JULIÁN HERBERT. DENIZ ENTRE NOSOTROS





Leí por vez primera a Gerardo Deniz poco antes de cumplir 18 años. Fue un hallazgo casual, anticlimático: me lo topé en El Correo del Libro, uno de esos estanquillos ochenteros financiados por la SEP que parecían nave espacial tripulada por marcianos leninistas. Lo que me atrajo no fue el nombre del autor sino el título de la obra; Mansalva, una palabra que me ha gustado desde niño. Al principio supuse que sería una novela, quizá porque en aquella época estaba convencido de que “mansalva” significaba crueldad (mi referente era el corrido norteño “Pistoleros famosos”: “lo mataron a mansalva / los rinchesque son cobardes”). Me sorprendió y me dio flojera notar que se trataba de un volumen de versos, pero de todos modos lo compré. En parte por la extraordinaria mirada de villano de película del Santo que Deniz luce en la foto.
Supongo que esa fortuita decisión juvenil afectó para siempre mi percepción de lo que llamamos “tradición poética nacional”: cada vez que alguien se pone melodramático y clama por el rescate del grave y hondo decir de nuestras letras me dan ganas de arrojarle (junto a pasajes de Reyes, Tablada, López Velarde, Leduc, Novo o Lizalde) Erdera entero a la cabeza.
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En México, cuando se habla de neobarroco, la charla suele desplazarse al sur del continente. Aparece la referencia al argentino Néstor Perlongher (cuya obra comenzó a publicarse en 1980),  a los Lamborghini o Marosa Di Giorgio. Y si acaso se acude a lo nacional es para citar el ya clásico Incurable (1987) de David Huerta. O la obra de poetas más jóvenes. Sin embargo el primer libro de Deniz, Adrede, apareció en 1970. Opino que muchos de sus poemas y los de Gatuperio(1978) son afines al neobarroco. Vista como proceso compositivo, esta estética se origina en Cuba y en nuestro país. No en Sudamérica.
En México, cuando se habla de dicción lírica tradicional, suele acudirse a Bonifaz Nuño o Alí Chumacero. Pero Deniz es también un poeta estricto, un extraordinario hacedor de melodías –lo que puede apreciarse en textos como “De ruina”, “Conseil (Inquilinos, 2)” o  en los epigramas de Semifusas (2004). El más excéntrico de nuestros poetas es asimismo un escritor de sólido bagaje tradicionalista.
En México, cuando los críticos reparten en dos mitades el imperio verbal de los poetas (humoristas y solemnes; cultistas y coloquiales) Gerardo Deniz se vuelve un homeless: su virulencia conversacional resulta hermética bajo cartabones tan deleznables, su inteligencia y erudición pasan por chiste cruel cuando en realidad son instrumentos de un humanismo descarnado. Si hay un escritor que muestre lo frágiles que son las preconcepciones literarias de la crítica nacional, ese es Gerardo Deniz. Es leído como un hito solitario, como un monstruo de peculiar belleza, pero no siempre se reconoce que la suya es una de las obras poéticas más importantes e influyentes producidas en el siglo XX por la lengua española. Hace poco, en Barcelona, Andreu Jaume me habló entusiasmado de “unos poemas que leí en Rosa cúbica de un poeta al que los mexicanos no mencionan nunca; se llama Gerardo Deniz”. En otra ocasión, un escritor argentino me preguntó con mucho tacto: “pero ustedes… ¿alguna vez lo leen, al Gerardo  Deniz?”.
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¿Cómo funciona la mente de un poeta?… No me atrevería a especular a ese respecto. Puedo no obstante ofrecer una anécdota que ilustra el modo en que tradición, sinsentido e inteligencia logran conjugarse en el humilde lenguaje de la conversación para producir efectos literarios complejos. Una concepción metalingüística que linda por un lado con el zen y por otro con Marcel Duchamp.
David Huerta me contó un día que, según su amigo Juan Almela, “El desdichado” de Gérard de Nerval era, merced a su título, la más antigua pieza dadaísta: elle, des dit, chat d’eau (“ella, dados dice, gato de agua”). La deslectura consiste en que, en el original francés, Nerval tituló su soneto en castellano (porque alude a su vez a un personaje de Ivanhoe, la novela romántica inglesa ambientada en la Edad Media; un personaje cuya heráldica aparece grabada en nuestro idioma). Almela hace una versión fonética del título y la traduce al francés –puesto que en francés fue escrito el poema.
