REYNALDO JIMÉNEZ. MAURIZIO MEDO: CONTRA EL LUGAR FIJO

august bradley

 

Sin poder descifrar ese lenguaje con el oído mesozoico
pagando sólo los arbitrios de la inestabilidad social
 
 
Contra la idea fija, el dogma y el preformateo, inequívocos en una u otra sintaxis reglamentaria, prédica o perorata y por detrás alguna de aquellas libertades obligatorias cualesquiera; contra la autocomplacencia de los senderos trillados y las neoposes y demás atributos consagratorios del Poeta —cuya mayúscula pasa aquí por un rallador semiótico, sin eje en un logos de psicosocio— los Dilemas médicos se van constituhuyendo de retrucos connotativos —con que el crítico semántico poéticamente co-opera— ante lo cual no deja de convergir lo descascarado por Fernand Deligny, en uno de tantos asombrosos recodos de Lo arácnido: “El mínimo hallazgo que puede suceder que hagamos a propósito de lo que escapa al signo, a lo nombrable, al símbolo, provoca una avalancha de significaciones (…)”.
La interferencia —la institución— es observada en sus plenos y dilectos efectos de lenguaje. Al interior de esta antología personal de Maurizio Medo, con una década clavada a vibrar —navaja doble filo hacia la mesa lupa— la explicita y exhibe temáticamente, a manera de crudo trofeo dialéctico para un tacto que afecte los reflejos, mientras la reacción reflexivo-dialectal que lo obsede —lo inspira— traspasa raspando las irregularidades de un continuo cuya elasticidad acontece por concomitancia y sucede en aras y halos y anillares de metonimia. Es decir: se mete con la nimia, minada mirada, la gota que rebalsa el sentido supuestamente contenido, la marca de agua. Notación entonces que incorpora esos efectos de embrujamiento colectivo que la inevitable proporciona al obligar, y explora el molde nocional que redunda en institución. Ante la serialidad, la repitencia introyectada, parece querer hacer crujir la partitura mental. Y lo consigue. Lo que se deje escuchar, en todo caso, será inquietante, será un acecho.
Estrategia del observador superviviente ante la trama apretada de tan estrecha y obligatoriamente estructurante, a fuerza de mil camisas de interferencia en reemplazo del cuero, naturalizando al archisistema regulador del sensorio así como imponiendosele límite cultura-adentro al cognoscente, costurón cual no se halla sino exactamente en el lenguaje, tan conector, él, cuan regulador. Como cuando se espetaría, desde cualquier opresivo —por posesivo— sentimiento de actualidad de entre el montón ignoto: “Ahora las reglas son distintas”. Ejemplo éste no al azar de zona ciega, respecto al inmenso descarte y menosprecio de incontables y no menos reales espaciotemporalidades, ajenas a un Ahora u otro, cuya regla matricial —oh lengua materna— ni sea tocada ni tan siquiera percatada.
Por su lado, el translector semántico, pues se urge poeta, desmadra las palabras hacia latencias, renovales reverberantes ergo cada vez más indemostrables e incapturables, debido a esa cosa pringosa de los acuerdos uniformales y consiguientes “pactos de lectura” de la retícula inventarial que sostiene y acapara un a todas luces padecido imperio del sentido. El quid es el autoritario adentro. Asunto de lenguaje. El inscribir inspirado cuenta con las herramientas más inmateriales para tocar, al fin —tal altera la letra y se las trae— la materia, la materia en cuestión.
La cotidiana reconstrucción de la minúscula, que remite al eterno amateur, equivale a abrir un paréntesis, hiancia que es ampliación, no de la afanosa conciencia sino de la indomeñable concavidad. Y el translector no nace, nunca deja de nacer, no se hace de una vez para siempre, se hace estroma maestro de lo que trama al amar apalabrando. Ejerce, ejecuta una crítica práctica —crisis muta praxis— al interior del formateo semántico cuyo predicamento camaleónico adocena la mentalidad. Crítica que hace extensiva desde luego a ese hábito comportamental destinado a la producción de artefactos poéticos, con los cuales además ocupar alguna que otra clase de espacios, sostén de corta meta, mera cuestión de género (literario). En vez, la translectura aúna con esa urgencia —insisto— deseosa de unas palabras otras, aun si queman, como ocurre en el presente libro de dilemas contradilemáticos, de otra medicina, de imprevista desmesura en su mismísima medida, y que no queden ya sujetas del lenguaje, de la lengua materna, del antro aborigen, del estro primordial, del acto innominable, del nombre imagen, de la imagen nómina, del relevo, del doble, del fantasma, del espectro familiar, de la familia nacional, de la diversa esclavitud y en especial la servidumbre voluntaria anidando todo ello en los estratos que afectan la inscripción, a la cual costumbre obliga a tener que decir y sostener algo-que-decir y mantenerse en forma tal de estar en condiciones de decirlo. Y no. No le va. La célere voz poética podría topar la fervorosa consistencia en tal factor informalescente, asemejante y difícil hasta la imprudencia, con que el ahora extrapoeta labora y elabora, destila la afectación puntual de lo estilizado por toda suerte de conductismo asociativo o disociado, y no dice, ya no, sino que muta. En un medio cultural en que la mentira promedia, se trata de tomar las palabras para entonar, tratar al interior la palabra y destrabarle los significados-consigna, aunque en nada aligere la sobreviolencia del impuesto sentido. Muy al contrario.
