LAURA ALONSO. AY DOBLARSE SOBRE EL AGUA!

I
Pega contra el cristal.                                                       Parece.
Parece, mas transpira las axilas como animal en plena caza, sólo que sin hambre. Pura posición en el espacio. Fascinación por cuerpo opaco con luz en otra parte. Romperse contra un vidrio.




II
La de este lado no lo sabe. Ve cosas quietas y no tentáculos. Fondos oscuros. A pesar de la ranura. Esa por donde filtra un ácido. O algo con un tiempo de paciencia equivalente, del otro lado de la noche, del espejo por su dorso.
Del otro lado.




III
Lo último en sentirse fue el paladar. Un chasquido al modo de un cerrojo justo cuando se echa a perder.




IV
Entre los dientes del vidrio, así, así se fue el mundo.
Volvió. De golpe. El peso terrestre, entero.
Incostado de una sola luz.
                                Pájaros caídos redaron el cuerpo.




V
Contacto exacto: el resplandor.
Ruido en vidrio. Lasca en deshielo y la insólita blandura de la carne.
El suelo abierto. El charco de las cosas borradas de sus nombres.
   La ausencia entera, del otro lado, mirándola.




VI
Perló negro cerrado. Crisálida hacia  fondo y lo demás cernido a rayas horizontales, en apretados visillos.




VII
El cenit ahí. Suspendido. Toda cabeza un destello. La franja extensa.
Fantasías animadas chillaron en pantalla. Unas comiendo de otras, de forma intermitente, de tercer plano.




VIII
Alguien pide el lugar para ocupar. Lo pide por su boca.
                                               El de la casa, del otro lado.




IX
Vio el fuego mas no sintió calor. La figura de las llamas. La imagen, moviéndose, del lado frío. Ella, la simetría completa.
Supo así del tiempo esférico, sumido al centro.
Se ignora cuándo, exactamente, el déspota se engendra del antebrazo dormido.
Sabido es:                            nadie está a salvo de abolirse.




X
La sala está vacía. No termina de resolverse piso con pared. La delgada lámina de vidrio baña la habitación. Trepa los objetos. Les asesina el núcleo. A cada ombligo le pudre el alimento.
Arboles, del mismo más allá, escapan ramas de otro silencio a igual moneda.








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