GIANCARLO HUAPAYA. TALLER SUB VERSO. JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ

fernando bayona
¿Qué es lo que hace que un texto resulte singular y, aun así, conmovedor? Eso, ciertamente, varía de persona a persona, pues depende de las coordenadas emotivas de cada subjetividad. Los consensos alrededor de un libro siempre son peligrosos y, con frecuencia, dudosos. Por eso, una obra que parte, desde su sustrato conceptual, de una radical oposición a los consensos es ya altamente sugestiva y provocadora. El libro Taller Sub Verso de Giancarlo Huapaya se sitúa en un punto de inflexión entre la retórica del manifiesto, la argumentación del ensayo y la ilógica del poema. Esa singularísima mezcla parece oponerse radicalmente a cualquier literariedad espesa y, más bien, busca su lenguaje en las afueras de una metapelícula porno conceptual en la cual los actores, de pronto, empiezan a gemir elaboradas formulaciones políticas sobre el propio acto que protagonizan para decirnos que eso es la vida: “Todxs somos pornostars”. Así, Taller Sub Verso está entre los libros de poesía más singulares que he podido leer recientemente porque, me parece, rebasa –y rehúsa- cualquier clasificación. Creo que allí reside la mayor virtud de este libro: su carácter casi irreductible a los patrones de lo que puede o debe ser un poema.

Ahora, ese ejercicio de arrastre de un glosario ludosexual busca mostrarnos el deseo en su materialidad maquínica y no en la consabida idealización romántica que, por lo menos en la poesía, nos suele resultar común. En realidad, sospecho que Huapaya no pretende fijar “argumentos” sobre el devenir de la sexualidad y sus implicaciones en la vida de los sujetos, sino poner en circulación los engastes de una sexualidad polémica, los términos en que el deseo se ubica en la economía emocional de la gente. Como en O. Lamborghini y su “barco para amujerar”, Huapaya descoloca los puntos sobre las ies de una sexualidad adocenada y formateada: “Disminuyamos la masculinidad, sin aumentar lo femenino”. Como en ciertos poemas de Perlongher o Echavarren, tanto las ideas como las imágenes aparecen sabiamente entramadas, todo bajo un ritmo curiosamente informativo, irónicamente lineal, siguiendo la premisa de “hágalo usted mismo”. En ese sentido, este es un libro que se prefiere práctico, útil. La propuesta de Huapaya sugiere que este libro sea una infección de transmisión textual, una mini bomba verbal en nuestras agendas burguesas: “en cualquier lugar de cualquier momento desprenderemos nuestras bombas contra la dictadura de lo normal”.

 Coherente con esa propuesta, en Taller Sub Verso el poema se descoloca de sí mismo para ser otra cosa. La imagen ingresa cuando el argumento deja de tener sentido y viceversa. Ambos niveles lingüísticos aparecen necesarios en la confección de este libro de corte y collage. Las palabras invaden el poema y se suspenden en signos de pregunta. La textura sugiere una especie de espiral asimétrica, planteada como un glosario (A, B, C…) de hipotéticas posibilidades de quiebre a los dispositivos de control que nos acompañan en nuestros cerebros. Desde una estética de impronta neobarroca (“el verbo bamba les admira el moño”), estos poemas-ensayos van desmantelando tanto la lógica expositiva del ensayista como la ilógica alucinatoria del poeta. Así, la realidad de los dispositivos de control aparece “discurseada”, sacada de lugar, extrapolada. Ese gesto es de una ironía demoledora: “Jeroglíficos aires que deben untarse con mostaza y defraudar niñxs de géneros olvidadizos”. La ironía, como en Perlongher, es el punto nodal de este libro político, de este poema manifiesto. La sexualidad aparece removida de cualquier binarismo aparece aquí desestructurada, corrediza, líquida: “son el tintero que chorrea desobediencia geopolítica”.  
Este libro revisita de manera directa un lugar raramente frecuentado por la poesía latinoamericana y amplía su perímetro espacio-temporal hacia una especie de futurología orgiástica y carnavalesca (velocidad de escape más allá del postporno) que Huapaya fabula con mucha personalidad e intensidad. 
 

