DIEGO L. GARCÍA. LA INTEMPERIE PERPETUA O ACERCA DE HABITAR UN PAÍS ES LLENAR DE TIERRA UNA PISCINA, DE JORGE POSADA






zena holloway



Hay en la poesía contemporánea en español una línea de autores que en los últimos años han sabido proponer proyectos singulares, sostenidos en el tiempo a través de varios trabajos, sin caer en las emboscadas de las modas, el mercado y las academias. Entre esos autores se encuentra Jorge Posada (México, 1980). Con la reciente publicación en España de su poesía reunida (2012-2016), de la mano de Ediciones Liliputienses, tenemos la posibilidad de desandar ese camino y pensar cuáles son los puntos que hacen de esta poética una de las más interesantes que se están produciendo hoy en día.
El primer libro, Adiós a Croacia, propone un testigo de aquellos desplazados que enfrentan un exilio de tierra y lengua. Ese testigo es la encarnación de la incomunicación consecuente, el extrañamiento del entorno y a la vez una mediación que torna ridícula y banal la acción de los otros: “las casas se transforman en naves espaciales”, “desde hace horas no cesa el ruido de las armas // en la radio / las estaciones que logramos sintonizar / dan jazz de los treinta”. Es interesante notar cómo este libro da cuenta de los estragos que la guerra deja a nivel lingüístico, es decir, cómo cercena los vínculos posibles entre los sujetos y el mundo: la incomprensión al punto de la locura, el olvido de la identidad, la incapacidad de reconstrucción (“el joven carece de manos // a cualquier pregunta responde // sí / sopa tibia / sí”). Todo esto se manifiesta como un choque de códigos, la ciudad de posguerra dice en una lengua deshumanizada: “antes de llegar a la ciudad / existe un puente con la inscripción // g + u + x + 0 / hah3”, y el poema cierra con un verbo que resume la proyección bélica en ese estado de posterioridad inestable: “al cruzarlo te enfrentas a un descampado rojo”. Lo inestable no permite ser habitado. La poesía da cuenta de esa intemperie perpetua a la que se enfrenta el sujeto a partir de una manera de enfocar y de configurar los límites de una voz cuyo dolor corre subterráneamente en lo callado (es decir, en un diálogo consigo misma).
A partir de Costa sin mar, el segundo libro, un tono más intimista, autobiográfico (quizá como consecuencia de esa voz que no puede encontrarse en la diferencia), compone a un sujeto-trabajador que poco a poco se revela como carnada para desarticular las trampas del aburguesamiento del decir. No se trata sólo de una crítica a las conductas de cierta clase media latinoamericana que ha comprado carísima la idea del éxito social, sino también de una posición ante la poesía. En el último poema del libro queda explícito: “declaro que todo poema es una bomba / una maquinaria / un acto terrorista”. Lo que parecía ser narración de un sketch (“el jefe me llama a su oficina // pregunta sobre mi comportamiento / faltas y retardos / no contesto”) pasa a ser leído como una trampa (tomo la continuación del mismo poema para clarificar): “desafortunadamente no soy atractivo como mr. anderson / y ningún morfeo tiene mi número de celular // regreso a mi escritorio / espero la hora de salida / el año en que por fin me retire”. Los personajes “mr. anderson” y “morfeo” corresponden a la película Matrix (1999), distopía en la que las máquinas esclavizan a los humanos, como una analogía con la situación del oficinista (que espera el retiro, ¿de la “realidad” acaso y su lenguaje preconfigurado?). La película aparece como una bomba en el poema, como una clave para alterar la victoria del jefe, es decir, de la lengua del jefe, la lengua hostil. Llamar, preguntar, contestar son los actos comunicativos del poder que el sujeto demuele al incrustar dos versos impertinentes. La misma oficina es destruida nuevamente en el libro siguiente, La belleza son los aeropuertos vacíos: “el aire de la oficina es naranja / el mismo color que miran / los potros antes del sacrificio”. Naranja infernal, capitalismo matadero. Estamos ante una poética que aspira a la destrucción del lenguaje opresivo y que ante las transacciones de la comunicación se vuelve boicot.
Ese autobiografismo se torna más decadente desde Vallas de publicidad en adelante: “a padre lo despiden / lo acusan de corrupción // la deuda de la casa crece hasta el embargo”, “oculto en el armario / los primos hablan de mí / como de un conejo muerto”. Y esa decadencia no es sólo personal (si es que algo puede serlo en la escritura) sino común del entorno: “pienso en los seis millones sin empleo / de esta ciudad // trago dos píldoras // no logro imaginar el rostro de esas personas / el espacio que ocupa una lista con sus nombres”. Los poemas de esta serie están listos para estallar. Hay una conferencia del filósofo irlandés John Holloway en la que se refiere a la poesía como acto que confronta la lógica capitalista y su funcional simetría (violencia contra violencia es lo esperable, pero no arte contra violencia), allí dice: “La asimetría es la clave del pensamiento y la práctica revolucionarios. (…) La asimetría es central porque estamos luchando no contra un grupo de personas sino contra una forma de hacer las cosas, una forma de organizar el mundo”[1]. Es contra esa forma de organizar el mundo que Posada combate: “es divertido cambiar los precios en el súper / dejar un perico en los estantes”.
Aquí es momento de regresar a esa idea de la diferencia, esa otra forma de asimetría, en relación a la intimidad de la pérdida. Si el sujeto no puede pactar con aquello que habla otra lengua y que, al mismo tiempo, oprime a la suya, tampoco puede evitar que sus relaciones devengan en un duelo interminable, “este duelo de lustros no cesa” lamenta el sujeto en Desglace. No estamos entrando en territorios de culpas o moralismos sino tratando de pensar qué hace al lenguaje del duelo (sostenido a lo largo de todos los poemarios) una forma poética. El sujeto de los poemas no puede abandonar su soledad, así como tampoco puede dejar de ser abandonado por el mundo (“mi padre soy yo / ¿pero quién es yo?”, léase en conexión con: “hace diez años abandoné la casa de mi hijo / cualquier casa / cualquier hijo”). Quizá podamos complementar la idea con uno de los epígrafes, tomado de la poeta estadounidense Adrienne Rich, que Posada ha elegido para el libro Vallas de publicidad: “Un idioma es un mapa de nuestros fracasos”.

Si “habitar un país es llenar de tierra una piscina” (verso que titula esta obra, extraído de Adiós a Croacia), la escritura de esa habitación debe escarbar hasta dar con la humedad primigenia, nadar sobre el suelo donde todos caminan, desconfiar de la solidez de las banderas y las identidades. Que la poesía de Jorge Posada emprenda esa tarea resulta un alivio para el pensamiento de esta época indiferente de dónde pone los pies.




[1] “Poesía, dignidad y revolución”, en Ricardo Martínez Martínez (comp.), Los Movimientos sociales del Siglo XXI, Fundación editorial El Perro y la Rana, Caracas, 2008, pp. 304-313.
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