JERÓNIMO PIMENTEL. ELLA DUERME (novela negra)








andrea marheti





















Despierto con una imagen confusa:
oso estrábico en cuya balanza no se ha cebado aún la moral
ni las falsas esperanzas de los pobres. No hago bulla,
aunque no puedo dejar de sospechar que con cada paso que doy
una quimera se empecina con esa que eres tú en tu sueño;
Alicia asustada, carnada fresca para el pez martillo. Trato de no caer
y busco el equilibrio en mi tronco. En su defecto hallo fotografías
borrosas que debieran decirme quién soy y qué he hecho,
pero su luz es incapaz de penetrar mi fondo marino y entiendo por fin
el secreto de la vida abisal. Abro la puerta como un cerrajero proscrito
y me escabullo de la habitación lentamente, con la excitación calma
que provoca lo prohibido en los hombres. Ella duerme.
El escenario se ofrece como óleo que quedó en bosquejo y la casa,
en abandono, se comporta como un dios furioso que ha perdido
el control de sus actos (mientras un pájaro negro te susurra al oído:
niño, todo pasó cuando dormías). Las manchas
sugieren siluetas que dispara la máquina de proyección:
ahora, tan temprano, es posible hacer gestalt con figuras vacías
y empezar a encontrar las respuestas que exige un sábado
que se resiste a iniciar (alborada perdida en ventiscas):
¿Ángeles corruptos, murciélagos inmaculados o feroces amenazas
de embargo en las cartas sobre la mesa? ¿Desperdicios de fiesta,
restos de gordas alimañas o el ruego líquido de un dios para hacernos bailar?
Apolo lanza maldiciones bordadas en flores al balneario más pequeño
de la costa Pacífico pero ¿qué falda se ha levantado
para llamar su atención esta vez? ¿Acaso alumbra a la mujer que duerme
un viernes eterno? Acosado por haces de luz y un sabor salino
en la boca recojo de la cesta mi primera revelación diurna:
nuestra historia despegará en un hermoso vuelo de uvas y tú,
ataviada como una oruga nupcial, crearás nuevas lenguas
con las voces de asombro recogidas.
El sol anuncia:
la sangre gana al sueño.
Es momento de salir.
Estiro las piernas y me enfundo en rayas para detener
el cataclismo de mi cabeza (de cada hebra brota un fin de mundo posible).
La calle es fecunda en su fauna aparente, pequeñas estridencias
de una noche intacta recuerdan el cambio de vida: de predador nocturno
a paseante matinal, de obsesión alcohólica a previsión canábica,
de promesa de parte a ilusión falleciente. Los proyectos hacen fila
con la resignación que los limeños han puesto en la espera.
Ella duerme, y aun a seiscientos metros de casa es posible escuchar
la alegría de su sed: ¡fresas, trae las fresas para mí!
Registro los tallos, su invitación de madurez,
y ausculto el tamaño de las semillas para elegirlas agrícolamente,
honrando el cuidado con el que fueron criadas.
Fuera, la luna deja ver su coqueta esferidad mientras una corte
encubre sus intenciones de fuga. Aplaudo el acto y vuelvo a la cueva
con ese andar remoto que concede la labor cumplida, satisfecho de mí mismo,
compensado por el vicio ajeno, así de espantosa es la indulgencia
cuando se mira en el espejo propio. Juego entonces a ser quien soy:
un hombre que el tiempo ha deshecho. ¡Ese fin de los miserables!,
exclama el periodiquero, y en su tono asoma ese desdén tan próximo a la astucia
que convierte en complicidad lo que sólo son insultos.
Con el entusiasmo apaciguado mascullo mi bienvenida,
subo a casa y noto mi función delatora.
Soy el cascabel del animal, la seña auditiva que alerta:
¡el único entre los muertos vive!
Si he alzado las cortinas o no, no lo recuerdo.
Los platos están donde los dejé.
Todas las avenidas importantes van al mar.
Ella duerme en mi cama vacía.


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