REYNALDO JIMÉNEZ ¿LA FUNCIÓN DEBE CONTINUAR LA FUNCIÓN?




bruna valenca



1.
Después de aquella fluida lectura de poemas y traducciones en la Librería Inestable, en la calle Porta de Miraflores, la noche de su inauguración, sostenida prácticamente por la delicada atención de quienes habían acercado su escucha, a cierta altura de la hora, las “necesarias preguntas del público”, esa voz tan presente, palabras más palabras menos: “Mientras aquí discurrimos sobre cuestiones de escritura poética, allá afuera, pasando esta puerta, sigue intacta la dura calle, la gente común con sus problemas, preocupada nomás en sobrevivir. En este contexto y en concreto, ¿qué aporta el poeta a la transformación superadora de tal realidad? En otras palabras: ¿cuál sería —para ti— su función social?”.
Primero cómo no notar, aun detrás de las más honestas intenciones —fuera de la paranoia naturalmente autorreconocida del interpelado a pasar por el escrutinio a fin de cuentas censor, en una punta de la estrella o en la otra, de lo que Néstor Sánchez llamara “los Lukács”— que los propios términos en que se formula cualquier pregunta, ya se sabe, sobre todo si “de fondo” —y más si universalizante en su tendencia a englobar demasiado bajo definición— predisponen a esta o aquella delimitación semántica. Se establece un campo de juego en el que la posible respuesta, a menos de efectuar la cansadora boutade de patear el tablero, habrá de vérselas con el estrecho nudoso de algunas lupas semióticas y/o antenas de tribus y/o legalidades no siempre de antemano explicitadas y sobre las que —cómo no seguir hablando en paranoia— se aprende a los tumbos, como quien ex profeso certifica.
Bien se podría haber especulado con hurtarle el cuerpo a la complicación implicada en un tipo de pregunta cuyo ajuste semántico por unidimensional se torna arisco de aceptar; salir del paso, digamos, con las frases aplomadas de rigor, aprendidas en el Cineteatro Real en aquella bastante más que tierna infancia barrial y aventurera e intentar con seriedad de adultos representantes representando responder, si no a la altura de las circunstancias, con algún margen de aceptación por el repentino tribunal fantasmático que sería la activación de un espejo perfecto en la impenetrabilidad afectiva que asiste a la enunciación de una pregunta dirigida a puntuar, de un solo vistazo, la estocada en el momento del descuido, cuando se había esparcido, parecía, la gracia de la confianza, sin necesidad de andarnos explicando —a estas alturas— la izquierda o la derecha, el arriba y el abajo. Lo que sigo sin poder compartir ahí es esa inamovilidad que sitúa la realidad antes de los singulares, noción tan asentada, tan segura y dueña de sí, que no deja de dejarme pendejo, perplejo en esa maquinación tan anticipatoria de los reflejos. Ese ajedrez de los desplazamientos de casillero en casillero, bloque a bloque, sin consideración del pulposo entre, la fisura conectiva misma.
¡Inexplicable! ¡Gargantanudo!
En bolas, como siempre. Ya sabía que la ropa mental era ornamental y sin embargo giraba en la vuelta de la revuelta a la vuelta de calesitas de terror, en la memoria latinoamarga del carnal que no se explica, mucho menos si entre colegas en el viaje, en los momentos del intercambio de tesoros de confianza.
A diferencia de similares situaciones anteriores —no por nada sus respectivas marcas: ¡y apenas ya está marcado por las vidas alguno que otro ya se cree capaz de aprender alguna cosa! ¡y a lo mejor hasta la termina aprendiendo! ¡y quién podría negarse a aprender de aquella libertad (y no otra) que se inventa!— me pareció oportuno recalar en el momento, mantener la senda de las múltiples funciones de la poesía: interpersonales, comunales, familiares, situacionistas, musicales, eróticas, mágicas, etc., de modo de enfocar las asociaciones infinitas que se pueden producir al seno de la denominada, un tanto fríamente, sociedad.
Y a la vez insinuar que lo social no se encuentra homogéneamente regulado por la socialidad, sus usos y costumbres (preguntas generales incluidas), porque en definitiva ignoramos qué es la deseante singularidad que constituye la experiencia particular e intransferible de cada uno de los formantes de esa trama colectiva que luego no podremos reducir, sino a riesgo de necedad —la cual siempre es grave en acarreos consecuentes—, a una masa indiferenciada como en la coherencia demostrativamente superior del estratega verbal, neoautoritario y acaso vocacional integrante de una variopinta brain police. Aquella que asume la voz de la sensatez enmarcadora en clave de consenso perceptual, de la ética unívoca en la perspectiva semántica más-que-evidente.
No eran “esas funciones” a las que se refería la pregunta. Tu respuesta nos deja insatisfechos y nos vemos en la obligación de decírtelo. Y además nos aburre y resulta muy sospechoso tu poeta sin consigna.
Se esperaría quizá una respuesta para el futuro, como para ir puliendo el epitafio. ¿Pero quién es capaz de asumir sin reparos la voz colectiva sino el intrigante, el agente siempre doble, el poseedor del discurso? ¿Habrá vida más allá del arengado narcisismo de los Nosotros, de cada uno de esos Nosotros con que nos regula precisamente la socialidad: ajustan la regularidad, ponen en funciones las partes fragmentales de un supuesto todo —más engranaje que organismo, más organismo que nebulosa?