Tomando en cuenta todos los matices (dijera Adorno: las “versiones culturales del mito”) que van de la Edad Media al romanticismo al dadaísmo, de la traducción a la re-traducción al intertexto y de Sir Walter Scott pasando por Nerval hasta llegar al poeta que me ocupa, esto a mi juicio resulta mucho más que un chiste. No es la creación lo que intento resaltar: es el punto de vista. Gerardo Deniz lee hasta descarnar los objetos verbales, hasta revelarlos no como estructura inamovible sino como una materia estética incierta que es modificada por quien la contempla. Iconoclasia con una vuelta de tuerca: no se intenta destruir los referentes sino las zonas de significado que han sucumbido a la esclerosis. Esto puede constatarse en la espléndida antología poética de Alfonso Reyes que el autor preparó hace pocos años para la Universidad Autónoma de Nuevo León; o en su artículo “Curiosidades persianas”, un texto que merecería estar en cualquier antología de la crítica literaria escrita en nuestra lengua.
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En un artículo publicado en el número uno de Mandorla (1992), Guy Davenport hace elogio de Louis Zukofsky, a quien describe como uno de los poetas más intelectuales de la lengua inglesa. Davenport señala, asimismo: “Nuestro mayor poeta viviente es por lo general un hombre tan desconocido para el profesorado como para el conjunto de reseñistas y los sordos custodios de los laureles”. Ambas descripciones me parecen pertinentes para hablar de mi poeta.
            La experiencia literaria de Deniz privilegia el componente intelectual, sí. Pero me apuro a rescatar este vocablo de la bota en el cuello a la que suele sometérsele en México: “intelectual” no significa, en modo alguno, “cultista” (y mucho menos en el sentido clasista que se da a esta expresión), grave o solemne: intelectual es afrontar el mundo desde la profunda y nada oscura desnudez de la mente. Deniz lo afirma sin mesura en un poema de Cuatronarices: “Todo esto será jocoso, / será infumable, / pero no lo fabrico / –me nace, lo siento mucho. (…) / Qué diccionarios ni qué ocho cuartos”.
Desde esa perspectiva, pocas cosas existen más intelectuales que el humor. Y el humor es constante en la poesía de Erdera. Sin embargo no estamos ante un poeta “chistoso”: su obra tiende más bien a lo satírico, lo que implica una actitud moral de profundo compromiso con los seres humanos. Es este corpus un monumento de escepticismo, un ejemplar decurso estoico que empezó cuestionando a la “Cultura” (“Que ellos sigan la opereta de la toga y el birrete, la venera / y la muceta, el congreso y los vïáticos. Lo han ganado; / lo desean. Qué ocasión.”) y que en algunos de sus pasajes más recientes linda con un pathos fársico al describir en carne propia el arruinamiento visceral (“Esferositosis”, “La primavera en el fondo del colon”). Deniz es un poeta intelectual en la medida en que la mente humana se asemeja más al bazo que a un estante de libros empolvados.
            Afirmo por último, y perdóneseme la desmesura, que Gerardo Deniz es nuestro “mayor poeta viviente”. La vastedad de su obra y la amplitud de sus recursos poseen vetas a las que les falta mucho para ser agotadas desde un enfoque exegético. El rango de su lenguaje puede desmantelar el más árido concepto posmoderno sin renunciar a la música. Su escritura es exigente con el lector pero nunca egoísta, desalmada o innecesariamente hermética. Su tacto puede percibirse en los mejores poetas jóvenes de México: Juan Carlos Bautista, José Eugenio Sánchez (con quien no comparte la entonación pero sí la socarronería lingüística y la mirada escéptica), Samuel Noyola, Luis Felipe Fabre, Pedro Guzmán, Eduardo Padilla y algún poema reciente de María Rivera, por mencionar a pocos.
            Gerardo Deniz está entre nosotros más vivo que nunca. A la falta de elogios y reconocimientos públicos opone simplemente su obra: poemas que obligan a leer el canon nacional expulsando de él toda idea preconcebida, toda autocomplacencia. Veinte años después de mi primera lectura, ya sé lo que Mansalva significa: “sin ningún peligro, sobre seguro” (DRAE). Es hacia un lugar así que Gerardo Deniz ha llevado la tradición poética de lengua española en México.
Aunque esto les resulte incómodo a los profesores de literatura.                            
Diciembre de 2007

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