fernando bayona

A

Flexionen el abanico luminoso y mojen el pie que simula la arritmia. Víbrenlo y salpiquen, la tinta indeleble desinflamará los coágulos. Vuelvan del lado más festivo de sus torsos y únanse sin escoger. Si el peso se los permite, podrán saltar así o voltear cuando les sacudan sustancias plateadas. Ahora canten y conviértanse en un embudo, inviertan los párpados cuando sientan el conocimiento en los vellos. Sus respuestas serán autorretratos, no desatiendan lo que les baja entre los muslos y gotea desde la luz. Toda construcción será sostenida por la delación de sus medios. Mientras mutan, ejerciten el ombligo (como una retina), no lo deben desaparecer porque la dimensión y la dinámica empiezan por mirarlo. Ahora mírame y pregúntate qué posibilidades soy.

Si pueden definirlo, retiren sus inhalaciones y expulsen las vibraciones del sádico disfraz. Si no, deberán mantenerme como una extensión cruda e inerte y preguntar a cada animal su imperativo al colgarse de alguno de sus dioses. Disfrutarán sus contracturas. Tú y tú se conmoverán al comparar el poema con una película pornográfica, los demás los vestirán con la última representación que rechazaron en la intimidad. Enuncien la singularidad de lo flexible, de eso se trata el festival. Tú puedes llamarle de la forma en que lo sueñes, incluso de la forma onomatopéyica.

Nuevamente, como coro litúrgico, compongan con un ordenador de acuerdo a sus metempsicosis y trasládenme sus características hereditarias. Yo quedaré encendido con leds de cabaret y ustedes rebanarán pepinillos encima de sus rostros. Recuéstense junto a un charco orgánico, sumerjan la lengua y escriban con ella: soy un trasplante, soy un traspaso, soy un traslado y equis. Alteren el ozono e inflamen el tubo, esa máscara les procurará labios y ojos sobresalientes. Alteren su aseo, toquen el poema antes que seque y negativísense en cada parpadeo, esta inversión contribuirá con la terapia de estilización. Dilaten y piensa por donde sería mejor tu penetración. Los objetos sexualizados recogen nuestro activismo y se frotan contra el aprendizaje. A esta distancia ya sabes qué ropas interiores huelen a multiplicación.     
B

En la parte bdsm del asunto amaremos máquinas diseñadas por los pezones heridos. Rojo es el invierno y la nieve roja ilumina los nudos que sujetan las succiones cuando les aplicamos el desfibrilador, el orden lo define la temperatura de los dedos. Los colgados bocabajo recibirán las descargas en las exageradas nalgas, latan el pie como al principio, los que están boca arriba nos servirán como columpios.

El tránsito de las sondas resistirá y recordaremos el tramplin del siquiatra y al puto cura transmitiéndonos el epicureísmo del Cantar de los Cantares, luego nos daremos cuenta que el shibari es el diagnóstico y el refinamiento se notará en tu epidermis. Deberás decidir que glándula masticarás al donarle un músculo al otro. Yo prestaré mi perineo. Se trata de que cada destello se disfrute al elevarse
o levitar es sus sacrificios.
Es inútil negar las lesiones.
G

Somos la disolución del dulce. Un limbo de moda. Partamos el verso con crueldad. Copyleft. Las micropolíticas criminales operarán quirúrgicamente las estrategias de disciplina. Disminuyamos la masculinidad sin aumentar lo femenino. La mina incrusta la lágrima, en cursivas antoja psicotrópicos amuletos contra la melancolía del azufre. Son curvas de antologías en aerosol, stickers postgrafitis de parques de diversiones. Somos curvas de gestión contaminante, casi autónomas, entre artes.

Hielos son colgados sobre caminos de inestables calaminas. Ventilación que motoriza equilibrios de fatalidades preñadas de amantes niega la ligera posibilidad del ensayo. Un erizo medio disecado habla con su cirujano, ve la pirotecnia de los puntos ges en retinas quemadas y tristes. Se divide la sopa dentro del túnel de audiencias acomplejadas que enlutan a las sombras. Gira una taza corpulenta con íntima mentira en la cúpula de una fábrica desierta. Mi niñez corre entre los regazos de cultivos transgénicos. Se refina el fin de las falibles hablas. Son ustedes registros de escenas de contagio y dependencia entre ramas odoríferas dedicadas a impertinentes divinidades.

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