Diego L. García / Leamos a Suzanne Foster y luego volvamos a revisar nuestros cuadernos

La publicación de To Vespers resulta una señal de alerta a la poesía de este tiempo. ¿Nos hemos estado salteando algo? Parece que sí.

La sombra híper estirada de la Alt Lit, el patriarcado cultural (en todas sus nefastas expresiones) y lo que Suzanne Foster llama “la dictadura de lo real” han venido moldeando los grandes bloques del mainstream literario. Foster viene a destruir este estado de situación. Un concepto muy bello que utiliza es el de “alternations”. Con él se refiere a las incrustaciones de materiales heterogéneos, no convencionalizados, de manera natural, sin pérdida del flujo textual, y al mismo tiempo a una dinámica que la vuelve imposible de controlar como un blanco fijo. Una paradoja, señalada por Maurizio Medo, que sostiene ese movimiento y que explica de alguna manera su poética es que aun en esa exploración de imágenes “lo real no se diluye”.  De este modo, Foster logra una escritura única (qué fuerte y verdadero suena en este caso) que nos invita al placer de lo dislocado, eso que nunca está en su sitio.

El zigzag va desde obras plásticas de Joseph Kosuth, Susan Hiller, Alex Colville a la colección de pornografía trans de la abuela, la revista Hola y un reporte policíaco. El sujeto de Foster nunca queda atrapado en su material, nunca está anclado a la cultura, al afuera del texto; va y viene, recolectando aquello que hemos perdido y al mismo tiempo haciendo de las miradas sin asombro una sintaxis posible:

“laboratorios, rostros de políticos, maquillaje. Un grupo armado toma a la mujer
y a la niña. Hijos del hombre. Un perro en una granja te araña los muslos.
Tienda de artículos para la pesca: Richard Brautigan se rasca el paladar
con el mango de un bisturí. Tres palestinos se ocultan detrás de un colchón.
Nunca tuve mascotas. Dos tanques. El zumbido son las células
de tu oído muriendo. Una niña busca las prótesis de su padre.
Inhala y luego tose, ¿notas el sabor a fresa?”

Un yo que entra en escena, un yo-niña que se proyecta sobre los otros personajes (la mujer-y-la-niña, el perro, Richard Brautigan, tres palestinos), para dar cuenta de un conglomerado difícilmente desentrañable que acostumbramos a definir como un hecho. Todas las esquirlas de la violencia de lo real están puestas en evidencia por esa voz inocente y resumidas en lo terrible de la pregunta final. No es la percepción lo que impacta en ese verso, sino el lugar en el que se inserta la pregunta por el sabor. Lo metálico, lo desabrido, lo incoloro de la existencia (acentuado en la “existencia” televisiva y sus noticias musicalizadas y sus mudas tragedias) puede dar pie a una diferencia, que es justamente el horror mayor.

Los hechos tomados (desarmados) por Foster son siempre la develación de un simulacro burgués, sus zonas tabú, la mierda bajo la alfombra. Intuimos que para la poeta no habría otra forma de operar en ese terreno que no fuera la de textualizar sus siniestras articulaciones y fragmentar con bellísima precisión los movimientos más ominosos. La sensibilidad (no pocas veces fílmica) para lograrlo es lo que genera una poética que desborda de manera constante y que la ubica entre los autores fundamentales que irradian a nuestra época.

La sensación tras la lectura es de total desolación, como si después ya no hubiera nada o, mejor dicho, como si después no fuera necesario que hubiese nada. Y paradójicamente, hay un alma en los textos (algo así como un impulso que los trasciende) que nos lleva a repensar toda la poesía posterior.

Suzanne, libre de nuestras palabras, poesía eres tú.

 

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