GERARDO DENIZ según Eduardo Padilla

Todo empezó en el oído.

Mi primera impresión de la obra de Gerardo Deniz fue la de bajar por una escalera espiral dando el primer paso en falso, cayendo luego de bruces y continuando el largo trayecto apoyado en la oreja… para ser honesto, no entendí un solo verso. Pero recuerdo que su sonido era asombroso.

No pretendo decir que la sonoridad de aquel poema del cual no recuerdo el nombre me haya golpeado con la misma violencia que digamos, el Bohor de Xenakis, o las salvajes melodías atonales de Ornette Coleman. Pero vaya, lo recuerdo como una refrescante bofetada. Me pareció admirablemente incorrecto. Sistemática y cultivadamente incorrecto, ni un pelo de inocencia o diletantismo. Lo más notable a mi parecer era que, a diferencia de las subversiones calculadas de las envejecidas vanguardias (con excepción del maravilloso Kurt Schwitters, caballero burgués digno de ser invitado a cantar entre las aves más avanzadas), esto, esto realmente le producía un extraño placer a mí oído.

Una vez superado el shock inicial, comencé a ver cosas. Mis ojos se ajustaban al severo cambio de luz y gradualmente hacían los primeros contornos de una explosión al ralentí, maliciosamente organizada con pinzas de cortador de diamantes… su imaginería, pólipo colosal y asaz impúdico, comenzó a materializarse en mi obnubilada consciencia, pues tal era su intención al dejar sus huevecillos en el interior de mi oído.

Comencé a delirar.

Las cosas que vi… ¡si la Hipertrofia tuviera una hermana agigantada y aún mas fea la podríamos proyectar sobre el espectro de la Vía Láctea y declarar a la Belleza muerta y vuelta a nacer en un genocida vestido de debutante!

Entre espasmos y alucinaciones recuerdo haber hecho nota mental sobre la posibilidad de que el señor Deniz fuese en realidad una suerte de poeta visionario que con suprema integridad reniega de si mismo y revienta todas sus burbujas de jabón industrial poco antes de que salgan flotando por la ventana. Aún tengo mis dudas sobre esta arriesgada conjetura, pero la imagen de un terrible bicéfalo — por un lado vidente por el otro un ironista desalmado — aún me persigue por larguísimos e intrincados corredores de ociosa elucubración.

Días más tarde, libre de la euforia inicial pero ahora impelido por una insipiente manía, me hice de copias de Gatuperio y Enroque. Mi ambición era simple: los llevaría a casa y los sometería a los tormentos de una escrupulosa vivisección. Arrogante, planeaba atrapar al mago con las manos en la liebre… o al menos entender la naturaleza de mi reciente adicción. Buscando la menor distorsión posible y tomando en cuenta el pavoroso espectro de Heidemberg a mis espaldas cual esposa rompebolas, confirmaría que la obra era genuina y que no había sido yo víctima de una colosal tomadura de pelo.

Escogí Gatuperio y lo abrí al azar. No me tomó mucho descubrir mi primer anzuelo: la sobre-adjetivación. Dos de mis autores favoritos — Edgar Poe y H.P. Lovecraft — gozaban del mismo vicio… exceso que innumerables críticos y solteronas (personas exentas de cualquier bajo impulso creativo o imaginativo) hasta la fecha tildan de tara. Pero su fobia al polvo no es asunto mío, yo siempre he sido partidario del delirio, de preferencia lúcido y de elegante diseño. En cuanto a Poe y Lovecraft, sus polifonías de delirio verbal siempre se apoyaban en una forma de revelación gradual y aceleración espiral que arrastraran al lector a una nueva dimensión donde las estridencias cantan en unísono… una especie de vertedero cósmico.  En el caso de Deniz, esa bella o grotesca proliferación de adjetivos exóticos y terminología improbable, provenientes de los rincones más entelarañados del conocimiento humano, apuntan a una nueva visión cuya lógica no es la de una sinfonía sino la de una alberca atonal donde los protozoos se acuestan con la semántica… cada adjetivo por sí mismo y Dios contra todos.

