MARÍA ANGULA Y ALGUNOS CONSEJOS PARA OÍR ROCK EXTREMO SIN NECESIDAD DE ESCUCHAR MÚSICA. JUAN JOSÉ RODINÁS







La novela gráfica tiene escasa tradición en el Ecuador. Esto tiene explicaciones socioculturales de diversa índole que no es posible explicar en este espacio. De cualquier modo, no estoy seguro que un volumen como María Angula Versión Punk sea exactamente una novela gráfica. Más bien me resulta asimilable a libros como Poema con Viñetas de Dino Buzzatti. Desde luego, este primer apunte está relacionado estrictamente con identificar el género de este libro. ¿Es una novela gráfica? ¿Es un poema con viñetas? Algo de ambas, pero la propuesta de Macías y Kattán se sitúa estéticamente  e ideológicamente en un umbral distinto. Si uno revisa el trabajo literario y audiovisual de Adolfo Macías Huerta, el expresionismo gore de trasfondo metafísico es una constante (a veces nuclear y a veces complementaria).  Sin embargo, aquí pareciera haber encontrado un cómplice extremadamente afín. Kattán, artista visual emergente pero cada vez más reconocido en los medios, hace un trabajo de fotocollage, reescritura fotográfica, intervenciones digitales y citas paródicas sobre fondos verdes, rojos y grises (¿alegorías cromáticas de los musgoso, lo sanguíneo y lo metálico?).
En rigor, esta conceptualización describe muy poco del eficaz movimiento óptico que este poema-fábula hilvana. A la altura de las mejores aventuras gráficas experimentales, pero también con elementos infográficos y de estética que desliza entre ciertas citas pictóricas (Bacon, Beckmann, ¿Ho?) y la escenografía de los juegos de rol, María Angula logra lo más difícil en esta clase de ejercicios: una convergencia de dos materialidades y dos estilos en una obra coherente donde el trabajado de ambos pareciera ir a la par y no sobreimponerse en la propuesta del otro. Kattán recupera para el ojo las corporeidades disolutas del cine slasher y de ciertas vertientes teratológicas del cine fantástico, a la luz de una historia de la literatura oral del Ecuador. Aquí la historia se vuelve truculenta, lisérgica y parece buscar una zona de pura desintegración de la fábula, a la manera de la literatura del absurdo, pero un clima enrarecidamente festivo donde las brillantes líricas de Adolfo Macías que aparecen como disparadores de una infancia que busca ser destituida a toda costa de su inocencia, en un ejercicio demoledor y, paradójicamente, no exento de momentos cómicos.
Estas líricas parecen fragmentos de canciones de cuna o villancicos donde Papá Noel es no sólo el clásico asesino con motosierra, sino también un cantante de ópera con el rostro y la imaginación de alguno de los demonios de Hellraiser. O, efectivamente, un hombre con cabeza de cerdo que actúa en un contexto que pareciera haberse sustraído de cualquier conexión emotiva. El sinsentido que parece desencadenarse es recuperado por el horror esperpéntico creando así una sensación de carnaval con luces bajas, un carnaval de madrugada donde la gente ya cansada de bailar solo puede sacar los cuchillos de carnicero y empezar a afilarlas contra el pavimento. A lo mencionado, habría que celebrar la porosa ambigüedad sexual del personaje de María Angula que poco a poco va planteándonos preguntas sobre la propia identidad del personaje y de la historia. ¿En qué mundo puede ocurrir esto? ¿La realidad puede ser así? Lo aterrador es que –leyendo esta historia- en algún punto sentiremos que sí.




      
Anuncios