ROMINA FRESCHI. ECO DE PARQUE

Indiferencia pronto torna
olvido
y vamos por el próximo botín
calzado del hambre insulso
zanahoria impuesta
que al deglutir
no llena ni alimenta
mas patea
el hígado de la diferencia.
Se torna nítido el tornado
de desastres
que dejamos pasar
que elegimos pisar
ese suelo nuestro
asciende en nuestra bilis
como un vuelto
un reflujo de veneno
hecho en casa
patea como un niño que sostiene
el borroso parque del olvido
y extraña a su madre.
Extrañarte
en la armadura de los días
con sus noches soporíferas tapiadas
de trabajo
de éxitos
de expectativas
un muro robusto de adoquines eficaces
moldea el metal de los sueños
más pesados
los menos memorados
más cínicos y temidos
negros y pegajosos como un petróleo
tus restos no vistos
lo irrecuperable
más lo que retorna
a plena luz del día
todos los días
te trae y te vuelve
a perder
como un juguete pueril
boyando
en las olas de un gran mar:
la laguna de la conciencia.









Posfacio a Eco del Parque de Romina Freschi
Eco del parque empieza con un verso: “No hay paraíso en la tierra”, que parece calcado de un verso de Alexander Pushkin: “No hay felicidad en la tierra”. Pushkin responde: “Hay al menos calma y arbitrio”; pakoi, calma, paz, y volia, voluntad, arbitrio, albedrío, libertad, deseo, gana, exigencia, poder, derecho, y aún ímpetu o empuje, fuerza de voluntad. Es una noción que se refiere al empuje interior, tanto poder o energía como discernimiento, arbitrio, albedrío, para calificar o criticar o encontrar la mejor conducta, el mejor procedimiento, en un registro de la acción y de sus límites, de sus cortapisas interiores y exteriores. En la Rusia de Pushkin no había libertad de pensamiento o de acción, los constitucionalistas (decembristas) habían fracasado. Mal puede hablarse de libertad, sin embargo Pushkin parece aludir a una calma interior que va unida a una libertad interior: paz y libertad, paz y arbitrio, una libertad de pensamiento y una integridad de conducta, un juicio de artista o de intelectual o de quien da el paso de la sumisión a la autonomía, una conquista por parte del individuo, una conquista personalizada de su emancipación, en la medida en que sea capaz de surgir a su autonomía y capaz de perseverar en el propósito y la acción.
  En vez de “paz y arbitrio”, en el verso de Romina Freschi leemos “paz y éxtasis”. Como si el éxtasis abriera la posibilidad del arbitrio. El éxtasis, una experiencia formativa del criterio. El éxtasis, una intensificación, un poder que no dura, viene y se va, con altos y bajos. Frente a la calma, tranquilidad, dominio interior, que debería poderse mantener, porque hace posible la ponderación del juicio, la lucidez que debería prevalecer, tal vez el éxtasis implique de algún modo descontrol. A ese nivel, calma y éxtasis se contraponen; calma frente a la posible falta de control del goce o éxtasis. Puede ser que el goce tenga su razón propia, sea una puesta en razón de su intensidad, una justificación de su surgimiento. Entre calma y éxtasis cabe concebir un contrapunto rítmico, contrapunto biológico y musical. Cierta calma aumenta la capacidad de degustación del placer. Mientras el goce choca contra los límites del sensorio. Sobrepasa nuestras capacidades a través de una paradoja sublime.
  Paz y éxtasis establecen para alguien que los articule un estilo de vida que busca el régimen adecuado. Pero en todo caso: “no hay paraíso en la tierra”. El cuidado de sí, el cultivo de la calma y del éxtasis ocurre dentro de la experiencia de un efímero. Nada permanece, “no hay sostén”, lo cual implica una conciencia nihilista. Nada sostiene a nada y las cosas en sí no se sostienen. Apenas duran. Y la paz y el éxtasis se alojan en la duración como huéspedes transitorios.
 
