Jaime Pinos / Criminal

 

 

 

Discurso del resentimiento

 

 

Lo que hice lo hice,
no lo digo por victimizarme,
pero yo estaba marcado.

 

La pobreza,
la droga,
la violencia.
Estigmas,
cicatrices de nacimiento.

 

A otros les tocó el premiado.
A mí, sólo una mierda de vida
y toda una vida de mierda para malvivirla.
Una niñez con dolor.
Una madurez prematura impuesta por los rigores de la supervivencia.
Una vejez indigna entre el abandono y la enfermedad.
Una muerte anónima recibida como un alivio.
Así fue para mis padres y los padres de mis padres.
La miseria, qué duda cabe, es un mal hereditario.

 

No fui el único.
He visto las mejores mentes de mi generación
destruidas por la locura.
Lo que nunca entenderán los psicólogos y los terapeutas
es que la droga no es una puerta falsa
cuando la mente es el único lugar adonde ir
más allá de los límites del gueto.
Cuando se prefiere la angustia de la pasta
a la droga, muchísimo más dura, de la realidad.

 

En cuanto a la violencia,
una mera abstracción para los privilegiados,
los parámetros cambian cuando se ha vivido en ella
como un pez en el agua.
Cuando un punzón o un fierro hechizo
son simples utensilios domésticos
y la sangre y la muerte
eventos cotidianos,
apenas parte del paisaje.

 

Que me dieron oportunidades, dicen.
Que pude ser otra cosa.
Pero si alguna vez me dieron algo
fue la condena de crecer en el encierro.
Desde niño, una cárcel tras otra.
Hogares, las llamaban.
Si alguna vez me dieron algo
fue tan sólo para sacarse fotos.
Un ejemplo de rehabilitación, decían entonces,
mientras sonreían a la cámara.
Si alguna vez me dieron algo
fue un destino jugado a la ruleta rusa,
las cartas falsas del perdedor.
Fue la impotencia, la frustración.
Fue esta rabia.

 

Repito,
no es por victimizarme,
pero yo estaba marcado.

 

Yo soy la cosecha.
Yo soy lo que sembraron.

 

 

 


 

Mass media

 

 

Enfundado en el chaleco amarillo
que identifica a los reos de peligrosidad extrema,
El Criminal es obligado a bajar del camión carcelario.

 

Armados hasta los dientes,
numerosos gendarmes flanquean sus pasos,
engrillados,
torpes como los de un pingüino.

 

Desde su captura, el tiempo pasa entre la soledad del cubículo
(abocado allí, casi exclusivamente, a la redacción de La Obra)
y el laberinto de rejas, pasillos, celdas y galerías
que se abre ante él
cada vez que lo llevan a los interrogatorios.

 

Alza la vista.
Al fondo de esta galería, el enjambre.
Reporteros, fotógrafos, cámaras de televisión, focos encendidos.
Mucha gente gritando.

Cuando pasa frente a ellos,
un poco encandilado por el destello de los flashes,
levanta las manos,
esposadas,
y hace con el dedo un gesto obsceno.

 

Los fotógrafos toman la foto.
Los camarógrafos graban la escena.
Los reporteros corren a las redacciones
(husmeando como hienas han conseguido inéditos y escalofriantes
detalles sobre el caso)
Los editores organizan el material
(su oficio es la semiótica del impacto)
Los directores dan el visto bueno
(saben lo bien que paga el crimen a la hora de vender periódicos o
ganar sintonía)
Las rotativas se echan a andar.
La señal es puesta en el aire.

 

Como un verdadero rock star,
El Criminal en todos los noticieros,
El Criminal en todas las portadas.

 

Dicen que le gusta,
que la propaganda alimenta su megalomanía de psicópata,
que imita con ello la actitud desafiante de cierto asesino de cine.

 

Pero nadie sabrá lo que pasa por su mente
mientras es conducido por el laberinto.
Nadie intentará comprender el punto de vista del interdicto
(acaso cuestión de análisis psiquiátrico o sociológico,
pasto de literatura)

 

Los mass media no están para eso
(el negocio es otro)

 

Mediante un largo y sostenido proceso de inoculación,
contaminan con el virus la conciencia de las multitudes.
Hasta que éstas sólo pueden ver
a través del neurótico tamiz de la paranoia.

 

Entonces, como gigantescos alambiques, destilan a escala industrial
la dosis de morbo que las masas, infectadas, necesitan y reclaman.

 

Los mass media viven de eso
(el negocio es millonario)

 

De vendernos,
como la droga al adicto,
el pánico nuestro de cada día.
Ese virus,
gota
a
gota.

 

 

Jaime Pinos

Criminal

Calabaza del Diablo-Cuneta

2da. Edición.

 

 

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