Andrés Piñeiro / La colina de los muertos

Primer corónica / foja 1 /
Nueua corónica / y buen gobierno deste rreyno.
El dicho libro compuesto y entitulado por don
Phelipe Guaman Poma de Ayala.

 

La dicha corónica es muy útil y prouechoso y es bueno para emienda de uida para los cristianos y enfieles y para confesarse los dichos yndios y emienda de sus uidas y herronía, ydúlatras y para sauer confesarlos a los dichos yndios los dichos saserdotes y para la emienda de los dichos comenderos de yndios y corregidores y padres y curas de las dichas dotrinas y de los dichos mineros y de los dichos caciques prencipales y demás yndios mandoncillos, indios comunes y de otros españoles y personas.

Y es bueno para las dichas rrecidencias y becita generales de los dichos yndios tributarios y de la becita general de la santa madre yglecia y para sauer otras cosas y para enfrenar sus ánimas y consencias los dichos cristianos, como Dios nos amenaza por la deuina escritura de Dios por boca de los sanctos profretas Heremías a que entremos a penitencia y mudar la uida como cristianos, como el profeta rrey Dauid nos dize en el pezalmo, “Domine Deus salutis meae,” donde nos pone grandes miedos y desanparos de Dios y grandes castigos que nos a de enviar cada día, como el precursor San Juan Bautista traxo los amenazos, azotes y castigos de Dios para que fuésemos en[frena]dos y emendados en este mundo[1]

 

El objeto ritual llamado Paccha -no más extenso que la palma de una mano, ni menos profundo que el sueño de una niña-, podrá contener la sangre de la víctima o la lágrima del victimario en exactas cantidades.

Los círculos concéntricos del recipiente –no menos de tres, ni más de cinco, según el dolor procurado o el sufrimiento recibido- tendrán la función de purificar los fluidos emanados.

De no lograrse tal efecto –la purificación de los fluidos, lo cual suele ocurrir en circunstancias excepcionales-, podrán congregarse en su auxilio animales de distinto origen -terrestres, aéreos o acuáticos- idóneos para la extirpación de los males o quejas proferidas por los manantiales.

 

Aunque ha habido españoles curiosos que han escrito las repúblicas del nuevo mundo, como la de México y la del Perú y las de otros reinos de aquella gentilidad, no ha sido con la relación entera que de ellos se pudiera dar. Que lo he notado particularmente en las cosas que del Perú he visto escritas, de las cuales como natural de la ciudad del Cuzco (que fue otra Roma en aquel imperio) tengo más larga y clara noticia que la que hasta ahora los escritores han dado.

Verdad es que tocan muchas cosas de las muy grandes que aquella república tuvo. Pero escríbenlas tan cortamente que, aun las muy notorias para mí, de la manera que las dicen las entiendo mal.

Por lo cual, forzado del amor natural de patria me ofrecí al trabajo de escribir estos Comentarios, donde clara y distintivamente se verán las cosas que en aquella república había antes de los españoles, así en los ritos de su vana religión, como en el gobierno que en paz y en guerra sus reyes tuvieron. Y todo lo demás que de aquellos indios se puede decir, desde lo más ínfimo del ejercicio de los vasallos, hasta lo más alto de la corona real.

Escribimos solamente del imperio de los Incas, sin entrar en otras monarquías, porque no tengo la noticia de ellas que de esta.

En el discurso de la historia protestamos la verdad de ella y que no diremos cosa grande que no sea autorizándola con los mismos historiadores españoles que la tocaron en parte o en todo. Que mi intención no es contradecirles sino servirles de comento y glosa y de intérprete en muchos vocablos indios que, como extranjeros en aquella lengua, interpretaron fuera de la propiedad de ella según que largamente se verá en el discurso de la Historia. La cual ofrezco a la piedad del que la leyere, no con pretensión de otro interés más que de servir a la república cristiana, para que se den gracias a nuestro Señor Jesucristo y a la virgen María su madre, por cuyos méritos e intercesión se dignó la Eterna Majestad de sacar del abismo de la idolatría tántas y tan grandes naciones, y reducirlas al gremio de su Iglesia Católica Romana, madre y señora nuestra.

Espero que se recibirá con la misma intención que yo la ofrezco porque es la correspondencia que mi voluntad merece, aunque la obra no lo merezca.

Otros dos libros se quedan escribiendo de los sucesos que, entre los españoles, en aquella mi tierra pasaron, hasta el año de 1560 que yo salí de ella. Deseamos verlos ya acabados para hacer de ellos la misma ofrenda que de éstos.

Nuestro Señor, etcétera[2].

 

 

… ataron mis manos y mis pies, incluso mi trenza fue
cortada con un hacha.
A mis hermanitas también les cortaron sus trenzas con
objetos parecidos.
Pude ver que a otros niños les quemaron las manos y
las piernas.
A algunos –los que más lloraban y pedían auxilio- les
quemaron sus caritas para que terminaran con sus
ruegos.
Pero fueron más crueles con los recién nacidos: a estos
les sacaban las tripas y les pisaban las cabecitas hasta
que brotaran sus sesos…

 

 

Rodeado de miradas que cobijan animales indefensos o fieras despiadadas, anduvo toda la noche protegiéndose del miedo y el granizo. La creciente del río ahuyenta a los viajeros y la luna es el único rastro resplandeciente en el poblado.

El anciano conduce el cuerpo endeble del viajero a una vivienda derruida. Le ofrece alimentos, una manta y un lecho donde reclinar su agonía. La luz de la lámpara se extingue. La voz entrecortada del maestro invoca sus plegarias.

El Artífice es arrebatado por el sueño primero que oculta la morada. El tiempo resquebraja su continuidad voraz y la muerte es una palabra inevitable en la ladera.

 

 

[1] Guamán Poma de Ayala, Felipe. Nueva crónica y buen gobierno. Madrid, Historia 16, 1987. [El manuscrito original fue redactado hacia 1615]

[2] Garcilaso de la Vega, Inca. Comentarios reales de los incas. Lima, Fondo de Cultura Económica, 1991. [La primera parte de los Comentarios fue publicada en 1609 y, la segunda, en 1617].

Anuncios