TRES POEMAS DE KIM KI-TAEK


TOCINO DE CERDO
Voy de camino a casa después de unas copas.
Ha pasado más de una hora
y el olor de la carne no se borra de mi cuerpo.
Cada uno de mis poros, arrugas y huellas dactilares están llenos
de sangre asada al fuego, carne hecha humo.
Ha desaparecido el sabroso aroma
de cuando la devoré con hambre
y sólo queda el hediondo olor previo a la matanza
que tapa los saciados orificios de mi nariz como si fuera algodón.
Me bajo del metro
llevando el olor de la carne como si fuera el aura de un santo.
Dentro del vagón, en el lugar donde estuve de pie,
el molde de olor a carne que ocupa mi figura vacía
todavía está sujeto al asidero
y mira por la ventanilla cómo salgo por las escaleras.
Al llegar a la superficie
un viento refrescante vuela de un soplo el olor.
Mientras aspiro profundamente el aire fresco,
el olor que se había levantado como una bandada de moscas
se adhiere enseguida a mi cuerpo con sus patas pringosas.
No sueltan las manos que las asaron al fuego
ni los dientes que las trituraron.
El hedor que todavía tiene gritos y aullidos
penetra porfiadamente
en mi cuerpo donde está enterrado su cadáver.



MATANDO A UN GATO

Una cosa negra como la sombra y de pasos silenciosos
se lanzó de pronto a la carretera.
Rápidamente tiré del automóvil,
pero la velocidad impelió con fuerza los frenos.
El coche no se sacudió más que si hubiera pisado una pequeña piedra,
pero sí me pareció que algo suave penetraba en las llantas.
Miré enseguida por el espejo retrovisor y en medio de la ruta
vi caída una especie de bufanda de piel.
Era un pequeño gato que no debía saber que lo que devora a los animales salvajes,
desde hace mucho tiempo, no son los dientes ni las garras de tigres y leones
sino los neumáticos suaves como encías.
El mecanismo de amortiguación de las llantas del confortable automóvil
se había tragado la mullida aplastadura sin que se notara.
La sensación de carne tierna como de churrasco de una famosa parrilla
que se derrite en la boca sin masticar
se me subió momentáneamente al cuerpo a través de las llantas.
Atravesando la muerte blandamente reventada
esa sensación lengüeteó cada rincón de mi cuerpo
y se regodeó largo rato con la flexibilidad de la carne.
Relamiéndose de los restos de sangre en el dibujo de la goma,
las llantas rodaron más veloces como si quisieran saciar del todo su hambre.

AL DERRETIRSE LA NIEVE

La nieve al derretirse se deshilacha como un trapo.
Se agrieta quebradiza como un cutis con eczemas.
Se descascara como la vieja capa de pintura
de un portón blanco que deja ver debajo el óxido rojo.
Por entre la nieve rasgada y hecha jirones
se ve la fría carne desnuda del alto barrio de chabolas.
Como despertadas a la fuerza de su sueño, se muestran
las casas de techos remendados con lonas,
los muros levantados sobre cenizas de carbón, basura y caca de perros,
los trastos subidos desordenadamente sobre los techos,
las vidas que se consumen amarillentas por falta de nutrientes.
De un postigo como de ratonera
cada tanto salen unos pies desnudos en chancletas y pijama con rodilleras
trayendo en la mano las cenizas de una briqueta de carbón.
Al recibir los rayos del sol, los cabellos enmarañados
como alambres oxidados y las arrugas colgantes
se muestran al detalle y sin poder hacer nada
como si hubieran sido aumentados con una lupa.
Pasa un automóvil
salpicando la calle con un caldo rojo y espeso
que parece vomitado por alguien con toda la fuerza de sus entrañas.
La nieve reblandecida se deja triturar dócilmente,
se derrite, se descompone, supura y enfanga.
La piel de blancura deslumbrante
que anoche cubría a Blancanieves
se derrite medio día después mostrando su calavera.

Tomados de El chicle (Bonobos, 2009)
Traducción de Sun-me Yoon
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