Con esto no quiero decir que la obra de Deniz sea anárquica. Es verdad que con frecuencia cada nueva idea, cada nuevo compás, cada nuevo giro del pensamiento parece contradecir y subvertir al giro anterior… y que ese juego de piernas cerebral parece complicarse a tal grado que ni el bailarín de tap más avanzado se podría atrever a de-codificarlo. Pero esto no es ni mistificación vacua ni modernismo gratuito, esto es, a mi parecer, una saludable manía de movimiento perpetuo. En breve, esto es Poesía.

Casi de golpe uno tiene a notar, alarmado, el anormal crecimiento en la erudición del poeta. “Knowledge gained is far from bliss” diría el doctor Fausto, y luego te crece un papiloma. Pues bien, si la erudición es un papiloma el de Gerardo Deniz sería desde siempre un pez globo, sino fuera porque poema a poema, Deniz se dedica a desinflarlo con su particular estilo de jeringa. Erudición que se auto-parodia con cada respiro… régimen de higiene y catarsis para abrirse paso a punta de machete por la selva. El autor somete a su propia elefantiasis intelectual a la danza de los 7 velos; sobra decir que la ironía es un bisturí diseñado para cortar velos gangrenados con la mayor celeridad y eficiencia posibles.

(El humor negro en la poesía de Deniz desempeña además otro tipo de función: la de disolvente agua regia… detonante y salvoconducto que permite que el monstruoso edificio se deslice grácilmente en una multitud de direcciones simultáneas.)

Mi propio régimen de higiene no sería el mismo sin Canción contra el Perro y sus corrosivos medicinales. El perro es un snob —reza el epígrafe— en el sentido en que respeta al próspero y poderoso, y se opone al pobre y al desdeñado. Axioma digno de ser puesto en pictogramas y lanzado en sonda a los confines de la galaxia a manera de advertencia: “Cuidado con el snob” o “Venga y explote al mono neoténico pues nació para eso”. La misantropía de Deniz es un jabón de lejía… ¿ha intentado usted suicidarse con una barra de jabón? Claro que no, pues se inventó para lavarse las manos antes de sentarse a la mesa y ensuciarlas de nuevo.

Hay quienes ponen su dentadura en un vaso con agua antes de ir a la cama. Hay quienes ponen su corazón en un frasco con melaza… aún hoy hay gente que escribe cartas de amor esperando retribución simétrica (entendiendo que amar a otro es sobre todo amarse a sí mismo) … luego hay otros que ponen el corazón a flotar en vitriolo y se lo arrojan al ropavejero aún antes de que este haga sonar el silbato (el ropavejero atrapará el corazón y como autómata parador en corto lo volverá a insertar en la ventana de la que salió disparado). Hay hombres que aman la música y hay hombres que no. A Kafka, opacamente, no le interesaba. Pero a misántropos como Ensor (armonio), Cioran (Bach), Swift (órgano de iglesia… vértigo… Estela-Esther), sí… ¡desmesuradamente! No hay paradoja: amor y odio, ambos combustibles fósiles… la diferencia está en el voltaje… ciclos por segundo. ¿Significa esto que Oppenheimer

  1. ¿escuchaba mucho a Mozart antes de cocinar la bomba?
  2. ¿No lo escuchaba lo suficiente?

… no es mi labor señalar donde termina el placer y donde empiezan los negocios. Mi único argumento es: sin duda, Gerardo Deniz debe ser un gran amante de la música.

Twin Oaks Community

Llega la parte del texto donde me veo forzado a establecer mi pobre intento de genealogía. Si debo de apostar por una influencia central en la obra de Deniz (influencia literaria, pues ya demasiadas veces se ha hecho notar el peso que su experiencia como químico y traductor de todo tipo de manuales y temas ha tenido en su poesía)… y si debo aparte escoger a un poeta y no a uno de esos temibles y admirables ensayistas que con sublime frialdad disertaban sobre sillas, escobas y sombreros… si debo de lanzar el dardo no lo lanzaré a blancos fáciles como Eliot o Pound… o aún más fáciles al decir que la poesía de Deniz en realidad no es nada parecida a la de Octavio Paz. No, yo escojo lanzarle mi dardo al adorable espectro de Lautréamont. Igual, pensándolo bien, resulta bastante obvio. Pero igual estoy obligado a explicarme:

“Otra cosa que vio Conseil

fue a un demiurgo creando un mundo.

Tenía una mueca violenta y fija, como quien busca el ojo de la aguja

o se lija un jiote con higiene,

o como una dienoma a punto de volverse fenol.”

