CIERTA DUREZA EN LA SINTAXIS (III). JORGE AULICINO.










11


El centurión silencioso en la batalla
quiere convencer a los campos que combate
por ampliar el radio de su entendimiento.
Un rayo lo ciega y piensa
que pelea en verdad por monedas.
Y que es más suyo el trigo de su tierra
que la victoria en los confines.
Puede alimentar su granja
entregando al César
el universo repetitivo: bárbaros y selvas.



12


Es un gran pintor Ezra, dijo el tío, sólo
que cuando el pincel está ya sin pintura
no vuelve a la paleta, lo aplica seco,
pincelada tras pincelada, seco como el río
de sus sueños, como la saturnal Castilla
que no era el planeta de sus antepasados.
De manera que no es un cuadro vacío
sino seco, sobre el que pinta todo aquello que brota
en el campo que es fantasma de su memoria, a
veces con secas pinceladas, a veces con el color
vivo de lo que ha sido vivo, ha tenido estatuto y códice.
… y el sistema de cultivo
se parecía a las leyes escritas por las que el hombre
se regía: cortaba las espadañas, cegaba al que no veía,
arrojaba a la zanja el estiércol de la palabra vana.



13


Cuando las persianas están bajas, usted no está.
Cuando las persianas están levantadas, está.
No, no se guíe por esto. A veces dejo las persianas
abiertas con la esperanza de que una tormenta
deje un charco en el estar. A veces cierro
las persianas porque se me de la gana.
No lo hago para burlarme de usted ni de su lógica
sencilla. Es por estos irresueltos asuntos de la mente.
Porque pienso a veces que la luz que toman las ventanas,
de noche o de día debe concentrarse, hacerse cada vez más
densa, crear un campo gravitatorio en el que yo no pueda
entrar, sino a costa de perder resistencia, contemporaneidad.


14


Era cacería del merodeador y ocaso de la filosofía.
Qué corno (inglés) sonaba entre los silos.
Los paisanos salían en la calesa con escopetas de caza.
Turbio, el poniente, hacía piedras oscuras y
cielos de cigüeña, mas no interesaban en el cielo
despeñaderos de lejanas épicas a los alabarderos
criollos en busca del bandido de pobre filo, ladrón
de tejas y bandolero de lavadero de lana.
Mi palabra en vano incoaba a Platón en la galería.
Era su amor el camino del guindo solitario,
larga trocha, pedregal y vuelo de tero. Aun así
hablaba diciéndole: los cipreses no son sino
longilíneos señaladores en el libro de Dios, que,
como no ignora usted, no hemos leído por las nuestras:
apenas si sus ojos, los de usted, los de tantas,
han permitido que veamos la esterilidad de sus páginas,
y, de un modo u otro, al fin y al cabo, cantáramos
precisamente los cipreses como notas exactas.
¿Entiende? ¡Lo han arruinado todo!
¡Nos han hecho platónicos!
Y ella sonreía, estrictamente en su función,
en ese escenario de ejército y gesta degradados.



15


¡Ah, orante! ¿Qué rezos? El jilguero abandonó su trono
en el árbol de trozadas ramas. Fondo de paredones
y de claraboyas industriales, donde, lo ves, también
perduran escorzos de tejados y plantas antiguas.
Todo lo que existía antes de tu nacimiento era
arcano: asimismo esas plantas, quinotos, nísperos,
el panal que escande los iluminados alejandrinos.
Recordarás a la abuela si silencio de peñas
invade esta furia que no produce nada. Malas
noches, muchos cigarrillos, tontas discusiones
sobre la trivialidad y la patria.
También la patria, Borges, carajo. El puente,
el olor de otros rellanos, de pasillos; oscura
tozudez de los días, taciturna decisión de Borbones,
de primeros ministros, de Corte y bodegón.
Días de lejía y gato acurrucado. Sinrazón de proseguir.
Pues están, fugitivos, días aplazados: mantener
la construcción del pasado, lo que debe hacerse;
el nivel de embutidos, café con coñac, el gesto.





Jorge Aulicino



Estación Finlandia. 




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