CURVAR LA PODREDUMBRE DEL MUNDO: Acerca de ‘La curva se volvió barricada’, de Ángela Segovia

‘Cuando la escritura desborda del lenguaje, del género y sigue corriendo sin escuchar los gritos de los definidores, los deja atrás, prosigue montada en su proyecto, hasta dar con su verdadera libertad… cuando eso ocurre, sólo cuando eso ocurre, el arte cumple su objetivo.

Ángela Segovia (Las Navas del Marqués, Ávila, 1987) logra romper todas las barreras, sin caer en un absurdo vanguardismo, en pos de un proyecto con conceptos bien definidos. En La curva se volvió barricada (La uña rota, 2016) nos propone un conflicto entre el sujeto y lo real, y la consecuente pérdida de la capacidad sensorial en un contexto opresivo.

Viajamos por una Europa que ya no es más que un discurso en ruinas (“europxs. donde más violencia”). Y una mirada de lo femenino se posiciona fuertemente como acción de barricada: la mujer es quien altera el lenguaje corrupto de lo dado, lo aceptable, lo patriarcal:

la plataforma agria del cielo

una mujer con una vaporosa
falda naranja
ve pasar un grupo de
chicas que saltan un muro y caminan
junto a los restos de ciudad
una de ellas
introduce su mano bajo
la camisa de otra
toca su pecho y sonríe
la otra siente vergüenza
pero no dice nada
una mujer con una falda
color naranja se
engancha con la vegetación del entorno
y con esta luz
se distinguen sus
piernas completamente
desde arriba la
plataforma agria del cielo va cayendo

Esa plataforma agria va cayendo poema tras poema, con sus quiebres espaciales y sus trazos excedentes a la real gramática (uso de líneas a modo de redes conceptuales, esquemas, dibujos). Los demonios de una cultura recta, fálica, son combatidos por quien puede curvar las convenciones hacia una voz sin reverencias:

y a la mañana siguiente
tomó su autobús a Isla Negra junto a cabezas de monstruos
picaflores negros
diezminutos atravesados de
simbologías de un poder fácil de construir en labundancia
una burda impresión: lo grande y feo
cabina masturbatoria
el diente de marfil del macho cetáceo
córnico mástil, el poeta del pueblo
discurso entumecido. quién da más?

“El poeta del pueblo”, ese arquetipo masculino de la voz oficial, encantador, es la apuesta ciega de una sociedad que remata su dignidad. Segovia expone esa pudrición, y lo hace a través de las llagas infectadas del discurso: “labundancia” y otros términos que son ya una piedra compacta dulcísima para la alienación hegemónica.

Luce Irigaray, filósofa y crítica belga (1932), insta a la mujer a recuperar el “yo-ella”, el yo femenino, desplazado desde el yo-maternal al “yo-él”, como asunción de un poder que ha sido ocupado (facilitado por “la ingenuidad cultural”) por “el discurso de los hombres” y tratado con indiferencia por los lingüistas[1]. Ángela Segovia es consciente de esto y busca agrietar a través de la poesía ese no-lugar que es, muchas veces, la voz de la mujer (o, mejor dicho, el susurro permitido):

(…)
ellos son la europa multilingüe
te sodomizarán sin un gemido    no sentirán nada
después escupirán palabras dirán feuer nutte dirán puta    a lo callado
dirán je parle jo parlo y
i’m talking to you cara de carne
con la cara más dura que europa lo dirán
un joven se acercó, nos ofreció un chicle de frutas, parecía preocupado
yo me reí con sorna
no estoy ahí, el m da sed, no? me fui será será

Ahora bien, el modo de agrietarlo es lo que nos ocupa y no podemos dejar de destacar: no se trata de un lenguaje doméstico ni rosa ni de concurso-de-belleza, sino de una violenta inteligencia (la necesaria violencia para subsistir, para patear el tablero monolítico) que encuentra su fin en el desplazamiento de lo esperable. De más está decir que en la poesía “lo esperable” es justamente el enemigo!

La mixtura de tonos y la fragmentación a tajos sin leyes son las características esenciales de esta poética. “nos ofreció un chicle de frutas, parecía preocupado” carga con una latente ingenuidad explosiva, camuflada en esa voz aniñada de serie americana para adolescentes, en contraste con lo dicho tras la risa con sorna. Ese final del poema saltea las respuestas convencionales que podrían haberse dado al joven, para desaparecer del lugar encasillado: “no estoy ahí”, el sujeto-ella se ha corrido, ha tendido su trampa y expuesto su rechazo.

En otro de los poemas la autora inventa un lenguaje secreto, pero nos dice que no sabe “qué son” sus signos, y en ese acto reconoce al lector como un intruso. El “idioma secreto” es una apuesta a desconocer la obligación (antipoética) de comunicabilidad que el uso del manual de idiomas impone. Vale la pena compartir el esquema en cuestión:

Este idioma pertenece a un sitio denominado “la funesta”, donde “hay que hablar así”; un sitio con mujeres de “rostros estirados hasta las nucas” (acaso un burdel?). Icónicamente puede leerse como un puño, justamente una figura que aparece en el texto siguiente con una doble función:

Siempre dicen puta, pero da lo mismo, yo les digo, que le den por culo a tu puta madre o algo como eso lo más feo que salga y corro con puños otra vez, llego al fatigado puente, cruzo el río, un mendigo inglés me saluda con la mano y dice hello, etc., y yo corro y corro por el puente hasta llegar al tren, pararme ante los vidrios ahumados y colocarme con los dedos el peinado. Ya.

El puño del enfrentamiento, de la huida (de las leyes machistas), y los dedos que arreglan el peinado (la dignidad, la entereza). Dos puños que son uno: un código de supervivencia y escapatoria. La mujer cruza hacia la indefinición. Ya no pueden gritarle nada, no pueden etiquetarla. Tampoco pueden hacerlo con su poesía. Está lejos. Ya.

Diego L. García


[1] Parler n’est jamais neutre (Éditions de Minuit, 1985); Yo, tú, nosotras (Ediciones Cátedra, 1992).

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