ARTURO CARRERA. 3 POEMAS






erick johanson

























CASA DEL TRICICLO

               
I
“… era la típica casa chorizo con habitaciones,
galería y patio. Muy cuidada, muy alegre,
muy misteriosa.
Allí vivían tía Anita y tía Agueda con tío Alfredo
y tío Mariano; pero se reunían con todas
las otras tías
y tíos, que eran muchos, muy lindos y muy jóvenes,
también inmigrantes;
y se hacían muchas bromas
y hablaban en dialecto como nosotras ahora,
que lo aprendimos y te lo enseñamos.
El padre de César Aira, tu amigo, solía contar
que para saber dónde estaban los italianos
(y eso comprendía a tus tíos y tías de
Sicilia…)
había que hacer silencio,
cualquier noche de verano,
y además de los grillos y las chicharras se oía un
famoso ruidito que hacían los tanos
cuando comían caracoles…”

II
No era la luz que sacudo el relámpago
sino el dedo de Zeus, como dicen: su primera
indicación, el rayo;
el índice de alguien que señaló
espectáculos y cosas
la lluvia y el árbol
la voz y su leve mano
parecida a la idea,
a un sueño detallado.
Y el impulso que tía Anita le daba al triciclo
que no era mío y que aún me lleva, de noche
por la galería.
(¿… o es la claridad del recuerdo invencible
que ahora acepta
el robado paseo?)
Veo las manos en el pequeño manubrio,
su vos dice cosas,
murmura como un amante
y en las baldosas de la galería
veo pasar los dibujos imprecisos
de donde brota luz, un poco de luz
de luciérnaga aplastada…
mucha menos luz que en cada puerta
de cada habitación donde los listones
de la madera pulida empiezan a alinear para mí
el olor de las hierbas y las flores del patio
todavía húmedas.
Y el rumo de las conversaciones
y las plantas arrancadas
como para detener la noche.
Pero yo sonreía de ciego; iba envuelto
en la velocidad ignota. Oía el leve pie
que tomaba impulso, intermitente,
tras una punta de su pañuelo negro
que rozaba mi oreja.
Soy ahora ese lentísimo movimiento
y el paseo de un vespertillo ralentado.
Debo de reconocer esto que sueño despierto,
estas desemejanzas que al entrar en contacto
comportan fatiga,
como quiso Teofrasto,
el teórico de las sensaciones:
toda sensación va acompañada de dolor
incluso escribir y leer estas palabras
sin dónde,
ni cuándo,
sólo el blá blá blá de las tías.
Y aún anhelando pero confusamente
aquel sentido unánime
de los sentidos.


CHICHES TROCADOS
¿Y a qué esos intercambios
si no para la sensación de obtener
un objeto que en la luz imitaba
a otros objetos simples: un tren, un autobús de lata,
con pasajeros de perfil en cada ventanilla
pintados?
Y la multitud en la granja de plomo.
Cipreses duros y fríos, alargados
y oscuros, de verde recortado
contra una luz casi nocturna.
Y álamos
custodios y bulliciosos
con un clamoreo lleno de viento.
Series de corderitos, gansos en su balanceo fijos
y patos sobre espejos, gallinas gordas
con su prole.
Esa apertura, esa fuerza de la imagen,
provienen de una ausencia que atormenta a la luz:
¿no debió
de haber ídolos?
Y sin embargo, hay presencia que falta.
La misma que en la intimidad de lo pleno,
en el hueco del enigma cada visión
anhela como conquista.


VERANO
Otra vez mi casa en la puerta oscura;
la parte clara del verano.
El mismo, el esperado,
el que nadie conoce.
Como este ritmo mío,
quebrado
en las palabras de todos.
Quebrado.
Pero tampoco soy yo quien tiene tus ojos.
Tampoco soy yo quien oye
la alcancía.
En el centro de la palmera roen oro;
y las ásperas palmas balancean
unas vainas doradas con semillas que estallan
y
algo amarillo cae suavemente
y colma todavía
la plenitud de nuestro balbuceo.
¿Qué cara de las monedas
consultamos? ¿Cuál esfinge sin párpados
solo con indiferencia nos alcanza?
Sin embargo, calcábamos con el lápiz mocho
en el papel de diario y en los bordes del cuaderno,
las infinitas caras y las cecas.
Y la moneda con la cara de una Señora
de párpados entrecerrados.
(Murmura lo que olvidamos.
Ronronea lo que dijimos.)
Estos poemas son extraídos de “200 años de poesía argentina” (edición a cargo de Jorge Monteleone)

Alfaguara, Bs As, 2010.
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