PASEANTE Y HUÉSPED. LILIANA PONCE

Un paseante es alguien que camina por placer y, a menudo, busca asilo en la multitud. Puede tratarse de un individuo que se traslada por la urbe y deambula sin rumbo fijo, atraído por los embelesos de lo fugaz: el flâneur de Charles Baudelaire. Acaso se entrega a la perdición, despojándose de mapas y guías. La figura que propone Liliana Ponce se acerca, estrictamente, a la del viajero. Turista y viajero –sabemos– son figuras antagónicas: el primero realiza un desplazamiento espacial con la certeza previa de lo conocido; el segundo se deja llevar por lo transitorio sin ninguna programación. Puede encarnar la imagen errática del vagabundeo en busca de algo que no se conoce del todo y proponer otra lógica del tiempo, distinta de la sucesión (“ya olvidé cómo dividir las horas”). En estos poemas, el yo poético hace un uso irreductible de la libertad al observar oblicuamente, sin dejarse atrapar del todo por el gusto y el saber unánimes. Hay un anhelo por cruzar un umbral. Dejarse llevar por los avatares revela una necesidad: aligerarse del saber taxativo con el objeto de ver el mundo con ojos nuevos. Sustraerse de las obligaciones, de los gestos nerviosos; percibir la heterogeneidad y el vértigo de las calles; explorar las superficies y las texturas de los paisajes son acontecimientos de la percepción que, secretamente, incomodan al aceitado mecanismo del sistema social pues alguien se dedica a mirar desde una perspectiva distinta.
El libro de Liliana Ponce propone, además, otro estado: la hospitalidad. Ezra Pound escribió: “Si has de venir por los vados del río Kiang,/ por favor, házmelo saber de antemano/ y yo saldré a recibirte” ¿Qué revelan estos versos? El deseo de alberg ar a los otros, el de ser rozado y abrazado por los demás. Un acto de voluntad, e incluso, un esfuerzo (una forma sencilla del afecto) están implícitos en los versos citados. Sin embargo, hay otro modo de la hospitalidad: habitar este mundo (el jardín de la casa, las mañanas tórridas, la siesta hipnótica), y ser partícipe de “otro mundo que empezó en este”. Una suerte de fluencia e invisible electricidad dota de significación a esa experiencia en la que un individuo absorbe aquello que lo rodea y asume “lo que queda” con el lenguaje de una extrema sensibilidad. Habitar el mundo y ser habitado por él, por sus seres, sus plantas y sus objetos no solo es constituirse en un huésped, sino también volverse hospitalario con lo que la naturaleza y la vida proveen. La hospitalidad, de esta manera, se convierte en una atención, en una espera, y hasta en una demora, mediante la plena “libertad del goce del presente”. Si se arroga a la poesía un carácter hospitalario, adviene como un lenguaje que hace lugar a los otros desde el hiato temporal, al inaugurar un tiempo discontinuo donde se expande la afectividad. El lenguaje, más que aprehender y dominar las cosas a través del léxico, en este caso, procura ser partícipe de la materialidad como un efecto poético y una pequeña felicidad.
Materia y poesía. Liliana Ponce articula un fraseo que reconoce los dones del lirismo sin ninguna estridencia confesional y sin tonos altos. Sus poemas agradecen la materia y reconocen la existencia como un bien; asumen el misterio de la vida, su íntimo secreto, en términos de bienestar e incertidumbre. La pequeña felicidad con la que una persona puede reconocer el mundo (los olores, los colores, los sonidos), en este libro se transfigura en undiscurso que nombra seres y objetos como si fueran algo íntimo y ajeno a la vez. Cercanía y extrañeza de las cosas producen confianza e inquietud, simultáneamente. El paseo, la hospitalidad: vertientes poéticas que promueven en la percepción del mundo formas inesperadas del amor.


 Carlos Battilana
(fragmento del prólogo)








3

Hace un día casi, en auto recorría otro paisaje.
Foránea en planicies de arenisca,
a lo largo de rutas infinitas.
Color de almendra el polvo,
se abre a las serpientes miméticas, sutiles,
que no pueden verse sin prestar atención a lo obvio.
(Es mi anhelo entrar en el corazón de México
–ya bebí sangre de chili,
y gota a gota el agave
entra en mi lengua, se sella en el aliento.)
En el nudo, mi entrada en el secreto:
cómo el cielo comerá al desierto,
lo disolverá en una sola sustancia
sin la convulsión de lo húmedo, lo árido.

La estación de la víbora espera en esta arena,
mi sol despojado, sol rayo
para un espacio esculpido a fuego.
La luz en anillos cae dorada en sus fauces
y me absorbe.




6

La ciudad se acerca.
Voy por la carretera como si durmiera
en un relámpago.
¿Cuánto hace que partí?
El ardor roe la sed, el hambre, el dolor.
Un suave polvo impregna tu vestido y el cabello
se ha vuelto gris –gris de liquen,
de piedra húmeda
(¿o es que acaso debo pensar en lo húmedo
para esconder la aridez, o desplazarla?)

Duermo en un relámpago
y sé que olvido la muerte
como si olvidara un sueño rápido,
el instante en el vértice de los signos.

Al final del viaje
habrá que tejer en el viento–
y sobre este desierto
todo lo dicho alguna vez se expande,
móvil, continuo.





I

Siesta
pedir al iris, a las pestañas húmedas,
cerrar la ventana nunca abierta,
la puerta nunca abierta,
cancelar el cerrojo
la fiebre marca el paso de enero –una esgrima–
y el golpe de lejanas varas, martillos,
bajo la luz que entra en olas de fuego,
sin equilibrio
de la mano y en el borde de la roca,
dormir en tramos de espacios
que vuelan al techo del cuarto
que equivale al puerto, al umbral
donde empezar a reconocer islas del después
que se escurre y desmenuza





II

Una vez dijiste…
Una vez dijiste: el tiempo es la medida de la línea
–cambio las palabras que brillan hasta quemarme
pero como murmuró la vidente,
ya estaba dicho el destino.
Fue hace tiempo, cuando echó las cartas
–anunciaban las monedas rotas
y la imagen oxidada por la sombra,
rezos incumplidos,
veneración al viento en la hora violeta.





III

Arranqué las flores…
Arranqué las flores, arranqué las ramas
–fue cuando éramos como niños
y llevábamos en brazos las hiedras.
Ahora la estampa dibujada
es el mapa en sepia.
Escuchá atentamente, querido,
escuchá al viento en las ventanas,
mirá el cielo, la Vía Láctea.
¿Qué haremos caminando sin rumbo
mientras la escalera se abre
y cae en la grieta del desierto?
¿Vendrás conmigo para sujetarme?
Ahora los dedos se escurren,
tiembla el aire y la sangre sabe

que la hora tiene su voz sincronizada.




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