No todo lo que uno escribe es publicable. Diego L. García

No todo lo que uno escribe es publicable. La lista de las compras, los márgenes de un texto, el turno del dentista, el formulario de la obra social. Pero ¿qué es lo que uno escribe? Pongamos que uno escribe un-nuevo-poema en una hoja y dice “este es un poema nuevo”, entonces luego se sumará a otros y será publicado. En ese caso, se activa un protocolo titulable Vía para un poema nuevo: reposo, corrección, cumplimiento de expectativas propias, cumplimiento de expectativas del editor (por “expectativas” entiéndase Lo que creo que la poesía debería ser a partir de lo que he leído, y Lo que creo que la poesía debería ser para el éxito de mi catálogo ante los otros catálogos). Nada de esto ocurre para la lista del supermercado: huevos, yogurt, pan… o yogurt, pan, huevos… o pan, fósforos, manteca… En cualquier caso sería lo mismo. ¿Por qué? ¿Por qué esa lista tiene la suerte de escapar al protocolo? Porque permanecerá siempre como un texto, como un simple texto. Es decir, no se trata de un texto en vías de OBRA.

El hecho de que no todo lo que se escribe sea publicable, podría explicarse porque no todo lo que se escribe tiene por meta insertarse en el Club de las Expectativas. Ahora bien, ¿es posible publicar una escritura que mantenga su plasticidad textual? Una escritura inacabada, con los hilos sin cortar; como quien asiste a una fiesta luego de haber jugado al fútbol, embarrado, sudado y con los botines puestos. Ese sujeto no sería publicable en absoluto, ¿a quién se le ocurre no bañar y peinar con un jopo a la moda a su obra? El mundomercado ama a los niños prolijos, lárguese de aquí.

Llevémosle nuestros papeles al gran R. B.:

El texto se acerca, se prueba, en relación con el signo. La obra se cierra sobre un significado. (…) la obra funciona ella misma como un signo general y es normal que figure una categoría institucional de la civilización del Signo. El Texto, por el contrario, practica un retroceso infinito del significado, el texto es dilatorio; su campo es el del significante; el significante no debe ser imaginado como “la primera parte del sentido”, su vestíbulo material, sino, muy al contrario, como su demasiado tarde; igualmente, el infinito del significante no remite a idea alguna inefable (de significado innombrable), sino a la de juego; el engendramiento del significante perpetuo”

“el Texto puede leerse sin la garantía de su padre; la restitución del intertexto elimina, paradójicamente, la herencia. No significa que el autor no pueda “regresar” al Texto, a su texto; pero, en este caso, lo hace, por así decirlo, a título de invitado”

“Ordinariamente, la obra es objeto de un consumo; no hago aquí demagogia alguna al referirme a la cultura llamada de consumo, pero hay que reconocer que hoy, es la “calidad” de la obra (lo que finalmente supone una apreciación de “gusto”) y no la operación misma de lectura lo que puede establecer diferencias entre los libros (…). El Texto (aunque fuera solamente por su frecuente “ilegibilidad”) decanta a la obra de su consumo y la recoge como juego, trabajo, producción, práctica.”

 (“De la obra al texto”, Roland Barthes, 1971)

 Entonces, podríamos decir que el texto no sirve como objeto de consumo porque en cuanto “anotación” no supera el control de calidad/gusto protocolar. Coincidimos con Barthes en que no son frecuentes hoy en día las operaciones de lectura que interpelen a las escrituras como objetos de diferencia; (guiño a Derrida) se prefiere la cercanía del control a la distancia (“lo dilatorio”) que supone lo rechazable, lo desalineado. Tener la escritura bajo control, la escritura de un otro que se asume cercano para autor/izar la homologación a los productos de la góndola. Lo ilegible de la anotación (pienso en la conducta ilegible que Pappo retrató en la canción Sucio y desprolijo) es el juego que propone una lectura sin garantías: tómalo o déjalo.

Un-nuevo-poema-en-una-hoja debe atravesar en primera instancia lo que Ben Lerner ha llamado “el odio a la poesía”:

“El poema es siempre el registro de un fracaso. (…) La poesía no es difícil, es imposible. (…) “poesía” denota una demanda imposible. Esta es una razón subyacente por la cual la poesía es a menudo afrontada con desprecio en lugar de mera indiferencia y por qué es periódicamente tanto denunciada como negada en vez de simplemente desechada: la mayoría de nosotros cargamos al menos una leve sensación de correlación entre poesía y posibilidad humana que no puede realizarse mediante poemas. El poeta, por su propia pretensión de ser un hacedor de poemas, es por lo tanto una vergüenza y una acusación” (El odio a la poesía, 2016).[1]

 Lo imposible es el Poema-que-supera-el-control-de-calidad. Imposible en tanto “poesía”, o en tanto “poesía” pensada según Ben Lerner. Ahora bien, no todo lo que uno escribe es (debe ser) publicable y no todo lo que uno escribe es (debe ser) poesía. ¿Bajo qué condiciones se publica o se vuelve a un texto publicable?

La circulación de la escritura puede apuntar a una co-construcción del trabajo textual, fuera de toda norma y terapia para poetas. Los canales adecuados existen, y hallarlos implica la pérdida del control (el regreso barthesiano del invitado) para dar lugar a las verdaderas instancias del juego.

“No cambia nada estar un poco sucio si mi cabeza es eficaz” cantaba Pappo en los 70, ilegible para la música comercial y sus peinados en serie. Lo que no cambia es la posibilidad de no ser poesía (no ser Signo) y por ende interpelar con eficacia a lo humano que tiene el fracaso del protocolo. Parece ser éste el punto que busca Lerner, humanizar un quehacer y resistir su compactación y enlatado. Un poco sucio, para diferenciar eso que uno escribe del deseo ajeno y el arado de las impresoras.

[1]  “The poem is always a record of failure. (…) Poetry isn’t hard, it’s impossible. (…) “poetry” denotes an impossible demand. This is one underlying reason why poetry is so often met with contempt rather than mere indifference and why it is periodically denounced as opposed to simply dismissed: Most of us carry at least a weak sense of a correlation between poetry and human possibility that cannot be realized by poems. The poet, by his very claim to be a maker of poems, is therefore both an embarrassment and accusation”.

 

Anuncios