¿Habrá —aparte— un umbral que precise nociones de frontera vistas desde la habitación platónica que tiene pálpitos de un mundo verdadero allá, afuera, como si en esa ilusión del reducto no se jugase asimismo el rol del origen del mundo, entonces ya captado y bajo control, en plena pulverización de los nosotros en Nosotros —en última instancia tan disperso cuan horizontal el asunto, tan inequívoco cuan equívoco?
¿Pero tener una función no culmina acaso en algún ser funcional? ¿Rimbaud fue funcional a qué sociedad? ¿Pero la revolución no era también un asunto personal? ¿De la permanente hablaban? ¿O de cuál? ¿A cuántas revoluciones por minuto esa música de calesita?
Yo iba por el barrio y no sabía de qué clase yo era, ni tenía un país, ni una frontera. Comía las perdices del camino y un buen día me asaltaron los bandidos: eran niños los más, yo casi lo era, pero había perdido el encanto, iba por el barrio y no sabía. Me asaltaron esas dudas con navajas, y unos perros remordientes me siguieron, durante años, siendo siglos, con sigilo y sin sibila, yo silbaba bajito, hasta endurecerse alguna cosa que sangraba, y no sabía, y comía las piedritas del camino. Y un buen día cruzando las antiguas veredas me dejaron las acosadoras del sexo de los sexos junto a las violaciones de los asociados, y los socios de los asesinos. Y dejando de ser chico no fui grande todo el tiempo u homogéneamente, o mejor dicho me achicaba, de puro susto, o me agrandaba, según el flujo o el influjo. Hijo en suma de lo que en un siglo poco serio y definitivamente pasado no recamaba todavía con el eufemismo “familia disfuncional”.
¿Eh?
Volví a la Librería y quizás en mí. Aparentemente había seguido conversando sin advertírmelo y la circunstancia nunca había perdido su alegría y hasta dulzura en las presencias de ese pequeño y estimable auditorio, compañeros del viaje en ese enclave preciso. Y viene al caso: no dejo de sentir que cada agrupación de personas en este tipo de eventos formaliza una posibilidad de sociedades tan fugaces como estrellas en el múltiple encuentro, en y entre las vidas. Sin embargo queda claro que no he dejado, por una parte, de intentar una respuesta a esa pregunta sin disminuirla, a la vez que no asumiendo el presupuesto ahí de una realidad colectiva aparte —o por encima, lo que sería aun peor— de las realidades incontables del singular.
Cualquier redondeo semántico ad hoc reportándose ante la prestidigitación de prestigiado uso a la recurrencia de determinados formulismos demagógicos —con equivalente roce universalizante— quizá hubiese podido conformar (nunca mucho) a quienes necesitarían definir y fijar si el sujeto intelectual interrogado en cuestión se ubica a la derecha o a la izquierda del rango macropolítico legitimado o su pixelado pantallazo, señora, señor.
2.
En trasfondo a la intención de ubicuidad de estas capturas semántico-simbólicas, es dable atisbar —hasta qué punto la socialidad en acecho “no se explicaría” la paranoia— cierto fastidio suscitado por el cuerpo inseguramente extraño del eventual autor, si no la multivocidad de las irradiaciones en particular de su poética, la cual físicamente estaría generando las evoluciones del vero rechazo. Situación que llevaría a justificar, si se quiere, el descarte inmediato de la antedicha en tránsito de ese tal autor, observado ante la lupa causal de las evaluaciones con que la propia socialidad se abre paso, precisamente entre las zarzas pinchudas de nuestros más introyectados prejuicios.
Hay preguntas que se las traen, y en el arrastre retuercen, junto con las propias narices, las razones reactivas ante la incongruencia manifiesta presente, por ejemplo, en la declarada inutilidad de la poesía, factor que el pragma de la mentalidad no admite, a veces aun a través de sus más mordaces inteligencias. Quizá convenga al respecto un flashback del manifiesto “Por un arte revolucionario independiente” que firmaron Trotsky, Breton y Rivera, redactado sin embargo al alimón por los dos primeros y publicado en México en 1938:
“El escritor –decía Marx– debe naturalmente ganar dinero para poder vivir y escribir, pero en ningún caso debe vivir para ganar dinero… El escritor no considera en manera alguna sus trabajos como un medio. Son fines en sí; son tan escasamente medios en sí para él y para los demás, que en caso necesario sacrifica su propia existencia a la existencia de aquéllos… La primera condición de la libertad de la prensa estriba en que no es un oficio.” Nunca será más oportuno blandir esta declaración contra quienes pretenden someter la actividad intelectual a fines exteriores a ella misma y, despreciando todas las determinaciones históricas que le son propias, regir, en función de presuntas razones de Estado, los temas del arte. La libre elección de esos temas y la ausencia absoluta de restricción en lo que respecta a su campo de exploración constituyen para el artista un bien que tiene derecho a reivindicar como inalienable. En materia de creación artística, importa esencialmente que la imaginación escape a toda coacción, que no permita con ningún pretexto que se le impongan sendas. A quienes nos inciten a consentir, ya sea para hoy, ya sea para mañana, que el arte se someta a una disciplina que consideramos incompatible radicalmente con sus medios, les oponemos una negativa sin apelación y nuestra voluntad deliberada de mantener la fórmula: toda libertad en el arte.[1]
No es menos cierto que a casi cualquiera de nosotros —en la medida de nuestros respectivos obrares con materiales específicos según experiencias intransferibles de lenguaje— preferiría ser apreciado en sus particularidades, de singular a singular, justo al revés del procedimiento argumentativo de las declaraciones supuestamente universalizantes, como aquellas que incluyen nociones terminantes como función social. (Algo así como la insolencia tácita en la descarada preocupación por la inserción del niño en las leyes no escritas que demarcan comportamientos y conductas según las preexistencialidades de rigor en que se afirma, osmótica, la socialidad.)
