PRIMICIA: JOSÉAGUSTIN HAYA DE LA TORRE.UN BOSQUE ARDIENDO BAJO UN MAR DESNUDO

       

eduard Ibañez


Encuentro de dos imanes
Cárdeno y ocelote:
pienso en la humedad de los lagrimales de los escualos
 y en la invención del mito de lo fragmentario
 y su devenir en la realidad. Y nombro el mar
y se agiganta. Y nombro el mar y se agiganta. Y nombro el mar
 que se agiganta y descubre su perfil de presencia antigua y su ola de tempestad
 que reluce, cuando acaricia el extravío y las extremidades
 del vuelo del ave que trasunta las orillas y vivifica la desocupación de la estatua:
amanecen fósiles eriales creándose el vacío. Es el mar y su polaridad…
Y la unción de las sílabas que lo  nombran
cuando se quema la sangre y se unge ese contemplar el mundo en un grano de arena:
lo que tañe la roca y bruñe la niebla, así se disuelvan.
Sueño con los tóxicos del vientre de las medusas y con los yunques de los herreros
 y sus hierros hirvientes donde se forjan los ornamentos de las pezuñas
y las puntas de los cuchillos, intentando disuadir el desgaste de la materia;
e invento el desvarío y lo asocio y lo restituyo en la maleza de su mención.
E insisto en estos fragmentos y en el ensayo vario de su cepa que altura la palabra:
  mar de toda profundidad y señor de lo oscuro, mar de las cavernas y señor de lo oscuro,
mar primigenio del cieno y bulbos del señor de lo oscuro, de los rayos
solares que atraviesan la superficie y emigran bajo tus aguas en vigilia de lo sagrado:
                        nombra en tu nacimiento lo pronunciado por el fuego de la salamandra,
esculpe ese andar vertical y haz que mane la contracorriente
 cuando se pierda la última fuerza en alianza de contrarios.





Desinencias
¿De qué metal es tu voz?
A esta hora llega el sastre del sol, volando en su bicicleta blanca, a tocar el acordeón. Yo lo acompaño, calibro la utopía del cuervo de ala blanca. Y en mi movimiento siembro médanos y corales, reparto el sueño de los peces, y disecciono del mendrugo la caries de oro del empoderado, del que se coloca la corona de rey y fabrica lisos botones con los huesos de sus hijos, aunque por el ojal de mis camisas y pantalones se oigan, puros, sus nombres.
¿De qué metal es tu voz?
Los pájaros llegan tras la lluvia, cuando despunta el alba con sordina, trompeta y saxofón. Yo los acompaño, labro la tierra donde cómodamente defecarán para luego cultivar algunos puñados de semillas. Y en mi movimiento arrastro troncos y otros maderos, que serán vigas, que serán traviesas, hacia las orillas del estuario, y disecciono del báculo las joyas, pues este será ahora bastón de ciegos o azadón: la oscuridad translúcida me guiará.
¿De qué metal es tu voz?
Bienvenido sea el pastor de las nubes, y su piano de luna y noche, a entregarnos resplandores y algunas tormentas. Yo lo acompaño, remanso las hélices de los torbellinos para dejar sujetas algunas raíces y luego dibujar un arco iris. Y en mi movimiento recolecto neblinas hasta su disolución, fortalezco los tallos nacientes en los barrancos, y disecciono de la capa bordados, broches y algunos rubíes, e hilvano un saco donde recoger el polvo de los días y un poco de brisa salina para limpiar mis heridas.
¿De qué metal es tu voz?
Pasen, pasen escrituras, ha llegado su tiempo y el rasgueo de violín y charango, en un territorio donde el idioma cambia todos los días. Yo las acompaño, pronuncio el mismo vocablo, la diferencia entre pirata y corsario, para esparcir viruta en las calles empapadas y recibir al que escribe sus cartas en el aire. Y en mi movimiento fundo mi nombre en la misma hoja de acero que lo ha inscrito, ahí, donde señala la luz, en la sombra, y disecciono de las bulas las palabras que dicen de un yo, de un me dije, de un les dije, de un nos dijeron.
Afinidad del escalpelo.
para jcm






Virtud de la ceniza
Inauguremos el tiempo: galopemos un instante entre las nubes sobre un pez espada.
Abajo, entre la multitud que arde, la mujer del pantano reparte pan ázimo, algunos jazmines y nos invita a dormir ente juncales. Lleva flores en su vestido, también.
Otros, con alivio, recogen las migajas que deja a su paso.
                                   
