ADALBER SALAS / SALVOCONDUCTO




kazuha matsumoto















A Ezequiel Zaidenwerg


Mi abuela tenía un soplo que le endurecía las venas
y se las volvía quebradizas; cuando caminaba,
en ellas se abrían huecos por los que
se escapaba mi infancia. Ningún material
servía para tapar las grietas y detener el derrame.
Entonces ella me hacía buscar un coleto
para limpiar el charco que se había formado en el
piso. A veces, el soplo también le empañaba la voz
y las palabras se le quedaban suspendidas,
ilegibles. Era necesario esperar por un rato, hasta que
finalmente se evaporaba la humedad y uno podía
escuchar qué había dicho.
*
Era robusta, pero nunca tan grande
como la recuerdo. Tenía la piel rugosa
y amarga, tenía el cabello seco, las piernas
espesas, la espalda como una caída libre. No
sabría decir cuál era el color de sus ojos. Mi abuela
era una formación geológica, un puño de calcio
endurecido bajo el suelo de un país extranjero,
estaba repleta de pasadizos y pliegues, minas
y grutas, hierro y flebitis, huesos que pasaban la noche
murmurando entre sí. Mineral tallado por una tristeza
que no comprendía ni comprenderé. Por eso siempre
creí que hablaba el lenguaje de las piedras y
me preguntaba con insistencia por qué
no querría enseñármelo.
*
Solamente habitaba por completo esa hora del atardecer
en la cual se encienden todas las lámparas, pero no
se ve nada: cuando a la luz le da vergüenza. Iba de un
extremo a otro de la casa, arreglando todo a su paso,
precedida por el olor a detergente, como si fuera su cortejo,
murmurando Cara al sol con el tono indefenso y un poco
distante de las canciones para niños, el tono de los que no son
ni víctima ni victimario, de los que ya fueron
perdonados hace tiempo, porque nunca saben lo que
hacen. No reparaba en el peso furtivo de la tierra
que le llenaba la boca. Con esa canción me mandaba
a dormir, y yo cerraba los párpados, insomne, tieso,
mientras crujía la esclerosis de la tarde.
*
Nunca descubrí si ella también dormía
o si, en cambio, esperaba el amanecer
oyendo la tos lisa de los pájaros, rodeada
de sus muebles, cojines con faralao, figuras
de porcelana, todos tan viejos que ya no
se parecían a sí mismos. Una casa como
un espacio vacío en la memoria. Y en medio,
ella, quizás dormida, quizás no, con un amasijo
de raíces en el pecho, bajo las tetas caídas,
las manos nudosas tanteando en la oscuridad,
buscando el clavo del que cuelga
lo que soñamos cada noche.

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