El soma sabe, al instante de la formulación inquisitiva con su aguzada intención, de lo no menos doloroso que es sentirse descartado de plano por una inteligencia esclarecida capaz de sacar la fotografía aislable de la opinión circunstancial. Descarte debido, encima, a esta indecisa rasposidad de respuesta. Incapacidad —mejor— de no saber refrendar, al descreer en ellas, las animosidades invertidas en el abonado tópico que suele hacer del “poeta auténtico, comprometido pero marginal”, y más en contextos urbanitas americanos, una especie remanida de crístico contracturado por una contracultura cuya reiteración de gestos y cuya propensión a las consignas —el cliché otra vez— lo asimilan, y en más de un sentido, al pasado de vueltas, mismo que se podrá observar en su despacho o vitrina con los apuntalamientos interpretantes de facto al pie.
El imaginario anticlimático, eternamente dilemático —sin dejar compartir ciertos furores— resulta, a fin de insistencias unidimensionales, moralista, pues ubica al poeta por detrás de ponderados clichés de asedio e inserción —el transgresor cumple en efecto rol social, funcional por contraste que igual afirma al status quo y sus consecuentes estados— dejando cada vez menos margen para aquellas “revoluciones alegres” propuestas por D.H. Lawrence. Siendo para la irregular sensibilidad, de hecho, siempre difícil encajar en la predeterminación de unos parámetros, un rasero comportamental y, sobre todo, una velocidad dialógica que se muestre competente y a las alturas del merecimiento de los juicios de valor de los mejor-pensantes.
Dentro del cariz ya embrutecido por la exigencia opinológica de responder al aguijoneo inagotable de la macropolítica —uno de cuyos dispositivos suele ser la pregunta que ya conoce de antemano el admitido rango de su respuesta, pregunta que no quiere enterarse sino ver confirmados estos o aquellos fundamentos morales (la pregunta por la ética, en vez del ejercicio directo, a cuyo proceder retórico se le siente en sordina la justificación a tanta impávida sordera)— casi que no importaría lo precario específico de un obrar, en el mejor de los casos una poética, sino esa capacidad —adaptativa más acá de los enunciados macropolíticamente correctos— de sostener formulaciones que redondeen ante los requerimientos —desgracia unidimensional— de la transformación generalizante, la cual se sobreentiende macropolíticamente obligatoria. Cabe distinguir, quizá descifrar la carga de ese dispositivo bajo presión del prejuicio: el sobreentendido.
La irrupción genérica de las intenciones revolucionarias reciclándose entre las variables estrictas de un menú de frases hechas, aposentamiento de lo conocido achatador de cualquier posibilidad de acción situacionista, por no decir lisa y llanamente espontánea, sin la mediación separatista del dicursear, deviene nódulo para todos los fetichismos e importancias del Gran Debate enunciándose en un delimitado campichuelo en el que justo se estaría dando, como en nuestra querida librería, un desmarcado ritual. Ello señala, y es por esto que interesa la anécdota, el drástico contraste entre los discurseos con las grandes palabras de la macropolítica y el situacionismo cada vez menos discursivo —por más que haya muchas y no consensuadas palabras involucradas— de valor micropolítico, esto es sin remisión a las preexistencias universales del humanismo en vigor.
Distinguir la sobrecarga dogmática a que apela tanto sobreentendido presumiendo quizá de encarrilar las poéticas ¿se aprende? precisamente en ejercicio franco de la poética, que disuelve los devaneos en una oblicuidad de procedimientos que en trasfondo dejan de ser funcionales a un sistema mental asociativo, al distraernos de la preocupación enunciativa de las declamaciones de la buena voluntad transformadora. Sin pensamiento a corregir, donde y cuando se nada en fértil ignorancia, se ignora el siguiente movimiento que habrá de darse. Al danzar sin marcaciones coreográficas, las estrategias discursivas y sus espejeos ceden, al instante, como si nada, a una escucha distinta, no encajada, frágil.
Esto, que excede todo rubro y oficio, no justifica la propia perplejidad. En el campo minado de las inteligencias más macropolitizadas, surge, medio rebelde, ese balbuceo por descreimiento en los propios términos del envoltorio nocional en juego, que incapacitan para dar respuesta satisfactoria.
Como si hubiera un público tribunalicio con miradas de lupa que aumentan cada gesto del conferenciante tartamudo y hasta esquizo, bicho ante la lente del porvenir, evaluando la colocación histórica de cada opinión hablada, como en los debates habituales de la televisión —en la radio es aun peor: no puede haber silencios, hay que ajustarse a toda una mecánica conversacional— para la cual se dispone de todo un menú coetáneo de fórmulas para responder con la exacta pericia de un paracaídas invisible, cual traje de cualquier emperador o emperatriz que se precie revestida con la fuerza de convicción que brindan, en reciclaje constante, las consignas, si no los meros consignismos, que reducen y encarrilan, respondiendo en efecto ante las innumerables aduanas del afamado Sentido Común.
Pero hasta aquí —con suerte— la paranoia o el piante del viandante. Luego, deshilvanando filos, la posibilidad, quién sabe, de que una poética, a fin de cuentos y fiscalizaciones de detección de la incorrección siempre condenable —excusa para no seguir leyendo, insistamos— se desprenda, pueda desprenderse de la —de última— calificable persona de su fautor. (Palabra ésta aprehendida en Mariátegui; con acepción rotativa de cómplice, instigador, asistente, colaborador; por concurrencia oblicua, conector de voces y verbalescencias, ensamblador de comportamientos verbales, articulador frente al misterio de la encarnación, inmanencia apenas se percata.)
