LEÓN FÉLIX BATISTA. NEGRO ETERNO



sigmar polke



















conversación en tiempo de bolero
Traspones el umbral mesándote una sien y por tercera
acción elogiar el arabesco de su bata de batista. Descifras
allá atrás aquel bolero rancio como supervivencia
del abismo medieval. Inestable de ver negro, su debacle
de matices, mixturas en un vaso quebraduras de
agua helada y espesor de un carburante; reclinas la cabeza.
La observas prolongando a brochazos el fulgor:
la quemazón del bosque, la desaparición (extraña) del
sentido en favor del sinsentido y en gruesos astillones,
por afán calefactor.




imagino que te has ido para ver la reacción
Luz poniente sobre un pozo (eso quiero alucinar: como
un rápido monzón que extenuara la memoria.) Un retorno
reprimido (como el nudo de los vómitos) permitirá
que hilvane con sentido el devenir. Es un método
para indeterminarlo: en su lapso está embutida
(y por mi arbitrio neutro) tu inexacta simetría, regida
cada fase con un nudo de eslabón y luego transferida
como embrión de pensamiento. Empero, la ecuación es
mucho más aguda: las tesis son las mismas y es más que
los despliegues de su placer ficticio.




es la última farra de mi vida
Supón que lo aniquilan registros de saudades, y que
puede (con un disco) remediarlas (en cierto bar de
Brooklyn en pino de Oklahoma): esferas como aquella
mixtura la ciudad, materia de un orate y extravío. Y que
ves cómo resalta (el resorte que tú eres) contra el cielo
raso recto, por sus tonos intangibles; y que luego se rasura,
solicita su calzado, tantea las urdimbres y radio de
su miembro. Entonces dale elipsis, describe su derrumbe.
Habrá quien paute el coágulo que deje.





no llames corazón lo que tú tienes
Mi palpo la escaldaba, aunque me condujera con circunvalaciones.
Tras el arbitramento de rasos y labores
vienen peces abisales. Improviso (como puede descifrarse
de las máculas de gis cuyo trámite yo escribo.) Los
dedos con especias, superficies expresivas dirimidos en
el margen que jamás he transgredido. Desarrollo sacrilegios,
antigua acción de culto: me aproximo ya a las
lindes de mi defener. No consigue –sin embargo– liviandad
ni afantasmándose: el volumen sigue rígido y mi
zarpazo intacto, restaurándole las faldas de lona de taller.
Contendor inubicable, tan virtual y ausente, entonces.




put your head on my shoulder
Infortunadamente vestido para el ágape: tenis, polo y
una gorra de beisbol. Me absolvía –sin embargo– la
bombilla en el dintel: yo creaba un desperdicio de su
cono. Dividiendo antes el óxido y arcilla del portal desemboqué
en el living: beso al canto del carrillo, un
suspiro a lo francés, los abrazos casi fórceps. Tras un
hombro el paraíso se aproxima a cuchitril con cartel
Tolousse-Lautrec. Mezclaron margaritas, té de hojuelas
valerianas, pero acepto una cerveza de las de espeso cuerpo,
que me obliga a acarrear (triplicada) la cabeza.
Aunque en las manos cale soslayo el carrusel (fregaduras,
las del baile) con escasas contusiones, hasta hallar la
estantería. Escojo –tomo suelto de un tratado– como
quien adquiere un dildo, cuando advierto turbulencias:
argamasas en frufrú, distensiones de un enjambre que
van cifrando un cuerpo. Hablábamos, de pronto, de sus
rizos a lo poodle, de mi condición de zoco, engastados
en Paul Anka. What a cute little chesse eater1, cité para dar
vista a las tinturas de su encía y abruzados en un vals.
La calle no retengo de este antiguo acontecer, mucho
menos la escritura de los muros. Pero tejo aquí su efigie.
Es que bailó conmigo con un mini-impermeable.








you’re my only fascination
Los frunces de la blusa acorralan al androide en un
símbolo masivo: al ceder su cobertura tendrá más puro
el torso devanado por su brote. El rostro desde arriba
–murciélago pendiendo– es agüero de mis palpos. El
hálito, no sé, o un látex jubiloso: algo auspicia inesperados
desembalses. Demasiado agua corriente, muy
convencional la historia. De allí parte lo narrado. El repliegue
de unas faldas dará tipismo a esto: bajo géneros
crujientes flan y salsas de ese flan, el diseño movedizo
del ceroso entallamiento y el suavísimo sonido de sorber.
Se desgaja el puño en dedos y flexión de pancracista: se
dedica a renegar de la carne en polinomio para urdir su
embocadero. Lacayo que es el ojo: enfrascado al respaldar
cuando crepita un poco, para ostentar del todo inexistencia
e imperecer.






con traje de can-can posabas para mí
Lustre y astros de postín (mixturados entre nubes) que
el fotógrafo ha enmendado con telones. Y amarillo que
humedece un amplio radio con bombillas esplendentes,
parasoles; con hibiscos embutidos en macetas. Paisaje
monocorde –de madera y plastilina– y en cuadrícula,
además: sueño abstracto y artificio del cerebro de un
baldado. Este lente (que no es límpido) amputa ciertos
ángulos: silueta de los predios, expresión vertiginosa:
mi propia mano herniada sosteniendo un hombro
suyo, devenires vertebrados. El rebrote de esta estampa
ha alcanzado a yugularme por aquello de abstraer de
su utopía. Lexicón de mil fragmentos la pupila de la
cámara, que no lee la realidad (y aletarga su traslado).




qué dilema tan grande se presenta en mi vida
Primero ella sola, después un pequeño prado de ellas.
Derek Walcott
Dispuesto a la emisión que su timbre animará, bajo el
galpón, inerme, aspiro no a que escampe sino a que se
encarnice con brotes caudalosos. Caminan y deslumbran
(la red en movimiento) a la vez que desbordando:
un arco en la fisión de un muslo con el otro, los goznes
y costuras, dulces vafos. Pesco al aire medias malva, interiores
de rasilla y charoles que fermentan con chispazos.
Allá los subproductos de sus exudaciones, erizo
de una axila, incisión del labio exhausto. Las vierte el
campanazo, parvada sin solaz: burbujas al estanque que
aporta mi inmersión. Lo que vela el uniforme (cuadriláteros
plisados) es cuanto me demuele, bicho único
que ve. Y la hidra del deseo enroscada con prudencia,
no imagina ya qué asir. Garfio tan rudimentario.






en vez de maldecirla yo la amo
Lo vislumbro resaltar o acaso no, un renacuajo de su
maleza madre. Elude lo celeste, la pasibilidad (asilo de
un cadáver y su concreto inmóvil). Mas no tenemos
plancton, sujetos a su anónimo, sí toallas y champúes
para afanes de toilette. El cuerpo de inferir de lo blanco
el reverbero se va a descortezar: me esperan yacimientos,
pendientes tolerantes, la ruina renovada de manera
indefinida. Así fluye, sin ya linde; de medusa pasa a
morsa. Distanciándome ya más –el buceo es impreciso–
de cuanto es sedimento, sustantivo, racional. Que me
extraiga o que no (sin eximirme) de su frígida ficción

el pez mujer.
Anuncios