Diego L. García / Pensando en John Ashbery

Ha sido la suya una poesía de materiales. Relación con la pintura en modo improvisación; el asombro, producto de su swing mental, marcó el compás que dio sentido a la tela. Nunca al revés, no hubo página que llenar, no hubo burocracia ni manuales de estilo. Parmigianino y el renombre en lo convexo del ojo sin estruendos. Allá nacía, el reflejo de una nada. ¿Por qué, entonces, decir? No por escribir “acerca de algo”, respondió, sino por ese “contacto gozoso” con el texto, con el mundo a través.

 

¿[Sus poemas] no son lógicos?
No necesariamente. (Risas).

 

Todavía The Tennis Court Oath. Conciencia del juego político que los 60 atomizaron. La estructura del mundo como una burda propaganda. Desmalezar los huecos y citar el chiste perezoso del crítico: he aquí los huecos. ¡El poeta ha llegado antes! Ya nos trae los huesos pelados del monstruo, esa esfinge que aprieta la pasta dentífrica de un mundo perfecto y aséptico. J. A. tuvo tiempo para eso y más. Y en “la edad dorada de los paisajes” se quedó afuera de todos nosotros, mirándonos oxidar bajo la lluvia.

 

Mi poesía imita o reproduce la manera en que
el conocimiento o la conciencia vienen a mí,
que es por marchas, contramarchas y oblicuidad.

 

Su última poesía (A Worldly Country, 2007) habla de los lugares que nos habitan. Habla de un siglo XXI en el que “nuestro patético bote encallará” con la contradicción como ruta principal. Un collage que no vemos y del cual no escapamos: se necesita una voz como suya para encastrar las piezas del naufragio de manera anticipada. Así, cuando en 2016 publicara en The Nation un poema “contra Trump” lo haría fiel a su atajo para dar la vuelta al asunto y aparecer por el lado inapropiado. Uno de los versos dice: “Everything is changed”. Entonces sabemos que debemos borrarlo todo, formatear el discurso y volver al deseo primordial. Sólo allí, como un “efecto dominó”, podríamos reemprender la caída, todos juntos, hacia un infierno menos humillante.

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