Quizá por eso, sin eludir la zancadilla de implícita moral revolucionaria, sentí en aquel momento que la sola existencia de nuestra flamante, fraterna librería era, en su justa medida, un acontecimiento favorable a irrigaciones micropolíticas, siendo, a la vez, una simple tienda de libros. De manera que la puerta puntual ya estaba abierta a aquellos singulares que no conforman nunca una masa.
La suma de los lectores sigue sin constituir un público. Y por eso el margen hasta sensual de una inestabilidad involucrante, necesaria: inaugurar una librería-de-lector para lectores, en la tradición irradiante de los discretos ámbitos imantados por la circulación multidireccional de innumerables contenidos impresos —situación mutante de por sí— y por falaz o rebuscado que parezca mencionar la existencia de librerías que sigan planteándose, más que asociarse a la fatua falacia “libro=élite” o al déjà vu de incontables separatismos y jerarquizaciones en aras de una transformación a futuro, las posibilidades renovadamente inauditas de la asociación que vuelve creadora toda experiencia de lector. En el lector del que hablamos la transmutación es instantánea, afecta inmanentemente.
Pues la página es abierta. Y en esto se parece a la puerta, que de tan concreta se le aprecia la polisemia alegórica y tórnase símbolo, también, como en el poema la aparición de cualquier elemento en la destilería verbal, de suerte que simbólicamente es que rehúye, justo, las capturas habituadoras de un capital simbólico cualquiera. Y si es triste que, ya no el refinamiento lector sino el mero acceso a la lectura —proceso que sucede a la convivencia con los libros u otros soportes de los diversos modos del pensar: la poesía uno de ellos— haya merecido los ensartes condenatorios del “privilegio social”, la escucha del lector —falta todavía apreciar a ese lector de los signos vivos en cualquier circunstancia— sería de por sí, en la desolación ambiente de la idea que nos circunda, un hecho poético.
O, para rasgarlo ahora con móviles del apalabramiento y ampliar todavía más la pregunta del desafío, para no quedar, de paso, en el gancho rampante de la imagen siempre moralizable del fautor, conforme a los factores de encaje legitimador entre sus opiniones y los disponibles rangos de justicia intelectiva, reenvío: siendo que el lector es anterior al que escribe, ¿habría una función social del lector?
También de este lado de la puerta del local de Porta nos encontraba, aun si nos disgustase, la elemental realidad con sus durezas e incomprensiones, la que aun incongruente sigue corriendo —y a qué velocidades— ante el íntimo espejo, más privado que cualquier propiedad. Adonde se pudiera llegar a estar realmente a solas, se tomaría distancia de —en palabras de Xul Solar— “el continuo ejercicio en monodiálogos y bidiscursos”. No es perogrullada acotar que el más difícil desafío sigue siendo aquel conocerse a sí mismo, que suele ser de un modo u otro —incluso al destrozar toda posible solemnidad en los espejismos del espejo— aquello en lo que insiste ese curioso hambriento de sus lecturas.
Algo de puerta tiene la página. Será por efecto del vaivén.
3.



Si aquella noche intenté respetuosamente responder, no menos cierto es que retiré cualquier atisbo de énfasis que pudiese fungir de combustible para el interminable, monótono debate secular en torno a la sociopolitización del artista en el sentido de una acción artística transformadora de la sociedad, sea lo que sea que esto venga a significar, a pesar de las varias décadas de acrecentamiento de la moción micropolítica.
Respondí, ni tan sonámbulo, con la vívida sensación de no estar logrando atravesar los filtros atencionales, automáticamente erizados en la sala al solo chasquido de la conciencia macrosocial del poeta, aparte de su específico para con la lengua. ¿Pero cómo llegar a la horizontal de una conversación de sobremesa cuando el fetiche totemizado del cliché instalado panópticamente en el medio ipso facto nos congela en meros discursantes, tal el maniquí del maniqueo?
Y ¿sin función sería sin sujeto responsable de su acto-palabra?
¿Y cómo perder por fin la seriedad, la defensa retórica o justificación de sucesivas “virginidades”?
Recuerdo más que balbucear respecto a que la pregunta del a fin de cuentas funcional dilema podría aplicarse, aparte de al poeta, a cualquier trabajador o ciudadano, mientras sujeto de la macrocultura y sus pulposos dispositivos de socialidad, más allá de las actividades que desempeñe, e incluso más allá de su propio deseo. Y que existen poemas como innumerable el acontecimiento, que se da de forma natural en cualquier instancia posible de la vida. Precisamente en nuestras irreductibles microvidas y en ningún otro lugar (fuera de contexto, restaría el desciframiento arqueológico de lenguas poéticas nonatas y en situación límbica).
Ahora se me ocurre que una función posible, tomada con las pinzas del caso, sin aferramiento, debe de tener que ver, es evidente, con la demolición del cliché: en “la poesía” como en “la vida”.
Sin embargo, la pregunta que dio inicio a toda esta perorata, no habrá conseguido calmar el clamor o la urgencia de responderla en otra velocidad y a otro tiempo que el fugaz y algo hipnótico de las oralidades “en público”, con las capacidades de salir a la pista o al paso de cada circunstante, según la oportunidad. Inquietud le ha inyectado, y me fuerza, beneficiosamente, supongo, a continuar sopesando el asunto, porque no se fije, precisamente para no fijarlo con las mil técnicas de aserción disponibles.
