Eduardo Espina / El habla magnífica de un balbuceo. Sobre METELMI, de Ángel Cerviño

cerv¿Es la realidad el único lugar donde la historia acontece? Es una de las preguntas que se hace la poesía de Ángel Cerviño. Parece, digo, pues para estar segura debe dudar. Atisba al borde de lo sucinto. Mediante la superposición de sentidos que mezclan imaginación y pensamiento, la palabra en ascenso libre se desplaza alerta hacia algún sitio sin denominar en busca de respuestas, y en el camino, que es también, la casa portátil donde el tiempo reside, encuentra una gama diversa de certezas relativas a los temas que la mirada va descubriendo, ninguna superior a la otra, ninguna sin menos para decir que las demás. La realidad es una de las historias donde el lenguaje encuentra su vértigo, su disposición a no mirar para otro lado. El resultado –el libro que viene a continuación de este prólogo- es un extraordinario desafío a lo absoluto como procedimiento, un homenaje al propio acto de hacer del poema un lugar de convivencia.

Cerviño es un poeta descomunal, con un particular modus operandi. Resuelve con facilidad el dilema de la forma al sacar al poema de su definición tradicional basada en la eficacia de las interpretaciones y en el acopio de emociones producidas por la información provista por las frases. El poema existe según hace su aparición, aunque durante el proceso de composición la escritura se va llenando de apariciones. Para poder decirlo de otro modo –es lo único que va quedando por realizar- el núcleo no se da por vencido, consigue que su incidencia no sea ni por asomo evidente. Las razones inclaudicables del desconocimiento construyen una montaña rusa en la cual las cosas suceden en dirección inversa a la que va el carro. ¿Será la perplejidad de la mirada ante los hechos por haber ocurrido de otra manera? Me animo a suponer que sí. Pero hay más, pues al lenguaje le pasan cosas incluso después que terminó de hablar. El pensamiento viene acompañado de la cantidad adecuada de ficción. Es una buena forma de decirlo. El proceso de la lectura, no en vano, invita a ver el proceso del poema según se desarrolla. Las palabras enfrentan, me animaría a decir “por primera vez”, el dilema de ser como se les antoje, incluso sintiéndose sorprendidas por la forma de solucionar su decir, su ‘más allá’ en la historia y en la realidad.

Hay un tono que concierne al balbuceo propio de aquello que prolonga una distorsión, un estilo de habla que logra zafar airoso de las estadísticas del cómo decir. El poema comunica influencias que vienen de él, un estrato nada simbólico que se distancia de lo que sería considerado correcto para decir. La articulación, lo mismo que la estructura tonal, no se adhiere a fórmulas específicas del hablar lírico, de ahí que la luminosa opacidad de los poemas resalte por la naturalidad con que su voz emite formas de comunicar y a la misma vez de quedarse en sí misma. La audición fonética resalta en primer plano, para que quede claro que su historia es la instancia que origina el balbuceo, el estado de anonimato –a punto de desaparecer-  de aquellas partes del lenguaje que no pueden ser ignoradas. El poema es la condición de un mecanismo que impone sus propios términos,  y marca a su vez los límites de una comunicación que no se olvida de extender su mensaje, por más que este se caracterice por su borroneada resolución. De ahí que en el momento de hablar nada puede quedar fuera, ni siquiera aquello que no puede decirse de otra manera. Las estancias en el interior del sentido encuentran formas de cambiar autorías, de hacer el intento por no ser encontradas. Recurro a Sor Juana para ilustrarlo: “de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, /es menester decir siquiera que no se pueden decir”.

Gozosamente ejemplar en la manera de traicionar una y otra vez las expectativas, MELTEMI se erige contra la interrupción. Sus coordenadas le impiden quedarse en la trinchera del habla en actividad y esperar el ataque de la interpretación. Al auspiciar un proceso de aprobación de la realidad por oposiciones, las palabras salen a lo que sea, que siempre termina siendo un habla dinamitada, incapaz de ceder un ápice a lo que solo puede decirse de esa irregular manera, con todo a favor y nada para presuponer que puede haber algo en contra, salvo el raciocinio preguntándose a los gritos cómo pudo ser que lo dejaran fuera de la operación. Bien sabemos que en el lenguaje no hay nada no referencial y que todo quiere decir algo, y algo siempre es algo más. En ese acopio residual del procedimiento empleado, el poeta alerta esta vez que la referencia –a un objeto, a un lugar fuera de la dicción- no refleja conceptos, sino la inclusión del lenguaje activo mediante su acotamiento, dejando en su interior solo aquello que no puede estar fuera. La lógica intrínseca se carga de circunstancias recién estrenadas.

Como si estuviéramos situados en un laboratorio de revelado fotográfico, en la poesía de Cerviño encontramos la aparición de imágenes que no estaban a la vista hasta que de pronto comienzan a ser vistas. El poema es un ejercicio de arte fotográfico. Mediante la extensión de un campo visual autóctono fomenta, de manera lúdica y amable, el desconcierto del pensamiento al pensar más de la cuenta hacia todos los territorios del lenguaje, acuciado porque en el acto de expresarse el habla se rebela, y va de un lado a otro, tocando todas las orillas, pasando con absoluta impunidad de la imaginación a la experiencia, y de la experiencia a lo que solo ha pasado en algún lugar remoto de las palabras mientras hablaban entre ellas.

