PRIMICIA: ORGANISMO. POR MARTÍN CERISOLA


richard tuschman





















TITUBEO
 
De pronto dijo: todo sucederá,
y yo me quedé mirando la firmeza con que sus ojos decían eso, la mirada que clavaba en la frase cuando la lanzaba
como una flecha
mirando sin vacilación hacia lo que decía.
Así empieza todo viento: sin detenerse.
Así arrastra todo lo muerto: sin vacilación.
Pero dónde estaba yo mientras todo aquello iba siendo configurado y se convertía en el universo en el que respiraba? Dónde estaba? Y por qué consentía?
Y cuándo está uno realmente?
quiero decir: reconocer algo, sentirlo crecer adentro y en el rostro, la expresión de estar viviendo algo, darse cuenta.
eso siempre es después.
como si atravesar fuera ir tanteando, a oscuras, con alguna voz, casi siempre remota, que indica alguna cosa ambigua o que no se oye bien entre el viento, el ruido de todos y la música de fondo.
como si estuviera hurgando para detectar qué
un insecto insistiendo contra el vidrio.
nunca incendiándose en la luz
sobre el hundimiento no cabe preguntarse.
no hay habla que pueda acercarse a su fuerza de semilla primera. a su solamente hundirse.
Ni siquiera podría empezar a explicar. ¿Qué palabras llegarían en mi auxilio? Siempre tuve palabras, y siempre pudieron: describir, señalar, celebrar, definir, pero no explicarme.
Siempre hay algo más hondo que todo lo que entiendo.
Todas mis razones me son extrañas.
Las imágenes con que ando y los textos que escribo:
el mismo mundo en gestación, la misma imagen perseguida:
la cara de un hombre gritando, todos los músculos tensándose en el grito; el rugido de un felino; el amor, ciego, conducido por la locura y un boxeador después del combate, con los brazos pesándole cansados hacia abajo.
A veces parecía aproximarse.
pero siempre terminaba resultando una intentona
no sucedía
como si una puesta en marcha detuviera de pronto sus impulsos y volviera al molde inicial
sin dejar rastro de aquello que iniciaba
era difícil -de esa manera- detectar el momento propicio para segar la cosecha.
segar…ese era el gesto que faltaba: la agilidad de un movimiento que toma para sí
.
Los movimientos, entonces, quedaban esperando, como al costado de lo que había sucedido, confundidos y en una expectativa turbia acerca de lo que, agazapadamente, sucedía sin darse.
.
había un lenguaje que corría por debajo, una vida de movimientos y de silencios más vivos que las palabras.
casi siempre sucedía así: lo que estaba sucediendo no estaba en el lenguaje. Esa disociación:
las palabras no estaban en lo que sucedía, siempre estaban en otro lado, como queriendo distraer o desviar, obstruir el reconocimiento. 
pero decir sin piedad, sin pensamiento, sin la mirada humana de los perros, es cumplir con el rito de la fuerza ciega: desenjaular.
si no doy mi vida no siento la vida que me inyecta el abrazo.



TERCERA PERSONA
Mi viejo contaba que los picaflores van volando y de pronto chocan con otro picaflor y enseguida cada uno sigue su vuelo por su lado.
Se preguntaba qué sentido tendría eso. Y dibujaba con las manos y con los brazos la figura de esos vuelos que se cruzaban de repente.
Nan Goldin: se retrataba luego de haber sido golpeada por su marido. Se maquillaba, preparaba la fotografía.
Esa manera de exponerse –decía Sergio Blanco- no parece narcisista en tanto amor propio, sino un querer mostrarse para que alguien reciba eso y no estar allí solo,
como un querer darse a comprender, mostrar la singularidad única del propio desastre, para compartirla.
Uno quiere que lo quieran, decía.
Transmitía una pasión increíble: viva, despierta, profunda, entusiasmada.
Nombraba libros y artistas que le habían cambiado la vida.
Decía que uno mismo era la materia para la propia obra.
Decía que cuando uno está en una obra todo es ciego, pero se cumple.  
Esto: la obra de alguien puede salvar. Porque todo artista crea para salir del infierno, y ese impulso de salida que es una obra, regala -a quien entra en ella- la misma fuerza. 
Me contaron una historia de Joseph Beuys: era piloto y su avión cayó en una zona desconocida. Él cuenta que una tribu africana lo rescató y sanó sus heridas. Untó miel sobre su cuerpo dañado y lo devolvió a la vida. Fue despertándose de a poco, con ese ritmo casi imperceptible de la luz cuando llega, al amanecer.
Parece que, “objetivamente”, a Joseph Beuys lo salvaron unos soldados alemanes, pero lo que me resulta hondamente poderoso en esta historia es la fuerza del deseo: eso que lo llevó tan lejos en un viaje interior y sanador. 
Eso está vivo. Y es mucho más real que lo objetivo.
En medio de todos, se va: se queda allí, con la mirada perdida, ensimismado.
Todos empiezan a notarlo, a preguntarse.
Como si siempre hubieran estado esperando que alguien señalara dónde, y él -sin señalar nada en absoluto, mudo en el silencio de su fuga- indica.
Y todos quieren ese pasmo. Lo llaman. Sus miradas –como manos ansiosas- lo llaman para que vuelva y restablezca el equilibrio.
Pero su rostro no ha bajado.
Desobedece y fascina.
Un rostro que se va está haciendo lo que quiere. 

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