A pesar del entusiasmo, del baile en el presente o en el pasado, las memorias y los bailes también se olvidan. La memoria se acorta y sus contenidos mueren. Se esfuma el titilar de un encuentro con el pájaro: torcaza, paloma, zorzal, jilguero, la pequeña ave Sor Juana, pico y boca de beso imposible, que desaparece súbitamente. El poema infibula la voz de los pájaros y la voz de los humanos, sintetizadas en el ave Sor Juana. En el amor de esas voces combinadas el poema vive.
 Eco del parque es un poema largo, silva o selva, un poema largo de verso corto, un discurso sostenido con apenas pausas en los espacios para recuperar el hálito. Segmentos de extensión equivalente por la mayor parte, cada segmento plantea un problema, pero los segmentos discurren entre sí, se retoman, se responden, cada uno se prolonga en otros. La secuencia registra y articula las alternativas de vivir en la ciudad, lidiar con el entorno urbano e intentar un escape hacia lo otro, la naturaleza. El punto de encuentro de la ciudad y la naturaleza es el parque. Se trata de convivir en el entorno ciudadano condicionado por el cemento. Cemento que el poema busca contrarrestar prestando atención a los árboles. El poema tiende a parquizar el cemento, tiende a transfigurarlo, si no en naturaleza inculta, al menos en un espacio intermedio. Buenos Aires, una ciudad con pocos parques. Parquizar el cemento eleva la calidad de vida. Los árboles alimentan el espíritu. Volver el mundo más habitable es asimismo función del poema, un incremento de poder que no ignora la caducidad de todo. Esa tentativa de habitación resulta al fin y al cabo inhabitable. Si el poema es un intento de escape del entorno ciudadano, un escape de las presiones y compromisos de la sobrevivencia cotidiana, de sus condiciones materiales, laborales, arquitectónicas, volver la ciudad parque hace que podamos respirar. Eso busca el poema, escapar aunque no lo logre y en el balance del combate entre el cemento y el parque termine predominando la mierda ciudadana. El poema caza oportunidades para nutrir el imaginario animal y vegetal. Nutrir en cada uno una respiración más plena y exaltada. Se ase de cualquier cosa que tenga vida, una palomita, su afilado tierno pico, las alamedas, busca briznas para vivir la nueva vida, aunque la paz y el éxtasis no alcancen para contrarrestar los contratiempos o las carencias o la opacidad, y tanto como creció todo decrezca según medida. En las alas del zorzal cabe el vuelo chamánico de Sor Juana, el empuje del alma en su vuelo, nutrida de sangre y respiración. Es un empoderamiento intenso aunque pasajero, en medio de condiciones materiales que justifican el nihilismo, aunque no la indiferencia.
 Nutrido por esos alimentos el poema procede solo, sin sujeto, afirma una persona poética despersonalizada “en la neutralidad de un mar de asombros” (Juana Inés de la Cruz, El sueño). Esa desvinculación lo saca fuera de los conflictos personalizados, le permite colocarse del lado de los estímulos. Aunque esos estímulos sean singulares y pocos, ocasionan un rosario de vivencias que el poema atraviesa. Esas vivencias abren un horizonte de cosas que no se terminan de comprender, claras y oscuras. Que aparecen y se ocultan. Y sin embargo el poema funciona; aún con ellas mal comprendidas sigue un trayecto imperfecto, “da por visto lo no comprendido”. Da a ver, presenta. Propone marcas nítidas a partir de impresiones confusas. Articula esas marcas en una estructura de ficción. El poema busca una verdad “reina”. Y se vuelve en cambio una fila, una sucesión de versos: “el deseo, la formación de una hilera”. La secuencia puede ser artificial o mágica. Puede ser un montaje sabio, puede ser un engarce espontáneo: “la fluencia es artificial o milagrosa, esos dos se alternan”. Artificial o milagrosa, la secuencia nunca debería parecer forzada.
 
El pájaro sube y la piedra cae al estanque. En esa batalla por hacer habitable la vida urbana y besar el pico del zorzal, irrumpe la muerte, aunque no se le dé crédito, ni se la pueda procesar. No obstante en el viaje hacia lo verde el enemigo no es tanto la muerte en sí sino el miedo. El miedo paraliza e impide que crezca el musgo sobre las piedras. El musgo es la riqueza y lo que produce riqueza. Es el costo y la recompensa. Si el jardín no verdea, es a causa del miedo. Miedo personal del poeta o la poeta. Miedo contextual del entorno. De todos modos el “cultivo” de lo verde es un “duelo” ya que lo salvaje convive siempre con “el veneno de los humanos”, por eso el poema “parquizado” no está libre de los “espacios hostiles” del entorno. El poema oscila entre el cemento y el parque, entre la basura contaminante y el parque arbolado. Ese viaje hacia lo verde es también un viaje hacia la reminiscencia de las primeras impresiones, que son los “tesoros infantiles”: “sólo sostenemos el parque donde una vez jugamos”. El tesoro, lo valioso, son esas primeras impresiones que alimentan nuestras vivencias y de las cuales surge el éxtasis y el poema.
  El éxtasis (y/o el poema) es un momento de “poder” pero “el poder no se puede mantener”. El poder está enmarcado por el nihilismo, pero ese poder (que podríamos llamar vuelo chamánico o “vuelo del alma” con respecto a El sueño de Juana Inés y a las alusiones avícolas de Eco del parque) implica muchas cosas, pero ante todo es un momento de realización afirmativa. Es un modo de realización que otorga el ser, llega a ser, ya que el ser no antecede ni sucede, sino que coincide y aparece en el momento de poder y secreción del poema. Es un momento no nihilista dentro de un proceso sitiado por el nihilismo, la impermanencia, el agotamiento y la muerte. Entretanto, ¿qué dice el ave? El poema la interpreta.

Roberto Echavarren

***

Romina Freschi vive en Buenos Aires. Comenzó a publicar poesía en los años noventa. Fundó y dirigió la revista de poesía y crítica Plebella (2004-2012, www.plebella.com.ar). Es docente de escritura y literatura en ámbitos universitarios y de creación. En investigación, se dedicó al estudio de entre otros temas, las obras de Néstor Perlongher, Juana Inés de la Cruz, Delmira Agustini y el imaginario crítico en relación con la configuración de los géneros. los procedimientos y las sexualidades. Ha indagado en la performance y la plástica. En edición, ha realizado distintas experiencias artesanales como los sitios web plebella contemporánea, pájaros locos, zapatos rojos, más las editoriales Arte Plegable y pájarosló editora. Desde 2012 colabora con Ediciones La Flauta Mágica. En 2013 la editorial Eudeba publicó una antologia de ensayos, ilustraciones y poemas de Plebella, seleccionados por Freschi. Otros libros de la autora: Soleros (1997), Redondel(1998), Estremezcales (2000), El-pE-Yo (2003), Marea de Aceite de Ballenas (2012) y Juntas (2014). En 2015 se publicó su Libro Có(s)mico que reúne publicaciones previas en revistas y chapbooks, con poemas inéditos de su blog “Frescos”.
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