SOBRE "EL TERRENO INFINITO", DE JONATAN SANTOS. GERVASIO MONCHIETTI

 Agua y sonido


Reseña de “El terreno infinito”, de Jonatan Santos 
(Iván Rosado,2015)  

La cosmovisión oriental tiene una larga tradición en la poesía del Litoral. Desde los versos largos de Juan L. Ortiz, a los poemas breves de Beatriz Vallejo o la poética de influencia zen de Hugo Padeletti.
El Terreno Infinito, de Jonatan Santos, participa de esa cosmovisión desde un lugar diferente. Los poemas pivotean entre la contemplación del paisaje y una mirada actual, un tanto desencantada de ciertas formas de la tecnología. 
Puede ubicarse en una zona de cruce imaginario entre “Ruta de la inversión” de Daniel Durand y los haikus de Shiki. Está dividido en dos partes: El crasheo de la cascada y El terreno infinito, como un juego de interior- exterior donde el balance está mediado por algunos elementos constantes como el agua y el sonido.
Desde el primer  poema se nota el tono irónico y desenfadado del libro: “Así nunca vas a escuchar a los chinos de Shangai”. Jonatan logra hacer simpática la experiencia religiosa que supone a veces la poesía: “Te aconsejo apretar el pecho contra la tierra/ y con un poco de suerte/ vas a sentir el bum bum de tu corazón. / Nada más. /Considerate bendito”.
Si algo supone la cosmovisión oriental es un acercamiento a la naturaleza en un contacto menos mediado por la tecnología. En este sentido, el sonido remite a una forma de percepción originaria. Las analogías entre el paisaje interior de las casas y el exterior también es constante.
Hay un poema en particular que me interesa señalar y es “La antena”, donde el abuelo intenta comunicarse con un amigo chileno. Ese amigo es una existencia tan lejana y tan real que la serie de recursos que ensaya para lograr esa comunicación son como pasos de una pirueta que el poema recupera.
Podría ponerse en relación con “Las señoritas del teléfono”, un cuento magistral de Arnaldo Calveyra que transcurre en un pueblo donde sólo existe un aparato telefónico. El libro se compone de momentos así, que nos dejan titilando en las pequeñas fragilidades, en las pequeñas rendijas de comunicación con las cosas y con los otros.
El terreno infinito se compone  de agua y sonido. Pone la mirada en lo que fluye, en lo que viaja con y más allá de las palabras.  

Gervasio Monchietti







CON LA FRESCURA DEL CANTO PROPIO
Miraba en un documental
la vida del pájaro Menura,
un ave lira que puede imitar
con su canto
a todos los pájaros.
Apagué el televisor
y me cociné un arroz.
Al rato conté seis o siete gorriones
que se reunían en mi balcón
para manifestar que el ave de la televisión
podrá ser todos los pájaros a la vez,
pero nunca va a despuntar la alborada
con la frescura del canto propio.
Y yo estoy conmovido
con este grupo hondo de gorriones
saltarines de mi balcón.





LIVING TAOÍSTA
La llegada de mi perro al departamento
desencadenó un traslado progresivo de cosas
del living hacia la habitación.
Primero salvé la biblioteca,
seguí con la música
el sillón y todo
objeto al alcance del cachorro.
La habitación la usamos sólo para dormir.
Pasamos el resto del tiempo en el living
sin nada.
Espero que el perro madure.
A veces, con un poco de suerte
él se acomoda en un rincón y duerme.
En esos momentos de calma
yo miro el living pensando
que así despejado y sencillo como está
podría ser algo útil para los dos.
Trato de encontrar los beneficios
comparando la casa con una vasija
de barro taoísta,
donde la utilidad depende del vacío.





DESPRENDIMIENTOS
¿A qué velocidad cae un fruto del pino?
No es la misma, por ejemplo,
la velocidad que lleva un pétalo de Sakura,
cayendo a cinco centímetros por segundo.
Los orientales ven en estos cerezos
su historia, miran la caída de las flores
pensando en las elecciones
que separaron con lentitud
el camino de los seres humanos.
En nuestro terreno infinito
nos interesa más lo que hay
después de una separación.
Las piñas se desprenden del árbol
y no reflexionamos
hasta que el fruto toca el piso.
Pasamos a recolectarlos en una caja
y los almacenamos en lugares secos,
para encontrarles un uso en el futuro.





LA ANTENA
Me mandaban al techo de la casa para mover la antena,
no terminaban de pedirlo que estaba agarrado ya
de las varillas de hierro, trepando la torre.
Las antenas direccionales apuntan al otro
con quien se quiere hablar. Es una relación biunívoca.
Sigue la mecánica del juego fabricado
con vasos de plástico en los extremos,
unidos por un hilo de algodón que trasmite la voz.
La comunicación del abuelo con su amigo chileno
tenía que ser lo más pura que se pudiera.
Yo movía la antena, le avisaba al abuelo,
él decía algo al chileno por el micrófono,
la voz se convertía en onda de radio,
la onda viajaba, y el chileno respondía.
Si no se escuchaba bien teníamos que refinar
la dirección de la antena y volver a dar marcha al proceso.
Lo cierto es que nunca la movíamos tanto,
siempre estaba dirigida hacia el pino alto del terreno.
Porque era el árbol más fuerte que teníamos,
de unas raíces con el poder necesario para transmitir
más allá de la cordillera, llevando la voz del abuelo,
trayendo la del chileno, como hace el cielo
con las ondas electromagnéticas, según me dijeron,
y con los milagros. 


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