Sin embargo el burlador se planta, piantao con raíces aéreas a la vez que muñido de todos los arrastres del étimo, enfrente de cualquier ilusión posesiva del significado verosímil del sentido así como del sentido asimilado a un consignado signo y a toda una voluntad masiva de significar. Por eso lo escuchamos masticar medio lento medio furtivo las palabras elegidas como a las advenidas, sopesadas para que en la transmisión poética irradien desde la mejor colocación posible en una diversidad de velocidades asociativas. De las palabras emociona, moviliza todavía su roce con la insignificancia. Hacia ella arrimando, el desmontaje lírico prefijado con que Medo, entre un montón de palabras separadas, se hurta sin ya obligarse a cumplir con un formato, les degusta, no sin incomodidad, el estro ambiguo, entre médula y caracú.
Las palabras son exiguas, bastante moscas/ Algo más efímeras que el compás de una solfa/ Si me afano y mido cuánto dicen de lo que/ en realidad pudo haber transcurrido/ Son una finta que amaga al recordar el color/ de un lugar adonde no estuve (…). En otra encrucijada del mismo desvío: —Tal vez —le digo a Beto— ya nos llegó la hora/ de acordar una tregua al negociar con el tiempo/ las palabras reveladas en la física del poema// —Aunque cada una responda a factores cibernéticos/ en los cuales la letra obra al margen de sí misma/ y del concepto autoral. La cosa corpórea anche desfasada del lenguaje vibra y vira en contexto, explicita a su aire la abominada demarcación manipuladora: (…) en el Perú las palabras se persiguen, e incompatibles/ ante cierta noción del futuro parecen replegarse/ fuera de su alcance cada vez más hacia atrás, muy atrás,/ donde la brisa del presente parece salir de los sepulcros.
Transterrar hace al reguero de la inscripción, como en abolición de la fatalidad histórica, en cuanto a no identificarse ya con las retenciones simbólicas en el presigno fijador del símbolo, en el signo fetiche del sentido, en el hechizo semántico que preformatea y promueve mundo, captado por el poder en cualquier anudamiento de su farsesca farándula, sus comparsas de rigor: el escriba escuchante se permite o más bien se impele, como quien salda un ajuste, a una meditación en la resonancia, en el retorno que propicia la escucha a la par que tonalmente la desmenuza. Se puede reverberar por tanto al sopesar de cuánto ecoico arremolinar dándose a escucha, inherente a la experiencia poética, mientras se redescubre insumiso al patrón lenguajero de la materna lengua, en la anexacta medida en que se entrega con desmesura la voz escrita a una especie subliminal de risa —la comedia semántica no suele ser lo que se dice simpática— como quien masticase mera escarcha semántica: Y tu eco es mi palabra/ en las palabras de Frost.
No es cuestión de citar el libro íntegro, aunque ganas no falten al respecto, dada su drástica nitidez en torno al uso —por supuesto incorrecto— de las palabras para que no vuelvan a quedar encajadas en la palabra. Pero retorna otra estrofa que exige, amén del arañazo coincidente, recordación anticipada: (…) para dejar un rastro/ debe cruzar las pampas de ciertas frases hechas/ (y los ribazos de esas mismas frases) sin palabras/ definitivas, de un lugar a otro, hasta desaparecer/ (como la araña luego de que ha tejido la tela). El burlesco semántico dispone sus materiales para que el claroscuro los trabaje, gama huyente de matices. La polidimensión, diamante de destrozo calidoscópico, se atisba en diagonales prosódicas que le sacuden la perspectiva —y la prospectiva— a cada oración prosiguiente, a través de su puesta en fraseo. Dilemas médicos, involucrado su autor, como casi todos nos, en los vericuetos de la más estricta contemporaneidad, bien podría ser en simultáneo la crítica anexacta de aquella sintaxis que instala mundo, el desplegado pragma de un arte poética en su cualidad elástica, su achispamiento reflexivo. Las palabras se sacan el lastre significador y la pompa circunstancial del asignado sentido que les pesa consagratoriamente, y terminan sacándose chispas entre sí. Laten.
