MARINA TSVETÁIEVA / NO DEBE ATREVERSE A SER CRÍTICO

david levine

¡Señores, que haya justicia, y si no la hay, al menos algo de sensatez!
Para tener una opinión acerca de una cosa, hay que vivir en ella y amarla.
Tomemos el ejemplo más vulgar,13 es decir el más claro. Usted se compra un par de botas. ¿Qué sabe usted acerca de ellas?
Que le van bien — o no, que le gustan — o no. ¿Qué más? Que las ha comprado, supongamos, en la mejor de las tiendas. Conoce también su consideración hacia la tienda y hacia la marca. (La marca, en nuestro caso, es el nombre del autor). Y nada más. ¿Puede usted juzgar acerca de su resistencia? ¿De su duración? ¿De su calidad?
No. ¿Por qué? Porque usted no es ni zapatero ni curtidor.
Juzgar la calidad, la esencia de todo lo que no sea apariencia del objeto puede hacerlo únicamente quien vive y trabaja en ese campo. La actitud le pertenece a usted, la valoración — no.
Lo mismo, señores, exactamente lo mismo ocurre con el arte.
Ahí tienen uno de mis versos. A ustedes les puede gustar o no, les puede impresionar o no, (para ustedes) puede ser «bonito» o no serlo. Pero si es bueno o malo, como verso, sólo puede decirlo el experto, el amante de los versos… y el maestro. Al juzgar un mundo
en el que ustedes no viven, están cometiendo sencillamente un abuso de poder.
¿Por qué yo, un poeta, cuando hablo con un banquero o un político, no le doy consejos — ni siquiera post-factum — después de una bancarrota o una crisis política? Porque yo no conozco ni amo la banca ni la política. Al hablar con un banquero o con un político, en el mejor de los casos, le pregunto — «¿por qué en tal caso o en tal otro obró usted de ese modo?» Pregunto, es decir, deseo escuchar y, dentro de las posibilidades, asimilar una opinión sobre algo que no conozco. Al no tener una opinión y no atreverme a tenerla, quiero escuchar una opinión ajena — me instruyo.
¿Por qué, ustedes banqueros y políticos, a su vez, al hablar con el zapatero, no le dan ningún consejo? Porque el zapatero se reiría en su cara o para sus adentros: «No es asunto suyo, señor».
Y tendría razón.
¿Por qué ustedes, los mismos banqueros y políticos, cuando hablan conmigo, un poeta, me dan consejos: «Escriba de este modo» y: «no escriba de este modo» ¿Y por qué — ¡lo más asombroso de todo! — yo, un poeta, nunca ni una sola vez me he reído de ustedes en su cara, como hizo ese supuesto zapatero, ni les he dicho: «No es asunto suyo, señor?»
En este caso hay un matiz muy sutil. El zapatero, al reírse, no teme ofender — los asuntos del «señor» son mucho más elevados. Con su risa sólo señala la disparidad. Pero el poeta, al reírse inevitablemente ofende al banquero, para las gentes ordinarias, «un poeta» es mucho más que «un banquero». Nuestra risa, en este caso, no indica únicamente al otro su lugar, sino que le indica un lugar inferior. El «cielo» que señala la «tierra».

De ese modo piensa, así discierne el pequeñoburgués. Y de este modo, sin saberlo, nos priva de nuestra última defensa. No es nada humillante no entender de botas, pero es una verdadera humillación — no entender de poesía. Nuestra autodefensa se transforma en — la ofensa del otro. Y tendrá que correr mucha, mucha agua, habrá que acumular muchísimas ofensas, antes de que el poeta, venciendo su falso pudor, se decida a decirle
a la cara al abogado — al político — al banquero: «Tú no eres mi juez.»
No se trata de superioridad o de inferioridad, se trata únicamente de tu ignorancia en mi campo como de la mía en el tuyo.
Las mismas palabras las diría —ya las digo— a un pintor, a un escultor y a un músico. ¿Porque los considero inferiores? No. Y a ti tampoco te considero inferior. Las mismas palabras que te digo a ti, banquero, las diría al mismísimo Igor Stravinski, si no entendiera de poesía: «Tú no eres mi juez».
Porque — a cada uno lo suyo.
Todo lo dicho más arriba, pierde su sentido al instante cuando se atraviesa el umbral profesional. Así, más que a los críticos y a los poetas doy oídos a las palabras del difunto F. F. Kokoshkin (un hombre de estado) que, por lo menos, amaba y entendía la poesía tanto como yo. Y así, más que las palabras de los críticos y de los poetas aprecio las palabras de A. A. Podgaietski-Chabrov (un hombre de teatro).
Respeten y amen lo mío como si fuera suyo.
Entonces podrán ser mis jueces.

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