Andrés Fisher / Aeropuerto (WIP)

 

AEROPUERTO III

 

i.

Despegan aviones frente a los ventanales del aeropuerto.

 

ii.

Su ángulo de ataque varía según la posición de los motores.

 

iii.

Mientras, en el cielo grandes nubes alternan con los claros.

 

iv.

Y en las pistas, operarios transitan vestidos con uniformes multicolores.

 

 

AEROPUERTO V

 

i.

Las sombras de los marcos proyectan los ventanales al interior de las salas.

 

ii.

Así las barras negras se extienden, caprichosas, sobre viajeros y mobiliario.

 

iii.

Ya horizontal, el sol despierta brillos en las pistas y en las salas.

 

iv.

Y en el avión que se acerca, lentamente, hasta casi tocar con su morro el ventanal.

 

 

AEROPUERTO XI

 

i.

Las pistas de despegue se abren como las grandes alamedas.

 

ii.

En las vías laterales, en sentido contrario, aviones ruedan lentamente sobre el asfalto.

 

iii.

Tras el impulso, el trazado discontinuo pasa rápido y más rápido.

 

iv.

Hasta desaparecer, el ángulo de ataque proyectando el avión hacia las nubes.

 

 

AEROPUERTO XIII

 

i.

Declina el sol en los exteriores del aeropuerto.

 

ii.

En frente a la luna que emerge, cuasi llena, a contramano.

 

iii.

En la tibia brisa del verano y en la que escapa de las turbinas.

 

iv.

De los aviones, que aun adosados al terminal, ya inician sus rituales de despegue.

 

 

 

Poesía (Como digresión) (De Luigi Stornaiolo, casi. A través de Andrés Villalba). La musa es decapitada y queda la cabeza rodando por ahí. La cabeza en la polvareda del pensamiento. Nunca se puede. No hay chance de decir nada. Peor en primera persona. Mucho peor. El yo como lo más deleznable y perruno. Vivir en el campo para escuchar la música desbocada y a toda ostia. Con la base rítmica remeciendo la sangre y encabritándose el pulso. Delirándola. Todo va a peor si se lo explica. El yo (como) lo más miserable. El único discurso bochornoso. Una resultante pírrica y la papeleta está gastada. Y la vida misma adjetivada. Se dice que ya dijeron. Uno dice y nunca dice. La palabra como enfermedad del pensamiento. El equívoco es el único acierto. Solo queda hacer un autorretrato tapándose la cara. Un poema borrando las palabras.

 

Poesía (Como digresión 1) (De Luigi Stornaiolo, casi. A través de Andrés Villalba). Es como una epifanía de la esperanza. Porque yo es otro a día seguido. Desechar cualquier talento (uno siempre se estorba a uno mismo). ¿Cómo adjetivar esa descripción? Es como quedarse al lado del camino. La música retumba. Habla de líneas y de rayas. Se le hace honor, como no. Se pasa, entonces, al baño. El error es el hombre. El insecticida del yo viene en ese remitente. El yo porque sí no vale. Si se ha hecho algo, ha sido sin saberlo. La orgasmia, la narcosia, la mortuoria. La lisergia. Sigue retumbando la música. La circulación por esos tres campos como único referente. Se abolla en su porosidad. Embriones de ideas. Se trizan las palabras. Pensamientos errados porque las palabras se hacen humo. Imposible poner orden en esta debacle. Cambia todo por la mecánica temporal. Nada está quieto. Lo que está bien empeora. Lo que empeora muere. No se saben detalles de lo que ocurre en el cerebro. La palabra muta y se corroe. Las palabras duelen. El adjetivo toma partido y es un mundo propio. Pero la palabra tiene una felicidad que asusta.

 

 

Poesía (Degenerativa) (De Alejandro Tarrab, casi. A partir de W. Rathenau) Redes visibles e invisibles cubren las urbes con sonido. El centro inmemorial no siempre está en el medio. El casco se desvanece como músculo enfermo. Como el sol que declina de frente sobre la piedra. Sol y piedra llenan los ojos. Casco contra coraza. Ciervo en la nieve. Color desvanecido. Piel y tejido celular desbaratados por una sierra. Cuyo fin son los troncos. De los árboles ya vivos o muertos. Solo el casco antiguo de las ciudades puede llorar despierto. No el bosque aunque corra la sangre del que lo poda. Las carreteras y su abismo. Las pescaderías y sus moscas. Supercarreteras conectan fallas sísmicas e hipermercados. Vías de hierro para trenes y automóviles. Para la potencia de la voz. Y el aleteo negro sobre blanco de la palabra. Edificios municipales alineados ante el iris roto de lo desunido. De la carencia blanca de las ciudades blancas. Sus carreteras minadas. Sus edificios volados y reconstruidos. Sus pulcros hospitales donde se tiende la luz. Las bombas vuelven a caer. Dirigidas al confín. Al centro secreto de lo idéntico.

 

 

Poesía (Degenerativa 1) (De Alejandro Tarrab, casi.) Cables. En la ciudad hay cables. Toma cenital sobre la secuencia de cables en el área de la ciudad. Cables tendidos. Paralelos y perpendiculares. Convergentes y divergentes. Cables que electrocutan el presente y los recuerdos. Troles y trenes cable-impulsados. Movidos por sus descargas. Cables curvos como el horizonte. Cables rectos como los versos. Rectos como las líneas negras sobre el papel. Rectos como las líneas blancas sobre el espejo. Que desembocan en lenguajes extraños. Trabalenguas, disparates y marañas arrojadas por la boca. Por los ojos y las pantallas. Cables con rótulos. Sábanas con palabras. Cables aislados y seccionados. De los que cuelgan botas y zapatos. Cables de pudridero y sin descarga. Avispas sobre los cables de la niñez. Cables al cuello de la juventud. Marañas de cables suspendidas como un tendedero. Observan los cables y ahí se presentan. En maraña y observación.

 

Anuncios