Compárense estos versos de Deniz con casi cualquier pasaje tomado al azar de Los Cantos de Maldoror … si el pasaje elegido no empata, vaya usted a la visión del Creador en su trono, devorando mortales como embutidos. No se trata de encontrar afinidades cosmogónicas (las hay) ni de establecer cual de los dos practica el nihilismo más escabroso, sino de adivinar, dentro de la medida de lo posible, en cuál de aquellos glaciales picos invisibles, allá arriba, reposa el ojo del poeta antes de lanzarse en picada y traspasar a su presa.

O bien, demos un paso hacia atrás… hagamos un esfuerzo y busquemos la captación telescópica. Asumo que quien quiera que ahora lea este ensayo conoce de antemano el tema, y ya sea que este a favor o en contra (aunque, ¿qué clase de persona leería un texto tan fastidioso sobre un poeta que para empezar detesta?), conoce ya los principales rasgos y atributos de la poesía del señor Deniz… lo suficiente al menos, como para comenzar a palpar (o a auscultar incluso) el carácter y el tono de su obra. Su carácter, sin duda, flemático. Su tono… glauco. Entonces tendríamos, por un lado, la glauca flema deniziana (vaya frase para contraportada) y por el otro a Maldoror, el glauco vampiro, expectorando auroras boreales.

“Oh Matemáticas severas” reza el Canto Segundo, “… había, en mí espíritu, una especie de melancolía, un no sé qué espeso como el humo; pero supe franquear religiosamente los peldaños que llevan a vuestro altar y vosotras alejasteis de mi ese velo obscuro, como el viento aleja a la mariposa. Pusisteis, en su lugar, una frialdad excesiva, una consumada prudencia y una lógica implacable. Con la ayuda de vuestra fortificante leche, mi inteligencia se desarrolló rápidamente y tomó proporciones inmensas, en medio de esa arrebatadora claridad que con tanta prodigalidad otorgáis a quienes os aman con amor sincero.”

Hubiera deseado abrir esta suerte de ensayo usando ese fragmento como epígrafe… de hecho lo intenté, pero me di cuenta que el efecto resultante era la anulación total de mi texto, que a mi oído pecaba de vano y redundante frente a las palabras de Lautréamont, que tanta luz arrojan sobre el espíritu de la obra de Deniz. Hago hincapié en la palabra espíritu. Además, debo aclarar que de ninguna forma me parece que la obra de Deniz sea derivativa ni en estilo ni en sustancia… en realidad lo único que digo es que, en mi mente al menos, la resonancia entre Ducasse y Deniz es tan sólida que podría uno montarle un teleférico encima y deleitarse observándolo deslizarse.

Habiendo dicho esto, admito que en realidad no se parecen en lo absoluto (ja).

Quiero decir… lo que los une lo separa… así como para mi ojo, lo que une a los planetas es lo que los separa: el vacío. Y vaya vacío se desliza entre estos autores. Pero he aquí el eje o cable de funicular, y con esto renuncio a este ensayo pues me avergüenza ser demasiado repetitivo (y si al Sol también le diera pena ya estaríamos todos muertos):

el transplante a corazón abierto de una jerga científica especializada, operación hecha sobre el cuerpo de la Poesía, en donde este vocabulario seco, meticuloso y cuidadosamente enfrascado pasa de inanimado a salvaje y encuentra una insólita y virulenta vitalidad.

En el caso de Lautréamont tenemos, por ejemplo, aquellos pasajes copiados palabra por palabra de las obras zoológicas del doctor Chenu.

En el de Deniz… digámoslo así: si Kakfa supo construir una mitología pasmosa sin salir de la Oficina, Deniz ha sabido darle uso tanto a su biblioteca personal como a su oficio de traductor. Denle a este hombre un manual para ensamblar un monociclo, una receta arcana para fermentar cerveza y un catálogo de paraguas y quesos decimonónicos y él les dará un poema… pues eso es justo lo que hace a su obra algo tan particular y valioso: Gerardo Deniz encuentra Poesía en donde nadie sospecha se esconde. La gran diferencia con un crítico o una solterona sería que ellos pondrían cara de asco y optarían por barrer el revoltijo debajo de la alfombra.

Deniz, en cambio, lo sube a la mesa y nos avisa que la comida está lista.

Anuncios