Antonio Méndez Rubio / Nada y menos.

 

Mejilla sana, a ras de arena.

Fin

pero queda.

Las lámparas de aceite. ¿Dónde

separarnos? Y por momentos ¿cómo

dejar al menos rastro de hermosura

cuando la desabrida nieve, blancuzca, se despide en vapor

más cálido que olvidar? Vuelve el

día de otra

forma

antes de que se oiga

desde la sien, de vez

en cuando: “No van a resistir. No

van a resistir”. Van de hecho a desaparecer.

¿No? La verdadera señal, pues,

se ceba en esa certidumbre.

De nuevo por silbar: callado

vientecillo por los otros cristales, suelto,

entretenido tallo abajo,

ruin

dulzura

durante la derrota no servil de la noche.

Cigüeña en la orfandad

al cruzar la asumida

luz de la alberca.

Sol

del que hay quien todavía se acuerda.

De fijarse en la miel, de reflejarse

la mañana temida, madura por los muros,

lo libra.

 

 

La prontitud nos da aún más miedo.

Lepra o peligro

de la piel, gélida, del ardor acosado

que se recoge en caer

por amar, por limpiarse los ojos. Hay

aves que ahí no anidaron, voces.

 

LA EXPEDICIÓN

1/

 

¿Cuándo se deja de esperar

que la herida se cierre –no se vaya a romper

el sortilegio? ¿Cómo se tornan sonámbulos

los ojos libres, alcanzados por una sombra

que los cuida,

que los protegería incluso de las hojas

torciéndose hacia la luz? ¿Saben

algo que no esté ya previsto en la mudanza?

 

Aquí, entre tú y yo…

 

2/

 

Eso que con el tiempo pasa (¿se dice así?)

tiembla en las cuerdas sacudidas

suavemente, sin ningún esfuerzo, sonando

bajo un cielo que no parece posible

en un plano de eternidad.

 

Esa humedad atraviesa la tierra

desprevenida. Se pone esa condición

para que haya un secreto.

Quien no desee una paz sin olvido

que baje la vista, o que

levante la mano.

 

EN OTRO MOMENTO, ELLA

 

A duras penas mira:

sabe que llovió de noche

-aunque ahora

 

el sol no nos

concede borrar la sombra

que dieron esas hojas.

 

Alza la vista; respira

sin el acecho de los ángeles.

Y vuelve luego a lamer nieve

por nosotros.

 

Mejor así. Lejos del tiempo

de aventar cometas:

nada ni nadie

desaparece.

 

ANTISALMO

 

Ni el cielo se equivoca

de sitio.

 

Hay que ver…

 

De ahí que lo

que nos pasa con la espera

es que esperamos dentro de un milagro

al que no se encuentra ninguna

razón. Hay que estar más lejos aún

para negarlo, callando o

en celo,

mientras abrimos las manos.

 

Entonces, si es así, mientras

tendemos

lo que esté en nuestras manos

por no asentir

en medio de lo que se acaba,

no van a poder decirte

que esperas, con la ropa encogida, sólo para llegar

a ver el milagro, de bruces, sanando

por sus ojos

de todo el desarraigo,

de las secuelas con que se calla la memoria

no acogida. Si tuvieras un sitio (¿verdad?)

debajo de una nube

o en cualquier secarral de colina

no se te escucharía en este momento,

aun sin estar de acuerdo,

dejar de respirar, sobreponerte

en un mundo posible,

sin nada parecido.

 

 

 

 

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