El cuestionamiento abarcativo, como el irónico ajuste (de cuentas) o la interferencia extraída del triple fondo de rajados espejos de lenguaje, con recursos absorbidos por caso en el malentendido y/o en el sobreentendido, poniendo así sobre el tapete el cuestionable encadenamiento de falsos interlocutores, embisten mancomunados desde la inscripción médica contra la cómoda instalación dogmática del propio oficio escriviviente (Haroldo dixit) reducido a afanosa noción de exigencia comunicativa. Encara el prejuicio nodal del habitué en el supuesto de representatividad, en tanto fronteriza marca cultural que imponga condiciones de transparencia. Ello una vez desmantelado —debido nomás a la fuerza de arrastre de los hechos— el rol secular del oficiante, su mayúscula relaxa: Como x ej. volver al poema aun cuando el lenguaje/ haya sucumbido con el gesto autista/ de un viejo escriba egipcio. A lo que pareciera aducir, por su lado, el antementado Deligny: “(…) he visto a menudo modificarse muy sensiblemente el trazar-pintar de un niño —autista—, hasta entonces dominado por un reiterar aparentemente inmutable, por el simple hecho de que el instrumento para ese ‘hacer’ había sido cambiado. Si se trata de comunicar, he allí el mensaje trastocado simplemente porque la mano ha encontrado a su alcance otro material u otros instrumentos. (…) Al vivir cerca de niños autistas, de los cuales podría pensarse que están en el colmo de la alienación, y quizás así sea, se me hace manifiesto que hay dos libertades: la del sujeto, y es la única de la que se habla, y esto por una buena razón, la de que esa libertad puede ser hablada, por ende legislada. Queda la otra, la otra libertad, que me parece en efecto que incumbe a la ‘memoria específica’.”
Una vez abandonada la pretensión de un ente descifrador en función de intérprete simultáneo de la realidad, “ésta” no hace más que vibrar al interior de las palabras con la fibrilación de cada hilacha afectiva entre otras: las palabras pueden ya no encastrar sin más el lenguaje-molde, el discurso-estado, el verbo-estructura. Las palabras, pues y con esto no decimos nada nuevo contra el lenguaje. Versus pero también en contraposición o a contrapelo de ese “fondo” o depósito simbólico nuncajamás neutral. (Lacan, citado por Deligny: “La función simbólica constituye un universo al interior del cual todo lo que es humano debe ordenarse. (…) Si la función simbólica funciona, estamos al interior, tan al interior que no podemos salir.”) Contra el compacto aglutinante del sistema significador al uso, reciclador del hábito neuronal que interfiere la misma capacidad de leer/escuchar a través de la retícula sígnico-simbólica, adosándola, mediante un mero accionar de inventario, según se fomenta, a toda suerte de actividades verbales, de forma más o menos prestigiadora, en determinados estamentos al menos, en torno a la figura reverenciada del cuidador del fuego, modernamente alicaída en ilusionista más o menos sentimental y autoexpresivo manejador de la palabra. Figura protocolar a imagen y semejanza del genio de la lengua sensocrática cuyo depósito cubicular de opresora certeza el translector médico, jugador cuya apuesta es al claroscuro, a la oscilación y a lo curváceo, no abonará más con el diezmo funcional de su creencia.
En los presentes dilemas médicos, la única alusión al andarivel curativo se refina por anexacta. Escúchese lo que desdice: El paramédico cual presunto portador de la porcina. Pues aduce, y desde luego nada aclara: Si el niño se situara —en la escritura— creería a la poesía un burdo juego. Así es como la escritura se observa burda pero juega y en consecuencia ensaya, en atención quizá de la marca de agua, del múltiple rastro aborigen el mestizo múltiple deja de servir a una fatalidad, vuelve electivo y proliferante su delta de influjos, y en esto el roce micropolítico de un a-situacionismo que atiende lo diamantino de los fragmentos del estallido, se imanten o noque es asimismo el gen disolvente de las identidades consignadas, legislantes. Ergo ensaya: Como del sentido real de lo que es: un problema/ originado por el límite establecido desde/ el concepto liberal de pertenencia// La escritura no// Fundamentalmente por la fuerza centrífuga/ de al menos de la mitad de poemas escritos/ cuyo propósito inicial fue “estar más cerca” (…).
