DIEGO DE ÁVILA. PALAHNIUK.



PALAHNIUK.





Palahniuk vive en un extraño condado de los Estados Unidos en el cual llueve constantemente, situación que le asegura una escasa vida social y el mayor tiempo dedicado al trabajo y la familia, unas pocas amistades, seguramente parejas, con quienes reunirse para cenar, y comentarios extensos sobre el clima.
Pero cuando vivía en una conocida capital, Palahniuk no se dormía antes de las seis de la mañana; se mantenía despierto con la ayuda de tragos, barullo de bares y fiestas improvisadas sobre el amanecer (fiestas temáticas en las que los participantes se disfrazaban de las nubes o del sol, y las mujeres se hacían pasar por pajarillos). Al levantarse, se ponía a escribir mientras tomaba café y las brumas del ensueño dibujaban figuras quebradas, lobos aullantes con dolor de cabeza, señoritas en el bosque que vomitaban encima de su asesino. Por accidente, encontró un estilo. Se imitó a sí mismo hasta que dominó la versión y podía ser que se encontrara maravillosamente bien pero que asociara sus emociones con una serpiente sigilosa que cambiaba de colores frenéticamente.
No le llevó mucho tiempo conocer una mujer que deseara especialmente, y le costó todavía menos tiempo empezar a quererla. En una de las primeras aventuras, sobre la cama de su propia casa, Palahniuk miraba a su chica con pecas veloces en los ojos, las sentía moverse como si fuesen las piezas de un juego oriental, y ella suspiraba contra la almohada y dejaba un rastro de saliva caliente sobre el pelo del escritor; desparramado sobre su vientre (un pelo largo, de juventud), se le adhería a la piel.
Tenés un montón de libros, ¿cuántos de esos escribiste vos? De esos, ninguno, contestó Palahniuk, los que escribí yo están guardados en aquella computadora. Oh, le dijo, la chica con la que estabas el otro día me leyó un poema que escribiste para ella; supongo que se acostaba contigo. No me da celos, era un poema hermoso. Quizás me hubiese dado celos si resultaba que era un poema malo, pero era tan bonito que estoy segura que te olvidaste de ella casi de inmediato. Palahniuk sonrió y dijo que podía ser que fuera como ella decía. Ella le dijo que escribía muy bien y Palahniuk pensó que se trataba de una metáfora.
La chica lo contempló; se lo veía aliviado. La lenta respiración del hombre en paz, en la habitación sobreoxigenada, el cuerpo pegajoso, y los lunares dentro de sus ojos finalmente en reposo: el juego había terminado.

Siempre le fue bien a Palahniuk. ¿Por qué no iría a irle siempre bien? Las cosas también salen así.
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