 Decir “la calle”, además de tender la duda, innecesaria, acerca de que algunos puedan “tenerla” y otros quizá no, no deja de aludir —aquella noche igual a ésta— a la manipulación por parte de ciertos realismos que vienen apenachando un supuesto “sujeto urbano descentrado”: analizable figurín para uso de proyecciones supuestamente fijadoras por dispositivo de generalización y repetición consignista, cosa que se palpa de fraseo, dándose el “poeta” en tanto ese semiótico sin escuela en que ha debido convertirse, para no dejar de devenir. Para no cejar en balbucear. O en el peor de los casos, perorar.
Cómo dejar de atender en la entrelínea lo que ninguna pregunta deja de responderse a sí misma. Cómo desactivar el cortísimo circuito de la coordenada que se ensimisma al punto de no concebir la fuga, la entrelínea. ¿Poesía entre los bloques contundentes de la compactación, poesía del antimatiz, de los esmeros por organizar sintácticamente la transformación de las sociedades, poesía del menú, del guión utópico?
Reciente avatar del antropocéntrico de casi siempre, en desmedro de experiencias menos capturables por vía de la descripción, el protagonista post-burgués del filodrama modelno, no necesariamente fijadas a la obsesiva pasión narcisista del humano civil, tanto en su inmodesto progresismo cuanto en su función no menos socializada —en el sentido del mentado encaje, que hace al encastre conciliador en suma de los términos— y hasta con algarabía festejada de transgresor, plantado de talones en los cotos estrictos del forzoso socio del Club Social.
Y de ahí seguiría ligar, quizá, ese prejuicio que impone la socialidad obligatoria a efectos siempre de integrar al individuo, bajo la dictadura de mayorías renovadamente imprecisables e indecisas según el uso de los movimentadores de masas, a la manera del Big Broder secular, pero a la mano (no menos obligatoria) con su exigencia de rendición de cuentas, al eventual artista o autor de algunas cosas en el concierto inabarcable, y en el preciso sentido en que parecía fijarse aquella pregunta, ni del montón ni del momento. Si necesaria su intención, equívoca en su planteo: es necesario no dejar de pensar nuestra situación en el mundo, lo cual compromete una plena experiencia de lector.
Quien continúa leyendo, de todos modos se mueve entre los mundos, sin fijarse en la circunstancial muralla divisoria, posiblemente erigida de manera tal que, se esté de este lado o del otro, es del lado de adentro del laberinto.
Como todo si se sabe, el laberinto es puro contenido que ignora la persistencia de diversos mundos que no caben en él, que efectivamente lo desbordan. Y la supuesta interioridad del poeta, denigrado por la mentalidad del pragma al papel demodé del alma bella, en épocas de devastación de las florestas imaginarias y de las vastas intimidades de los singulares en el implante del rasero del conflicto infinito y —otra vez— forzoso, secuestrador. Pues el poema equivale a un acto de fe incapaz de calzar en la horma sintáctica y semántica de las creencias.
Pero ¿no habría que abrir asimismo la pregunta: qué queremos decir cuando decimos “el poeta”, “la sociedad”, en tanto bloques entitarios aparentemente separados, acaso por una razón de ser como si fuera una razón de Estado o el mandato de alguna variable soterrada de la Diosa Razón, gran guillotinadora en los primordios de la mentalidad más acuciante y mortífera que daría fundación a la industriosa comprensión del cosmos en cuanto maquinaria de nuestras máquinas así como de nuestras maquinaciones, amén? ¿Acaso no es hacia la entera socialidad adonde debiera redirigirse la presunta pregunta de la cuestión medular detrás o mejor bien al centro del tópico: cuál es la función poética de la socialidad que rige nuestras actualizadas sociedades claramente disfuncionales?
No hay pregunta, ya, o todavía, por la función poética. Es una pregunta que formulo sin significarla gráficamente en lo asertivo equívoco del signo de pregunta. Sin embargo se me pregunta, como si se agolpara de pronto en un pálpito mixto, lleno de mezclas, algo típico de la emoción cuando insurge y somáticamente manifiesta, en la tremenda manifestación de los signos que invocamos, mientras juegan, diosecillos, con nuestras cabezas. Que en cualquier momento, infiero, podría ser uno, o cualquiera, el verdugo ejecutor, quien, además de cubrirse el rostro, o la cabeza, con antifaz borrándose la faz de la tierra de la cara, se sabe, después de tanto, que se habría llegado, para naturalizarse hasta lo celular, neuronalmente, al tiempo de los asesinos.
Separemos la necesariedad de lesa urgencia a la obligatoriedad, insisto, de índole semántico-moral, ergo sintáctico-estratégica (cómo no tocar extrapolando lo introyectado autoritario, hasta lo protocolar de las denotaciones mejor connotadas en el imperio del sentido, a la que condena cualquier esbozo de respuesta a una predeterminación ni ahí de experiencial, como si el perímetro de la celda-prejuicio determinase “realmente” y acaso con la circunspección residual del “intelectual comprometido”, como si fuese vara de mensura ese cliché de cuando ni aún habíamos nacido. Aullemos: tal parece que sí habría vida, incluso entre planos no estrictamente congruentes del afecto, o sea en desnivel irresoluto, allende el encuadramiento societario de intercambios y pactos y de las siempre fatales últimas palabras a la pesca de sus indiscutibles preguntas.)
Acaso ¿y no poéticamente? los términos función y social puedan seguir siendo utilizados sin sentir la arenilla propia de los osarios entre los dientes de Neandertal o la espina no menos funcional a la altura del garguero, y este ínfimo aunque hondo chirrido asentado en la sesera a manera de hendidura, motivada por tanto empecinamiento en la pretensión al forzamiento de los términos en la amurallada conciencia de nuestro figurar intelectual promedio?