Mientras el sentido estalle y eclosione su propio consistir, continuarán metábasis, lexemas flirteando con la muerte. Como si hubiera distancia. Como si fuese posible ese pajareo. Hay una esperanza que no es grandilocuente porque no encastra lenguaje, más bien se halla fuera de sí (y de aquél) como esa puerta-valva sacada de quicio por la que pasan, por su casa de intemperie, las potencias del insomnio, un equilibrio interminablemente inseguro al filo de la lava en que tarde o temprano (siempre temprano siempre tarde) habrá de caer hacia arriba el funambulesco contrarritual que agita desde dentro a las palabras. ¿El sentido no sería esa pepita floja del sonajero asociativo? ¿Ese tornillo suelto? ¿Ese giroscópico matiz que enreda la paravoz acudiendo a las palabras sacudiéndolas? ¿Polvo de la fijeza de la idea bruta y ya jugada del sentido?
Obreras y mineras íntimas del obrar de la precisa oración que las desencadena, una vez soltado el ritual o perdido, qué más abandonadas las fiebres de palabra a un deseo más exiguo y exigente, pero de vasto alcance que el propio translector obviamente desconoce, como un stalker arroja la próxima piedra para desespejar y reanimar el serpenteo, devuelven sensacionismo cognoscente, pasión que descerebra a quien las oye dimanar manteniendo ingente compostura pues nunca se olvidan de ritmar aun si adrede eluden la melodía: desertan de la alternancia entre clásico y barroco, posan la letra entrebailada en junglas de juglaría lo cual no impide las rimas semánticas que de pronto, sin advertirlo, rozan la coincidencia en un acento, a salto de mata, algo así como la entonación que no acentúa en el sentido del versar, verbo anacrónico, si los hay, para el infraexpuesto fautor de la presente medicina dilemática. La curación en potencia permanece flotando: todavía y siempre, tamo a la vera del abismo.
Tanta dilemática de irónico oficio remite por cierto a una tendencia que no habrá de dudar ante la curación del cuerpo sacrificial, cuerpo del que aprende a leer —el conector de voces, el editor de fragmentos, el montajista de pasajes, el traductor de inconciliables coinciden veteando el arte de los intentos por pulverizar los espejos de lenguaje— aparte de que atiende invirtiendo los confesionarios de las estilizaciones conversacionales que marcaran en su era el canon o la moral de costumbres de las poéticas latinoamericanas y cuyo precipitado estrato desde luego pervive las cuestiones drásticas, nunca universales, de la temporalidad y el cuerpo singular en situación transitiva, la mortalidad per se que afina en trance y balanceo el instrumento de la transmisión. Trans-mito del entrelector, que de pronto toma las palabras (del cogote, de la cola, de las veinte patas). El ex-poeta no está de vuelta de ningún castigo secular, ningún atavismo prestigiante que literaturice a la vez que literalice. Se desprende de la letra opaca para situarse en ese borde del que raramente se vuelve. Ni aun pasado de vueltas. De eso de lo que no se vuelve, no se puede estar, en efecto, de vuelta. La ironía proviene de la certeza o escalofrío vertebral en semejante “viaje de ida”. (No es otra “idea”.)
No es por superación exponencial ni ajuste positivista según el cual habría, por ejemplo, progresos en el arte poética, sino una reflexión encarnada, una que no enuncia o si lo hace es alterando en algún punto la macroalternancia de significados, acerca del acto, tan insondable para la empiria del pragma como para la posesividad maníaca del capital, sin abandonar empero la poeisis (o esta manía en activo de inscribir los raros signos viejos sobre una puerta vaivén fuera de quicio). El tipo que parla habitará en alguna parte del poema, pero el poema complica las consistencias, aparece para plantear otros problemas, rebaraja e interviene los consuetudinarios planos del Proyecto, empezando por la propia entidad del enunciante, sujeto a rayos catódicos y tráficos de letra legitimadora de toda laya e influencia. El poema es realizado con astucia y ternura de sobreviviente del sistema de la mentalidad, de la familia regular y las tribales, del achatamiento discursivo ad eternum de las consignas con fijador, de los linajes supuestamente morales del buen escribir y del pensar correcto, de los límites a la experiencia sensible frontera dentro.
