Arnaldo Calveyra. Diario francés: Vivir a través del cristal.

El pan sin envolver en la mano, el anochecer: las manos nunca sucias para recibir, para llevar el pan. Imagen de este parisiense huidizo y sin denominador común.

 

Un extranjero te guiaría a través de la ciudad. Porque todo lo extranjero de uno se vuelve del revés, como un bolsillo vacío al sol.

 

Pasan con una estatura de ocurrencia mínima, provocando el paso en un viento de danza hasta dentro de los plátanos.

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No tienen un vacío circular donde esconderse cuando el vacío arrecia y que se apura a golpear y que de muerte se trata, de adiciones en escala.

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El dulzor de entretiempo no es de manzana cosechada en el frío de la noche quietita.

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Llevo un invierno sin las tres imágenes de las demás estaciones. Ellas van dentro de su frío congelado.

 

Ella quería una noche de pantera y fuego.  Venía una alameda a pasearse con la sombra mojada del caballo. Un caballo.

 

Esperar a que las cosas se produzcan en uno, tener una paciencia instintiva, y que las cosas se produzcan por reducción al absurdo.

 

No vengas, no bajes estos escalones, no todavía, porque, ¿ves?, la primavera salta en lo mozart del cielo y mi imagen de la felicidad era como la tuya ahora reencontrada, entrando al potrero las vacas por la tardecita esta toda nieve blanca contra los pinos pintados por los niños de vuelta de la escuela.

 

Lo inestable de una escalera, de lugar de paso, estación de tránsito, de lágrima fugitiva. Subir no es lo contrario de bajar; todos los paralelos que yo me había forjado entre vida y muerte se me han estrellado contra la escalera. Ya no me interesa el estilo, la casa. El arbotante a través del océano.

 

El viento daba con la playa. Su grosor se confundía con el frío, sensación de mentas en los brazos. Los acantilados devolvían esa pelota llena de claros y de negro, empastada, aletargada con lo pegajoso del mar.

 

9789874159069

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