Sabiendo además de lo permitido y aun institucionalmente estimulado de la figura circulante como en dúplices caras solunares de una moneda, ¿cómo no re-cuestionar, ahora y entonces, con o sin palabras, ni ahí de exactas, desdibujadamente si es preciso, el supuesto forzoso implicado en la noción de función aplicada a nuestros obrares dizque estéticos, curativos, exploratorios, sobre todo si en ello se implica una constante entrada en materia, esto es, una conversación con la matérica de un lenguaje, sus articulaciones, sus atravesamientos?
La entonación poética desmonta la tan promocionada maquinaria prenocional depositada como inversión binaria en el banco de las significancias —la creencia, la cabeza de dragón que arrastra al resto a ciegas y como en contrabando de migrantes a través de los pasadizos purgatoriales de un control consistente en la retención en la redundancia entre el capital simbólico y el signo huidizo, porque viviente— corriéndose de la discusión (Ni orden/ Ni desorden, al decir de Luchito Hernández) en los términos de un delimitado y preformateado debate, para lucimiento a lo sumo de astucias verborales, en torno a la nunca abolida superstición del Poder Central (con el experto en economía como eminencia dómine y fakir principal en la hechicería de universalizados equilibrios-límites) hacia inciertas áreas de experiencia, en que ya ningún tipo de poder cuenta, sólo la desnudez en que anhela devenir todo escucha.
Muy tardíamente llegamos en un parpadeo a rozar, si no en micropolítica, saliendo del género literario, en poesía, y esto en razón arcaica —transversal— de múltiples “usos y costumbres”. El que no sólo haya poéticas de redención sino muchas y tan diversas que van desde acunar al bebé hasta acompañar al difunto en su enhebrado de los mundos, desde la celebración de la cosecha hasta la invocación a la lluvia, desde el desafío a los dioses adversos hasta el pedido de sanación.
Además, Albert Béguin en su apartado “Vías lácteas y meteoros” de El alma romántica y el sueño,[2] dedicado a Heirinch von Kleist, alegó algo que viene a tono y es que
el poeta se halla en el momento de la creación en un estado de “segunda mirada” en que los fantasmas de los abismos interiores son los únicos que salen a la superficie visible del lenguaje. Pero, por inclinado que esté a las teorías, y aun a la pedantería, Kleist nunca da muestras de atribuir a esta evocación de las imágenes no gobernadas un valor analizable. En él no hay huella alguna de esa consciencia del poeta sabedor de su misión, experto en medir el alcance del gesto creador, que en grados diversos encontramos entre los románticos: ora se propongan un ideal de suprema clarividencia, como Friedrich Schlegel y un Novalis, ora se abandonen al instinto y a los dictados interiores, como Arnim, saben claramente lo que es un poeta y lo que vale su tentativa. Mayor poeta que ellos, Kleist nunca piensa en preguntárselo.
(…)
Kleist tiene ese doble privilegio: la lucidez absoluta del artista —en el sentido preciso en que la palabra designa al artesano de la obra— y la oscuridad necesaria al poeta, arrebatado por la exaltación dionisíaca, que no sufre confrontación alguna de sus mitos personales con un mundo exterior al cual no reconoce ya realidad alguna.
¿Es superior o inferior la acción consciente a la acción inconsciente? Este problema se le imponía a propósito de su actividad poética, de modo que Kleist nunca dejó de preocuparse por él, y en su célebre ensayo sobre El teatro de títeres le dio una solución que no deja de estar relacionada con el pensamiento de sus contemporáneos. El títere es más perfecto que el actor humano por cuanto está privado de toda consciencia, entregado únicamente a las leyes de la materia. Desde que probó el fruto del Árbol del Conocimiento, el hombre sabe el valor de sus gestos, con lo cual éstos pierden mucho de su harmoniosa espontaneidad. Pero lo que aquí se designa es la consciencia incompleta de la creatura humana; el mundo es circular, y si el paraíso está cerrado para nosotros, “tendremos que hacer un viaje alrededor del mundo y ver si el paraíso no tendrá por ventura una puerta trasera”. (…)
En ninguna obra suya se acercó tanto Kleist a la filosofía romántica como en este pequeño tratado: en él, como en Novalis o en Carus, la apología de la inconsciencia va acompañada inmediatamente de un proceso dialéctico. Puesto que es imposible al hombre renunciar simplemente a su imperfecta y molesta consciencia, tendrá que aspirar a perfeccionarla y a ensancharla hasta el instante en que encuentre la “gracia”.
4.
Si la entonación poética traspasa indudable los radios de alcance de los idiomas, cómo no va a trapasar, aun si irrisoriamente, los filtros atencionales de nuestras adhesiones a esta o aquella creencia. Y esto porque los lugares interpersonales no se reducen al campichuelo panóptico de la mira de una socialidad y sus lugares comunes, machacadores inagotables de la fijación identitaria, posada, sobre todo, al filo de ese narcisismo separatista del Nosotros, fronterizo de refractaria endogamia, cuya ocurrencia se reitera pero de forma incomparable según contextos. Esto correría también para toda la sarta de las territorialidades, si simbólicas no menos tajantes.
