CIERTA DUREZA EN LA SINTAXIS (I). JORGE AULICINO.

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Cierta dureza en la sintaxis




1

Cierta dureza en la sintaxis indicaba la poca versatilidad
de aquellos cadáveres; el betún cuarteado de las botas
y ese decir desligado del verbo; verbos auxiliares,
modos verbales elegantemente suspendidos, elididos,
en la sabia equitación de una vieja práctica.
¿De qué hablás, de qué hablás? Pero si fue ayer…
Fue ayer… Estabas frente al lago de ese río:
qué lejana esa costa, qué neblinosa y mañanera.
Lo tenías todo, no te habías arrastrado en la escoria
de las batallas perdidas antes de empezadas,
no andabas en el orín de estos muertos…
Lo comprendo, no era el Danubio, era el Paraná
que marea porque viene del cielo cerebral, pero aun así…
¿Se justifica la alegre inacción, el pensamiento venteado?
Abeja: la más pequeña de las aves, nace de la carne del buey.
Araña: gusano que se alimenta del aire. Calandria: la que
canta la enfermedad y puede curarla. Perdiz: ave embustera.
2
Es buena esta ciudad. Podrías amarla. Cuando
el tictac de la ortografía, el trabajo incesante en la inflexión,
te permite respirar, la mirás. Lo saben tus vecinos:
salís al balcón en paños menores y miras el perfil industrial
de la vereda de enfrente, orlado por fresnos secos,
el polvo aceitoso pegado a los flancos de la estrategia.
Mapas mohosos en los revoques de este mundo de tres lados.
Euclides derrotado.
El blanco mediterráneo,
al fin, con la historia que tan bien conoces; quiero decir,
los edificios de los 60 ahora antiguos, viran todos al pardo,
al color gastado de las mismas palabras, frases sobre frases
en los talleres mecánicos,
en la arquitectura demolida,
en los huecos zaguanes que dan a los fragmentos:
sonidos fantasmales. Sabemos adonde van los muertos,
pero ¿adónde van las voces?
Esta ciudad no deja de hacer ruido,
es el sonido
el que muele el pavimento.
3
Me dijiste la otra noche que las grandes cosmogonías
no tienen dioses creadores. Casi siempre el mundo
ha nacido de la propia destrucción de los primeros titanes.
Y esto es que las rocas son los huesos de un gigante
o que los hombres gotearon de sus venas abiertas
o que el mar y los ríos son lo que queda de su disolución.
En esta transformación de los grandiosos cadáveres
reina casi siempre una pandilla con la que conviene aliarse.
No entienden la plegaria. Hay que hablarles claro.
Sobre todo, nos ayudan o desgracian según sea
la simpatía espontánea que inspiramos en sus raras cabezas.
Y la tarde es un león embalsamado. Y los semáforos,
huesos de enormes crustáceos macerados.
Y Odín nos acompaña en estos campamentos oxidados.
Y Zeus mira de costado; el más obtuso y el más sabio.
4
La comadreja representa a quienes estuvieron deseosos
de la palabra divina, pero que nada hacen con ella
cuando la han recibido. Y crían en las orejas.
La comadreja representa a quienes quisieron la gracia
y la gracia les fue dada, para nada.
No te muevas si encontrás a la comadreja
en la escalera o en el asiento de un taxi.
Reptará su pensamiento hacia lugares hollados,
porque, segura de la gracia y la palabra,
no se le ocurre qué hacer sino vagar
por donde hubo ciudades que los ejércitos
aplastaron con botas y llenaron de condones.
Más bien continúa construyendo el merecimiento
para que descienda la luz blanca o celeste sobre vos,
cuando realmente te distraigas en tu trabajo de desollar,
carpir, doblar, aventar, guardar o sacudir.
Aunque andes descalzo por los muelles ásperos
de tu propio pensamiento, habrás de distraerte profundamente
para no recibir en vano la amistad del reino,
para no deambular con la comadreja.

5

Es cierto que entre las aves medievales el árbol es libre.
Y aún hoy es libre entre la folletería de la abundancia.
Y es libre entre las piedras que suben y bajan a su alrededor.
Y libre entre las orlas de edificios que suben y bajan.
Y lo ves libre en los patios de los hospitales
y de los hospicios y tras los galpones y entre los techos.
A él va el gato. Astuto. Tenue. Y la musaraña va al árbol.
Y la hormiga. Y la tormenta y la luz que se esconde.
En el árbol hay trampas y gatos y botellas perdidas.
El árbol es amigo del bisel y de la penumbra.
Es más libre que el corsario.
El árbol
conserva la forma
tenuemente, sin rigidez.
Cada ciprés es un ciprés.
Y los miles de fresnos no son el fresno.
Si hubo dioses, amaron el árbol.
O combatieron por el árbol,
pero nunca gobernaron el árbol y nunca lo dijeron.





Jorge Aulicino






(Publicado en 2008 por Selecciones de Amadeo Mandarino)






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