Quizá este obrar de tal suerte curativo no pueda disociarse de la guerra médica que conlleva en su actitud inclusiva, sobre todo del defecto, del tic, del accidente, del desvío, guerra al interior de las coherencias: su hágase el poema desde la segunda (o terza) atención. Y es curiosa su risa con cicatriz, no risilla, no meramente humoral, sino en aras de ese humorismo alter y alien en que poeta no se nace, se hace hasta desnacer, sin garantías de oficio necesaria, exactamente voluntario. Se hace poeta el translector semiótico porque ya-no-se-hace-el-poeta, o porque justo se hace, como quería Néstor Sánchez, cómico de la lengua. El más viejo de los jóvenes poetas será asimismo el más joven de los viejos: su región de desplazamiento atópico pero fecundante es la entrelínea, que rechaza una cierta belleza estacionada en las líneas de producción de la lírica modal, pero a su vez no renuncia a un entonar en cuanto contrabando molecular de potencias en plena cortina de humo o telón de hierro, topándolo en la forma de las normalidades más y más adoctrinadas.
Si Medo renuncia a la metáfora no desecha sin embargo la pulverizada estela de unos climas metafóricos, en cuanto apela a los anudamientos inter-andariveles de la analogía romántica (del romanticismo alemán en adelante, se entiende, aunque también la digesta sentimental y revulsiva de incontables canciones populares en diversas lenguas y tradiciones, en las que superviven latencias afines a lo poético en tanto transmisión que desborda su lenguaje). La punkeidad inherente a la poética médica no es así una postura para entronizar neoestereotipias sino cualidad vincular con el ambiente: no la típica precariedad reactiva a salvo de la contradicción en el cliché del pop contestatario o desligado, sino una ampliación anarcolírica sin yo completo ni a completar, ergo sin absoluto que refleje “los prejuicios de la mente” (según decía aquella canción de El Polen). Yo y tú (no ustedes ni nosotros) en trance de desplazamiento, a punto de estiramientos tupacamaros —la comedia proveyendo líneas de fuga sólo habiendo probado la tragedia— alentado, según se ha dicho, un mestizaje sin meta y sin fin, más acá del medio tono o la falsa discreción del buen gusto, aunque también exento, hay que decirlo, del gesto demagógico que implicaría ese otro conformismo, tan común, del cliché transgresivo a la carta.
Y por eso el cierto desamparo. La abertura implícita, explicitada. Tal abisal retorno de la escucha. Donde se sigue aprendiendo a desescribir, venir contra el lenguaje, es decir contra la obligatoriedad imperial del cohesivo sentido. Al translector se le ve la hilacha, su desnudez es la de las palabras vueltas a tomar. Sin instalar nueva fe, destroza junto al juguete conceptual la ilusión de cualquier compacto doctrinal, la percatación en intemperie emerge poemática y da un vistazo transversal: nos observa escucharlo, nos escucha observarlo. Pero mientras el parapoema desenmascara al lenguaje en la figura —retórica— de sus eventuales absolutos, no instala a cambio otra ponderabilidad o una serie de claves a desentrañar, puntilla detectivesca que hiciera seguir remozados gramos de certeza hasta redundar un sucedáneo, un reconocible, un mundo. Expuesto queda el guiñapo nocional arropado de palabras que ni consuelan ni desconsuelan, ni descansan del sentido ni del sinsentido. Apenas el roce intersticial de las figuras que la marea mental arroja a la margen no menos deleznable de una comicidad ultérrima, socavadora del sujeto en ejercicio, que nos deja pataleando en rol de razonables cascarudos sobre la cuesta de arena.
La mentalidad sólo poéticamente se desmorona dejando surgir algo en nada parecido a un canto de redención, con la apertura de dientes y la boca encendida por un ritmo realzado por indicios fragmentarios, irregularidades perfectas, todo lo cual no es un enunciado del poema sino, insisto, su intrínseca praxis. Maurizio Medo roza la desnudez en la línea de fuerza. Desnudez no transparente. O la transparencia sería recién rasgada la vestidura u ornato de la doctrina perceptual. Asunto delicado, por demás, el de una nebulosa interioridad, fuera de lugar. Fuera de topos y de logos. Así nos involucra esta comédica: con la irreductible inmanencia de las palabras.

 

Anuncios