¿Y entonces cómo no plantear otra vez la multiplicidad polidimensional favorable a los procesos, a veces inhóspitos, del plasmar poético? La porosidad de la más ínfima articulación intersilábica, por inocua o aun inicua que pudiera parecer a ojos totalmente ajenos al fenómeno, conturbados en el sostenimiento del dilema moral como fundamento del gesto, justificación ante la descriptiva de La Historia (aun si la del Arte), descoloca no sólo al propio artista en relación a cualquier borde previamente asignado a su quizá irrelevante encuentro con el desconocido de sí, sino que reconduce necesariamente, como en busca del oxígeno luminiscente de un presentimiento entre un arrastre mareante de burbujas, al desconocido del lector.
Ahí se llegaría, de haber deseo suficiente, a dialogar en esa incierta lengua de inestabilidades, idiomagma, formándose y transformándose, ya sin posibilidades de quedar atrapados en las redes de significancia, ni atados a recortes de preexistencia previos a la experiencia. Lo cual, aun influyente desde el intercambio sensible, reflexivo de una reciprocidad diferente, no ajusta con el cinturón de emergencia o castidad que suele depositarse, en forma de voto de confianza nominal, como en cualquier hechizo de barrio, en la figura de una función social. Ni favorable a la socialidad ni funcional al preconcepto de función relativo al socius.
De manera que cómo no volver a toparnos, felizmente, con lo enunciado por Deleuze en su Lógica del sentido:
no hay acontecimientos privados, y otros colectivos; así como no existe lo individual y lo universal, las particularidades y las generalidades. Todo es singular, y por ende colectivo y privado a la vez, particular y general, ni individual ni universal. ¿Qué guerra no es un asunto privado? Inversamente, ¿qué herida no es una herida de guerra, y venida de la sociedad entera? ¿Qué acontecimiento privado no tiene todas sus coordenadas, es decir, todas sus singularidades impersonales y sociales?[3]
Cómo comprender, pues, la urgencia de desobedecer al dictamen de cumplimiento inmediato del conector de voces, mientras su tarea es la del amanuense de aquello que le pasa por la voz, de igual manera que el infante, que carece de un discurso anterior, despreparado como el actor que estudia su letra para borrarse en ella, al aflorar en potencias, no necesariamente viene a adaptarse al equívoco mundo adulto de las seriedades en serie y los protocolos comportamental-discursivos de rigor, tal como presuponen los peores profesores y demás profesantes de una opinología de muy bien acatado promedio.
Contra el aspecto fijador del malentendido, como en imposibilidad de transformar dialécticamente el drama en comedia y viceversa. (Cómo confiarle —entonces— el tesoro de la noción mutante del trickster —burlador, en sentido amplio, y/o contradictor— a quien esgrime dispositivos de captura preexistencialista tales como el gravamen de la “función social” por delante del acontecimiento sensible y entonces ya presencia y tanto tal influyente, en su modestísima escala y mediante sus irrepetibles capacidades articulares, vinculantes.)
Tras bambalinas nocionales de la teatral pregunta, poco más que comentar, por ahora, aparte de dejar el pez expuesto sobre la tabla frágil en la trama del muelle siempre jamás. Queda latiendo, casi tierna, esa bocanada, nuestra.
Toses al fondo de la sala. Se abrió la puerta, alguien salió o entró, cambió el lugar más rápido sin haber dejado de cambiar. ¿Adónde es el mundo cuando no estoy?
 Cada vez más arisca para una conversación multicentrada podría estar pareciendo la pesca poética —en particular si se mira con el rabillo del trickster justo al filo de la captura de la mirada— dentro de ambientes especializados donde se fertilizan experticies y se machaca, proyectivamente, en el torno-mortero del hábito sintáctico, del atajo justificador de los medios, la existencia preeminencial de un Mundo Exterior —adversario del separatista “mundo interior”, tan cerca, no sea cosa, del dios privado— asimilado al parámetro pinche de percatación en una dimensión, a lo sumo cuatro, si no tope referencial a la inexperiencia necesaria, necesitada de escritura que preciar de poética al fin, quizá, se pudiera.
Sabemos empero emputecidos, para ser justos, que la desobediencia abriría en efecto infinito a un desarme interior inesperado y recíproco, atravesando todas las mutualidades forzosas o electivas, redelineando los entrelazos del intercambio de materias y energías y productos e intuiciones, una vez se percatasen los entristecidos en sí de su condición socializada, o sea naturalizada, como cierta idea del poder, en su propia salsa de causa, involucrándose al cambio en actitud de receptoperceptores: diferentes al manipulador del discurseo y sus posiblemente positivas intenciones. Paranoide dixit.
Algo del absoluto merece ser tachado con el matamoscas de unos equis segundos de insumisión, incluso, a supuestas predeterminaciones del Deseo, ese loco visceral tan mayusculado por todos o muchos de los nosotros, mismo que impulsando a escribir no se pregunta por un por qué sino que acude a todos los alertas —simultáneos— de un para qué que afina o afila un cómo propicio al propio obrar de la poética en acto. La cual no se comprende de antemano, puesto que constituye una práctica.
También puede estar bueno que el artista deje de serlo en cualquier momento. Serlo, no serlo, serlo. No serlo. Que pueda olvidarse con tanta verdad que, como el mago en la magia, pueda esfumarse de escena en la desaparición de toda intención en el arte y por ende de todo arte.
Para permanecer en apenas un estamento de lo antedicho acerca de los alcances prácticos del poema o más bien de la instancia inspiradora, la inspiración en tanto práctica inmemorial: ¿qué más influyente, a nivel vibratorio, que la canción o balbuceo susurrados al oído del infante, cuando éste todavía permanece bastante más ajeno a la fronteriza conformidad de la significancia?
