GPS: HEBERT BENÍTEZ PEZZOLANO


Nicolas Di Genova



Un hijo es como una parte de uno que se separa
el cuidado de uno mismo que se aparta
no hablo de un hijo cuando crece y se hace grande
sino de un hijo como si fuera verbo, como si dijera “hijar”
y culmine en hijo la palabra hijo se ha vuelto un tanto rara
un poco más enorme por el hecho de la precipitación en línea
hijo hijo hijo hijo hijo hijo hijo hijo hijo hijo hijo hijo hijo
es una palabra separada de la frase del cuerpo de la frase
secreción que pide ayuda que crece y se hace grande si
no de lo que empieza a hijar tu cuerpo equino acaballado el corte
un hijo es una mutilación feliz flecha lanza lanzada
por tus arcos costales
un hijo es aquello que te rodea y se te sale peces
no una cosa dicha es escribir
con la locura abrochada por el lado de adentro es escribir
por eso llora mucho llora en tu lugar ¿qué lugar?
vamos hijo todavía arránquese de sí yo voy contigo
¿qué sí, qué yo?
palabra separada
de qué
¿vamos hijo todavía?
 Portrait
En un portarretrato la foto es de uno
de mis hijos.
El vidrio, lleno, de polvo, mi hijo, mira, en túnica,
y en moña, posando, por detrás de la polvareda,
organizada, civil, serena, la cual,
ya circulaba, en la lente, de la máquina, pero no se veía.
Esas partículas casi me causan llanto.
Es eso mismo que casi me provoca llorar. Nunca queda
clara la cantidad finita de cosas que una lágrima aglomera.
Lo importante en poesía es la emoción
(este verso se descontextualizará)
con su brinco triste
saliendo de palabras apretadas como frases
que sin conocerse casi se saludan y resuelven – vecinas
que se dan – pasar un rato juntas vale la pena. La vida
es jodida y parece obligatoria.
Retomando, no se trata, del llanto, sino, de las ganas,
de llorar. Otro día me detendré en este asunto.
El polvo del portarretrato pelea por sus significados,
como también la gente.
Dice siempre casi lo mismo ese polvo múltiple.
Y es por el casi que la poesía existe.
Mi hijo mayor está ahí.
Entonces le paso un paño al vidrio. Lo dejo
sin mácula, mi hijo está más ahí,
ahora ese trapito es un retrato
ahí, allá
no hay salida
Mi hijo se viene se va
Los hijos crecen.
Goya después de El Prado
el monstruo fecunda trozos varios de razón en sueños
el mar es una cinta líquida
encinta la palabra el horizonte de fracturas
mediante aguas fugadas del cuerpo cuajado por islotes
sin pronunciación un ominoso estremecer
de las partes (ese viento resbaloso
entre carnes como loca estampida de palabras)
tales partes asaltadas por murciélagos buhos con felinos
pero el sueño de la razón no causa monstruos
ellos ya estaban cultivaban en procreación
la cordura el corazón de las familias
las herencias reflexivas emociones crecen tibias
hijas de los monstruos padres tanta danza atada
al único cordón en el principio hay monstruo nada más
los sueños de la razón no engendran monstruos
ellos navegaban diestramente no son crueles pernoctaban plenos
de comercio con la muerte
los monstruos viajan colmados de semen el deseo
de la gente se desplanta en óvulos tremendos
los sueños de la razón engendraron sueños
morir dormir venir del monstruo es un destino practicable
en maletines logaritmos ensayos bolsillos bolsas con comidas
hacen lo suyo: alimentan acrecientan riegan con su fe
sus propias galerías las inepcias que permiten
creer que con deslices la razón da luz a monstruos
goya supo lo que dijo y nadie sabe lo que ve:
que la razón es un sueño y no otra cosa
Sarajevo Bagdad Montevideo colorean
pesadillas
soportables unas más que otras tampoco el monstruo se arrebata
malo o bueno o más o menos
es ha sido el padre nuestro ahora es hora de revolear la culpa
la razón germina escuelas bombardeadas es un preciso radio
de rengueras no es un lugar común
la razón no empolla al monstruo es uno
de ellos
trepan pesadillas padre
por qué me has hecho esto
¿cuántos litros de sangre pero litros
según cálculos exactos, en cuanto a propiedades
del impacto, es decir en virtud de sus tangibles
casuales el calibre, el blanco, la distancia
no metáforas de mares o de ríos litros
mensurables en botellas ordenadas con criterios
de la razón  que autoriza al decimal que no produce monstruos
visitan Sarajevo le dan color de sueño y agregan otras cosas?
vuelvo a cantar un árbol,
flores, la inminencia
de la muerte, la vida
vuelvo, vuelvo a aquellas cosas
al senderito de hormigas
cerca del mar y cerca del cielo
es un retorno
a cantar como si pudiera
ser un retorno a cantar
es que
me topo con lenguaje
me topo únicamente con lenguaje de continuo no veo
 me vuelvo
ciego ciego
es al que el lenguaje se le mete
como víbora
entre la ropa
y ya fue picado aunque se cure
del veneno
ya fue
picado
La milicada adivinó la diagonal, arriesgó un tiro:
a un cardo se le quiebra el cogollo de la tarde,
da en un poste luego cae la bala muerta: semen inútil.
Responderás con degüello, apurando el tajo
de chirrido seco, viendo la risa del cogote del milico
temerario, el que osó, pero ahora
la pana líquida se le va a los pies:
“A cada chancho le toca su refalosa”.
Dedos de sangre rasgan el horizonte, es un solo segundo para mirarlo,
a tres metros los tenés, la milicada, los tenés casi en la boca,
dedos de sangre rasgan,
la corrida feroz, ellos atrás, sablazos, suela tuya desesperada, ellos
atrás, con furia de muerte, no de órdenes, la furia paseada
en su autonomía, sin pausa, lo otro es disfraz. Dedos de sangre.
Infiel. Buscá al infiel.
A los montes, te tirás por el zanjón, vos sabés, fuerza
en los dedos para el próximo milico, lo imaginás
antes de hacerlo, lo hacés. Buscá más al infiel.
Ya llegan las ramas espinosas, conocés, el milico
queda lejos. Dedos de sangre seca, pinceladas de arcilla,
coagulan el horizonte. ¿Y el caballo? Los milicos son
voces y puteadas. Vos sos
lo que queda
de vos
sos
un solo cuero cuarteado cuarteando cuarteada
la mirada en chispas como las del infiel pero como.
Buscalo. ¿Y el caballo?
Al monte, montaraz.
Al monte montaraz.
Al monte montarás.
Sos
lo que vendrá de vos,
tranco primero, galopada después. ¿Y el caballo?
Como quien pone nervudo todo el cuerpo
silbás al animal: hay un silencio y un pájaro en el medio,
y un milico que no se come esto de dos pájaros
y el sonido de un tranco sin montura que te busca.
El milico, a paso de puma, de atrás
con tu zaino de carnada, pero vos sabés, vos
que sos
lo que ya va viniendo de vos,
matrero, matrero de vos y de mí que te estampo,
finalidad sin fin.
De carnada con tu zaino, la respiración del milico se revuelca
y se revuelca, se hace el indio, se hace el puma, todo lo que es
se hace. Quiebra despacito las carquejas, pero las quiebra,
con paso de serpiente renga hasta que
se disgrasia en tu puntazo y se ahoga
en el remanso de tu poncho, fiero, como aguas feroces
corre lo suyo hacia fuera, circula entonces
para cualquier lado: borbotones, chijetazos

de lo que ya no está.

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