ana claudia díaz / conspiración de perlas que trasmigran

 

Formas de correr

 

Era como un sueño o como esa película de Franka Potente

y cuando ya era de mañana, me volví a casa

no tengo respuesta sobre dónde es que esperaba encontrarte

me habían dicho cuando salí

que habías empezado a correr

y corrí y corrí yo también

en la excusa de la mirada ajena

las suelas de mis zapatos se desvestían

en cada una de las baldosas

corrí casi durante todo el amanecer

como dos horas seguidas

desde que era de noche.

Hora en que las azucenas se vuelven una madeja

y los bazares están cerrados como para ir a reclamar.

 

 

Infancia de topos que emergen del sueño

 

Cascabeles bajo la lluvia de enero.

Hora del almuerzo. De lo dormido. Un páramo.

 

Es así

a la hora del almuerzo

los topos amontonan el verano

en piletas brillantes

o lo enrollan en una alfombra

para poder descansar.

 

 

 

Gorgoteo en el centro de la tierra

 

Entiendo

las certezas son como piedras que se acomodan en un nido

si se desbarranca el océano brillante

capaz después encuentro

la llanura fértil igual

y el invierno, como rastro de un naufragio.

 

La edad que avanza sobre nosotros

a Micaela

Pero no soy tan experto
para cruzar sin mi amiga
en un rito secreto
el desierto

Reynaldo Jiménez

¿Desde dónde vos venías a mí como un remolino de plantas representando al carnaval? Te vi de lejos, de aletas periféricas. Acá yo, giro alrededor de la foresta, con mis vestidos bilingües me envuelvo, es mi turno de rodar a la izquierda. En el pabellón de otredades, en la curva espacial, ahí te encuentro. Sabemos, todo lo que se enrosca tiene forma de hélice. Todas estas estelas de vigilia cortan nuestra niebla. Nos despejan para ver lo construido. Ahí, las dos. En la ambientación lavanda. Somos trazos mundanos.

 

 

 

Niños vistiéndose

 

Color uva el paladar del mar

su playa teñida

la espuma de las olas dispersó nuestras esporas por todos lados.

La bruma. Brizna.

Rompimos los hábitos de los perros de la madrugada.

Frágiles esquirlas desprendidas de la arena

construyeron mi alma esta vez.

Los tamariscos parecían mandrágoras esmaltadas

o un pilar de agujas.

No sé. El velo. El roce previo.

Aprender a espiar desde dónde es que cuelga la lluvia en invierno.

Mojado el cielo, en mi garganta la arena raspa y raspa

para esconder todas esas idas y venidas y vueltas

y ya no hablar más.

Fabricantes arrancaron del hueco las espigas

y las varas que quedaban.

Dejaron solo calma, casi que estaba por caérsele a los pies.

De pronto todo era un almacabra. Una bóveda.

Éramos como niños. Habíamos estado vistiéndonos.

Antes de que el océano largara

los cangrejos a las hierbas de las dunas, a la raíz

con la luz violeta podía verse el camino

sembrado con migas de nueces

me eché a andar de espaldas gregaria de acá para allá

descubrí que en la aldea del tiempo el viento baraja

una población de diez mil huellas nuestras o más. Una manada.

Allá va lo que es lejos ¿Hay alguien perdido para confesar

o prevenir la desventaja?

Aun no sé si se fue o si vino.

Hay que desfogar la ira y la demasía, cuando se teme

llenarse de frutas

acomodar en la pared de arena el papel tapiz

con la imagen del tren de fondo

cubrir el piso de flores

y ahí, somos como dos manchas que se van con el limón

o con el sol de la mañana por un cuenco de sal

que es solo para irse.

 

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