
forjada en tinieblas?
En esto, mientras la sombra nocturna se difunde
en el orbe, los relámpagos abaniquean instantáneamente,
disipando un punto las lobregueces, que luego caen más
hondas.

Anuncios