No, no son espectros. Los sinodales huyen hacia las salitreras; buscan secar sus pieles y emparentarse con algún mendigo: salvación, salvación, salvación. Pero los delata la caída de la luz, otro punto de fuga.
Otra densidad. Las costillas sobresalen… Ni un par de mantarrayas ni un cántaro satisfacen la necesidad. Ni el aliento de un roedor se satisface. Alguien asecha con el sonido de un arpa.
Otras embarcaciones surcan la tierra, mientras hierven lejía para los rituales y unos cuantos despejan sus pensamientos con esos vapores.
¿Cuál es nuestra proximidad, un tú, un yo? Y el hombre, seas tú, sea yo, sea él, que vence a sus adversarios, impasible, sujeta un libro y lo glosa. Confía hallar respuesta en unas palabras que no las convierte en suyas. ¿Qué porción de este mundo se sostiene en tus pensamientos?
¿Cuántas manos de mujeres se hallaron bajo tu túnica? Sí, la suavidad de los dobleces, tus muslos ejemplares, la higiene de tu barba.
El silencio dejó de acompañarte. Evitas mirar tu autorretrato, un cambio de perspectiva.
Y en el cielo, otros graznidos atonales. Otros viajantes que contemplan las cúpulas caídas y la del hombre al pie de otro hombre de antiguas vides sujeto a una pared.
Y entre cuchillos, bufones y limosnas migran las rémoras. Y algún ejército en batalla. La férula ata distintas confesiones según el grosor de las cerdas, una magnitud escindida del ruido.
Qué delicado es el dolor en ángulos curvos.
Discurren botellas vacías y deambulan los sexos. ¡Cópulas! Aun así la mujer del pantano sigue con sus atenciones, ahogada en un reflejo que la ve partir.
Y continúan los cánticos de las hojas afiladas, atravesando las cofias de paja o granito.
Y arden, arden los molinos, los montes, los cuerpos desnudos, las mesas servidas y los galpones. Arden las fantasías y los fantasmas.
Nadie conmueve al hombre, medita sobre su lectura: qué versículos, qué aforismos, qué pararrayos lo circundarán. Qué sangre sangrará. Divinidad, divinidad, repite, intentando la doma de las fieras. Suero de los feligreses.
¿Cuál es el origen del lenguaje, de tu lenguaje, de nuestro lenguaje? Hazme saber de tu ausencia, aunque ocupes un espacio.
¿En qué plano situarnos? Las aves picotean sus huevos y algunas larvas, ambos mantendrán su latido y el olfato de alguna piara. Ya habrá tiempo para morir.
Tantas cruces y cadalsos y extremidades desparramadas.
¿Dónde estarán los trajes de los padres, de las madres, de los hijos? Qué importan las corbatas, los yelmos, los guantes y las monturas, las azúcares y los gritos de las arañas bajo el agua.
¿A qué temperatura bulle lo que se desea extinguir?
Las noticias de los pueblos vecinos llegan con retraso y algunas apariciones.
Otros cabalgan sobre una hoz, sobre olivos, sobre una babosa que engulle otra babosa. Aún el resabio de la saliva de distintos cuerpos parece saberles bien.
Y da la hora del castillo, del monasterio, de las hogueras y de someter algún gigante. Todo sea sacro, se proclama. Y el agua del río, el agua del río sea seca.
¿Quedará en el horro algún grano o algún amor prohibido?
¡Cláusula, cláusula! Se incinera la simultaneidad. Condenaron al brazo izquierdo antes de tensar la tela en el caballete o de distinguir las vetas del retablo. Divina proporción.
Alguien intenta volar una cometa entre tantas tentaciones. Epifanías y otros sudores. Han sido dos antes que uno y uno antes que tres, égida del temor.
¿Cuál la finalidad? Solo la errancia y el secreto de la efigie.
Esta oscuridad no es ausencia de luz. El verbo es pulso de la muñeca, lo que el tiempo hace suyo indeterminado, alguna realidad,

virtud de la ceniza refractada en la retina.
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