PRIMICIA: CUATRO POEMAS DE DIANA GARZA ISLAS

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 Carlos Ballester Franzoni, El camino del rocío, año 2000. 

 

Los poemas que aquí se presentan pertenecen al libro Catálogo razonado de alambremaderitas para hembra con monóculo y posible calavera (Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín), de próxima aparición:

 

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En cada caja están sus órganos. Hay piedras a las que les basta su raíz. Hay los fotogramas extraídos, hay la serenidad. La palabra invertida, de su serenidad. Hay una cinta para medir el panorama. Es amarilla, como el lugar donde imaginé, y logramos hallar, pequeñas agujas óseas. La bala al fondo. A la orilla, su mirada ardiéndome, el cráneo superpuesto al cariz.

El melancólico esposo desde las alturas. Ásperas bolitas a la izquierda. Y todas las cosas que aquí no digo porque ya son.

Brillos nacarados del mismo color de lo que crece, y crees ver: escalas puntiagudas en el perímetro nacido de la lengua. Un cuerno extraviado corona y mira, mucho más allá, las rendijas bajo los cielos. La palabra Brandemburgo brilla, encaramada en una lámina fotogénica, otra vez desde el bosque. O es algo más doméstico, incluso pornográfico.

Finalmente, las manos huesudas y olvidadas de papá, a las que nunca les gustó la sombra.

[El reflector redondo del dentista sugerirá nuevas sospechas de ello.]

 

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Por parte de la esposa: ojos cerrados, férula celeste, con ala y mandíbula en acero azul. Sus órganos son una mezcla de azufre molido y concha nácar: metal cronométrico y fondo desmembrado. Hay calaveras de animales y fotografías de mí misma haciendo estas anotaciones a la sombra. Aquí el caos es simétrico: dos bustos de ella a cuatro puntos morales: Como se muerde arriba se muerde abajo, tal como enuncia el maestro en Hermética Aplicada.

Pero un ala solamente. Y en la punta, el clásico espejito. Porque esto no representa nada, porque esto básicamente es así.

Por último: un funeral a cuatro manos y una doncella que dirigirá una orgía solemne, con muchos invitados dándonos la espalda, para así vernos mejor.

 

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La canoa donde te conocí y debimos de remar, como si nos obligaran un día a ser la cena de un grupo de niños emigrantes.

¿De dónde vienen estos recuerdos?

Hay una fecha. Los vagones, flotantes, muy detrás. Un souvenir que reza Camino a Jerusalén, bajo el techo dejado en cada una de las fotos. Al centro, un reloj. No se distingue ningún otro número.

PASEN. SÓLO NIÑOS. PASE USTED.

El trinche solar.

Aquí la luz es lo que teje la máquina a la abuela, la abuela al tren, el tren a la niña, la niña al cerillo que sostiene a la flor con la moneda; al fondo: la parte del barítono en tipografía casual.

Ninguno cayó por la borda, aquella vez. Teníamos ocho años, justo como yo       —la  nieta que ahora habla— imagino que tendrás. Él, explorando el dibujo. Marcos detallados. Marialuisas sin color. Los hilos que imagino incendiándose, levemente, en un verano muy antiguo que me dio a nacer.

 

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En esa canoa, reconstruir el huevo de caracteres japoneses que algo decía sobre los animales fauzados. Alas, sobre todo. Siempre. Alas óseas. Y en la ubre con treta de vitral rubí, el niño reposando su cuerpo de mujer. Endurance. ¿Su nombre volvería? Puedo decir que tenía esperanza en el nacimiento, por eso unía el huevo al yeso, y lo unía al metal, al mecanismo, a un modo de prestar atención, de enfiebrarse.

No sé si estoy de acuerdo en que el huevo tiraleche fuera oficio y a la vez tonalidad, pero en la balsa iban tres hombres y una mujer. ¿Se han salvado? Tampoco sé, pero el círculo, su recorte, es perfecto. Por ese hueco cabrá mi muñeca entera, la que tuve alguna vez, aunque no recuerdo cómo la llamaba o si existió. También cabrá una ciudad, la dibujada al reverso.

Al reverso del huevo, en tonos pastel, la casita donde mi hermano y yo vivimos hasta ancianos. Y aunque adentro de la concha ya no hay y en la campiña donde vivimos tampoco hubo un río, recuerdo dibujada en acuarela la montaña y un trecho de metal liviano, forma rómbica, a la altura donde el cerro terminaba su azul para aparecer.

Ahí, muy tenuemente, se distinguen también tus huellas digitales y un trozo más del rombo dolido.

Otras veces llamamos a ese lugar «El arroyo marciano». Y sabíamos que no había nada ahí. El cuerpo de la tortuga, vuelta máquina-campana, compañera, también se fue. Baba amarilla, lanza celeste, virtualmente sumergidas. Pero eso sí: la estampilla redonda mostrada puntualmente, sus siete colores siempre dispuestos a formarse al ser hallados nuestros huesos por los hombres, que rondaban camuflándose en las frutas muertas, cada cierto tiempo.

 

Diana Garza Islas (Santiago, Nuevo León, México, 1985). Ha publicado los libros: Caja negra que se llame como a mí (Bonobos, 2015), Adiós y buenas tardes, Condesita Quitanieve (El palacio de la fatalidad, 2015) y La czarigüeya escribe (Analfabeta, 2014).

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