CÉSAR EDUARDO CARRIÓN / POEMAS EN UNA JAULA FARADAY

david l. wade

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¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la
Biblia del Rey Jorge?

¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil
ciento treinta y siete palabras
hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan
con la resurrección?

Si es verdad, como dice el Evangelio de Juan, capítulo
diecisiete, versículo diecisiete,
que Dios y sólo dios autoriza y garantiza la verdad
del único Libro Sagrado,
¿por qué nos molestamos en leerlo tantas veces en
voz alta y repetirlo
cada Domingo, cada Sabbat y cada fecha cercana al
Ramadán?

Que se ocupe también de la llegada de la luz a las
fronteras infrarrojas,
que anule, sosegadamente, la mutación de la ceguera
en Efecto Doppler.
¿No sería mejor rezumar esas dudas en el silencio
de alguna jaculatoria,
antes que empaparlas con tres millones quinientas
sesenta y seis mil
cuatrocientas ochenta y nueve letras de pura especulación
religiosa,
un poco de esperanza y, sin duda, toneladas de autocomplacencia?

¿Para qué escribimos nuevamente la crónica de la
Noche Triste, si fue dichosa,
y si Hernán Cortés se quedó de todas maneras con
más de una Malintzin
y si hemos vuelto a incinerar las carabelas cada vez
que hallamos dudas?

Para qué, si no es para escribir un Canto General,
travestido, que nos nombre,
mejor que los legajos borroneados por las manos de
un cronista semi-analfabeta.

No te digo que no cantes, no silbes, no escupas tu
verdad, de todas formas lo harías,
porque nuestras convicciones determinan la certeza
y el error en igual medida.

Apenas te pido que pongas de nuevo tus labios en el
lugar donde los dejó mi último beso,
sobre tus dientes y maxilares calcinados, casi impertérritos,
que levemente me hablan.

¡Anda, Yorick, despierta! Como regresan las bellas
durmientes del encanto de la muerte,
sin necesidad de conjuros, con palabras que labren
el aire con incertidumbre y terror.

Recuerda que encargamos la preparación del vino de
las consagraciones a un sacerdote,
al más inepto de todo el colegio dedicado a proteger
las palabras del olvido y el silencio,
al idiota de la familia, que no sabe ni siquiera su propio
nombre y duda de sí mismo todo el tiempo,
y sin embargo inventa motes y apellidos insultantes
para todos sus amigos y parientes.

Les encargamos la propagación de nuestras sombras,
amado Yorick, a los poetas,
como si no fuera suficiente encargarles también el
peso muerto de sus propios cuerpos.

Algo tendremos que hacer, mi querido bufón, para
librarnos de la acidia y de su labia,
tan mala compañía como el cigarro encendido en la
boca del condenado a fusilamiento,
y así de redundantes y así de prepotentes y así de
inofensivos estos versos,
cada vez que nacen, cada vez que habitan, cada vez
que a alguien se le ocurre recitar:

¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en
la Biblia del Rey Jorge?

¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil
ciento treinta y siete palabras
hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan
con la resurrección?

Por supuesto, no lo sabes, porque entonces, no
habrías muerto y estarías provocando
explosiones de risa en este íntimo auditorio, donde
sólo se escuchan bostezos y,
muy de vez en cuando, alguno que otro gemido, alguno
que otro llanto…


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