Valeria Cervero / Sin órbitas

Hoy no es posible escribir

un poema sobre el amor, su sentido,

su duda, su causa. Sabemos que

no son benditas las palabras que dicen

sobre lo íntimo, o más bien lo ajeno

a cualquier excusa que las vuelva legibles.

Como si el estar aún

en la línea del rayo fuera razón

para dejar de callar contra el muro,

compartir las vibraciones que nos seducen

o contar cada recuerdo que todavía inventamos.

Toda la risa del mundo podría venir

a resonar esta noche, pero sabemos

que su sonido tampoco suele dejarnos

una promesa, una cura,

el estallido.

 

 

 

A veces creo que sólo sos una excusa para escribir,

la punta de una cadena inexplicable

pero que puede captarse a través de un verso, una melodía;

la imagen de un conjunto que no logra

permanecer nunca en su mismo lugar,

si ni siquiera hay lugar que sea el mismo

o que llegue a ser visto en el plano exacto en el que acontece.

Y es que todo lo que vemos es pasado,

siempre a esa distancia que no mediremos.

¿Cómo podría llegar a la imagen, ahora,

del otro real que sos y ya no miro?

 

 

 

Sin órbitas

 

I

 

Una calle se atreve al cielo nocturno

a pocas cuadras del centro.

Caminamos y saltan constelaciones

sobre nuestros desprevenidos

cuellos en tensión.

Los ruidos del pueblo desdeñan

la levedad de la jornada.

Verano y cuenta el sudor en las espaldas.

Sabemos

que buscar algo de fresco es

renunciar a la última

noche estrellada antes del regreso.

Más avanzamos y más se ofrece

la variedad de la Vía Láctea,

como si no guardara secretos

ante ojos terrestres que componen

historias de luces y distancias.

El cinturón de Orión ordena

lo que promete escapar.

La oscuridad nos abraza cercana

y hasta parece guiar nuestros pies,

mientras pequeños destellos  juegan

a confundirnos el espacio

en que avanzamos seguros

solo porque el ritmo nos apura a seguir.

O tal vez la oscuridad no es tal,

o la luz hace su camino de saltos

también en esta tierra.

 

 

 

II

 

Remota ante los ojos aunque

los recuerdos hablen de su cercanía.

Un halo sobre el azul visto

a miles de kilómetros en el oscuro.

El inicio de un viaje hacia el espacio

exterior y la cordura

o su falta. Un acto de devoción

fuera de órbita

sin testigos ni causas que no sean

la más profunda curiosidad por ver

qué hay más allá del que creíamos

límite de lo conocido.

Preguntas tras preguntas que se pierden

en una cadena que solo

promete la cuenta infinita de lo perseguido

en cada día que podemos narrar

o dejar que se desarrolle en un punto

imperfecto. Una vida diseccionada

por el tajo único de esa visión.

La Tierra escapándose de cualquier tiempo.

La imagen, en el origen de la luz,

del hogar al que no volveremos.

 

 

 

 

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