La intensidad nunca estatal ni contraestatal de semejante amor, el ser querido envuelto por el ser que lo quiere, en ese abrigo vibratorio de la canción de cuna, mantra enfocado en la integridad de la persona celebrada, cuidada, dentro del círculo mágico, con la tiza de la voz sobre la pizarra fugitiva, en el instante preciso en que sucede, quizá equivalga al agradecimiento del escriba sincero hacia sus materiales intransferibles, al momento que asume, ejerciéndolo, renovado lugar de aprendiz, con precisión, ante las instancias cada vez menos y menos manipulables de su materia.
Si, por una parte es necesaria la insistencia en estudiar los propios materiales a la hora de componer un objeto verbalescente, por otra se supone que el poema, ése que debe estar por venir, viene escribiéndose solo.
El poeta, en sentido de artesano pero también de amateur, momentáneamente disponible desaparece cuando y donde sus herramientas vitales lo habitan, dejándose habitar, le hablan en sí, mientras aprende a escucharlas, deletreando entidades que le afluyen el fraseo, testigo que ni la plena manifestación soborna, favorable a su ignorancia, en apertura de seguir irradiaciones, por correntadas sinérgicas, de las presencias con —y entre— los mundos.
Sólo por reparar un momento en la acepción drásticamente teatral y hasta danzátil de la función, retorno a Kleist:
Vemos que, en la medida en que en el mundo orgánico es más oscura y débil la reflexión, tanto más radiante y dominadora se presenta de continuo la gracia. En efecto, así como la intersección de dos líneas a un lado de un punto, vuelve a presentarse súbitamente al otro lado después de atravesar por el infinito, o lo mismo que la imagen del espejo cóncavo, tras de haberse alejado hasta el infinito, aparece de repente ante nosotros, del mismo modo, cuando el conocimiento ha pasado, por decirlo así, a través de un infinito, comparece de nuevo la gracia.[4]
¿Y cuál no sería —en macro y micro contexto— el enemigo más peligroso y difícil de sortear —por internalizado— sino el propio, apropiado, transpersonal cliché, dispositivo quístico por arraigo del prejuicio compartido, alrededor del cual babélicamente se edifica, el prejuicio en cualquiera de sus avatares, disponibles, por cierto, huevo semántico adentro? A la rotura —al interior— del cascarón semántico podría dedicársele la tarea incansable del antiproyecto poético. Circulación del entre-mito de la poesía en el mundo.
Imposible saber qué sea el específico-poeta. Y mucho menos qué sería ponerlo en funciones. O en sus funciones. En último caso poeta podría ser un término medianamente aceptable si aplicado en referencia a quien insistiese en soltarse cada camisa de fuerza (el formol) de realismos funcionalistas que prediquen acerca de una realidad inevitablemente disminuida, homologada al contexto obsedido por un adiestramiento perceptual en las previsibilidades y redundancias de sus intrínsecos límites.
Así como cabrán preguntas que interrumpan con lo tajante binario la pluricentrada conversación y encarrilen los claroscuros hacia cámaras de fijeza y recámaras de interrogatorio-evaluación, cabrán contrahechizos para seguir conversando a través de las ásperas murallas de las sucesivas descripciones (en tiempo y lugar). Siendo una actividad exigente, la escritura poiética o poemática, una entre varias y a veces contradictorias formas de recibir la paradoja de su presente-desafío, cuyos desanillares del sentido, sin más significar, en lo literal es que nos dejan en pelotas.
Al descubierto.
Pero antes del papelón de detenerme a tocar el arpa eólica del sentido —flor de tema— preferible enunciar, sin demostración posible ni fundación que fundamente esto que estrato del desdecirles: que los fulgores irrepetibles del acontecimiento se dejan revisitar, entrándoles cada vez de otra manera. Posibilidad de que el lenguaje no encaje y las palabras nos abran la boca para mejor cerrar el pico. Y asumir plumajes, en la pura función de alguna magia por fin callada.
A fin del día una lectura, un encuentro en una librería para compartir aquellas astillas de lo leído y lo escrito, dejan los asombrosos bestiarios de los ojos de las personas presentes, su irradiación impregnante, la corporeidad de esos momentos atendidos, en pos de la hilacha que reúne, ojalá, las escuchas, abriendo semovientes campos de atención entre los cuales derivarse y derivar.
En cuanto ámbito, la librería, cuanto más inestable, atraerá el laberinto jangal de la biblioteca y las voces, vocecitas, entretejerán todavía el arca de sinfónica inabarcabilidad que cada lector habrá de verificar según quiera o pueda llegar a querer, por sendas que aun hospitalarias o inhóspitas nunca anticipan su frutecer. Así el indemostrable Lao (dijo): “Aquel que haya olvidado las palabras. Con ése me gustaría hablar.”

[1] Reproducido en Ramona, r83, agosto, 7/19/08.
[2] Albert Béguin, El alma romántica y el sueño, traducción de Mario Monteforte Toledo revisada por Antonio y Margit Alatorre, Lengua y Estudios Literarios, Fondo de Cultura Económica, México, Primera reimpresión, 1978 (primera edición en español, 1954; primera edición en francés, 1939).
[3] Gilles Deleuze, Lógica del sentido, Barcelona, Paidós, 2055. Citado en: Georges Didi-Huberman, Blancas inquietudes, Shangrila, Textos aparte, Santander, 2005, traducción de Mariel Manrique y Hernán Marturet; en el ensayo “Blancas inquietudes de nuestra historia” sobre la obra de Esther Shalev-Gerz.

[4] Heinrich von Kleist, “Sobre el teatro de marionetas”, traducción de Antonio de Zubiaurre, encontrada en la web.
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