A medida que la concatenación y la parataxis hacen sentir su influencia sobre la sintaxis, el lenguaje de MELTEMI acelera su desplazamiento de manera intencionalmente titubeante, como si la rápida procesión de sentidos fuera la usina inmediata de frases rotas, que no buscan informar de actos mediante el recurso de la mimesis –tan de moda en nuestros días-, pues eso sería caer en un facilismo imperdonable, aquel que no ha tenido en cuenta el arsenal inmenso del lenguaje a la hora de emitir, determinar y editar. El poema se presenta como series de dicción encadenadas por una lógica implícita de desfamiliarización de cualquier posible contenido más allá del que ha sido aludido. En forma simultánea va en varias direcciones, que bien puede ser ninguna o la misma, hasta ejercer su autonomía. La noción de normalidad es abolida y en su lugar surgen efectos de congruencia sin equivalencia, pues todo en la serie clausular existe para ser solo de una manera todas las veces distinta.

El cuerpo de actividad lingüística va tirando por la borda los temas, se libra de la carga de supuestos contenidos que deberían ser develados después de plantear la pregunta: “¿qué quiere decir el poema?” El lenguaje es articulado en direcciones inversas, no en vano, apenas la lectura comienza se impone un sentido de totalidad superpuesta, esto es, hay varias totalidades en la misma, la cual, por ser una y muchas a la vez, nunca alcanzan a pronunciar un mensaje de sentido único, pues el énfasis solo está completo en las partes. El esquema no es descriptivo. Examina otras posibilidades fuera del ámbito semántico. La descomposición clausular ronda la agramaticalidad, pero una y otra vez logra salir ilesa del procedimiento, sin que el carácter innovador del poema corra el riesgo de convertirse en laberinto en cuya entrada nos dan una manual informando sobre la forma de encontrar la salida.

La voluntad decisoria del poema sitúa a este en los instantes muertos del tiempo, más allá de los cuales la ficción del sentido de totalidad, lo que se dice, la realidad dada por completa, se diluye y comienza a hacer caso omiso a sus consecuencias. Si bien no es difícil estar de acuerdo con Maurice Blanchot cuando afirma que “la obra de arte, la obra literaria no es acabada ni inconclusa: es”, también es cierto que MELTEMI atenta contra lo que “es”, para poder ser lo contrario; una manera de figurar la “nada”,  la cercanía real con una perspectiva que viene a representar por designio lo que no es. El poema es la rectificación de un inicio permanente, la interpretación minuciosa de las formas de situarse en el acto de escribir. La escritura enmienda un devenir que irrumpe y se encripta, para de esta manera transformar las preguntas que va planteando, diciéndolo con respuestas que también podrían existir de modo diferente. En tanto material indiscutible, el poema corrige un estado de insaciabilidad, aunque nada de azar recorre al uso del lenguaje, por el contrario, el “hacer bajo control” es la razón de la poética de Cerviño. Un trabajo de relojero, que también tiene al tiempo bajo control.

Una de las características de la lengua literaria es que puede romperse y reacomodarse a su antojo, generando espacios de atención ideal donde la posibilidad de generar otros, aun irreconocibles, altera la forma de estar en el idioma. En esos pasajes el lenguaje asume su radical privacidad, adquiere funciones y perspectivas en dirección opuesta a cualquier intento de descripción. El poema se queda a las puertas de un registro, pues entre sus propósitos no figura fijarse en un sitio, sino observar y concebir desde una periferia en la que el interior y el exterior del lenguaje no pueden ser silenciados; hablan, pronuncian, se ponen de acuerdo para no decir lo mismo y propagar propiedades acústicas convertidas en frecuencia.

Hay por consiguiente un incremento de causas y motivos que amplían el radio de sus permutaciones. Las etimologías deletrean el paso metonímico de una aspiración de absoluto a otra, eliminando dispositivos convencionales para tratar a la palabra poética, cuya irresolución se extiende hasta el punto de la no culminación. Al responder a la llamada de lo que no puede ser escrito sino de esa única forma, el poema parece quedar librado de autoría –es un lenguaje que habla, que no para de hablar- y pasa a existir como unidad transgredida por el plan transliterario que se ha planteado como objetivo.

El poeta activa una operación de desmaterialización de la realidad como serie de contenidos reproducibles; el ritmo de lo improbable va dilatando la consecución de una verdad desfigurada, sobre la que una y otra vez es necesario escribir, pues la palabra es acto de captación, no intermediaria de una mimesis con sus marcas claras de sentido. El poema se halla salpicado por todo aquello que podría no haber estado pero está, para impedir que sobre los hechos del lenguaje se cumpla la representación.  Avanza re-direccionando el aparecer de sí, desacoplándose, estableciendo una linealidad engañosa, en tanto se desplaza mediante zigzags, imponiendo desvíos cuando la perspectiva parecía que iba a plantar bandera.

El acceso a lo disperso oculta sus claves, traza antinomias sin resolución, sistemas sin síntesis en el mejor de los sentidos; el vértigo de lo incompleto se posterga hasta encontrar su actualidad en el habla ventrílocua de la escritura, en el registro que existe a partir del corte, del borrón y cuenta nueva, porque ahí es donde el lenguaje debe lidiar con las palabras, crear su sintonía y su idiolecto a partir de todo lo que pueda entrar en el acto de nombrar sin que se sepa bien qué. El poema se hace adepto a las expectativas que traiciona desde su atrincheramiento, a ese quedar situado en la desorientación.

Rara avis dentro de la poesía hispana –de ambas márgenes del Atlántico- Ángel Cerviño hace hablar en voz alta a pensamientos autistas que van bajando incluso más su tono, como un actor cuando abandona el escenario mientras las luces se difuminan, justo el día del estreno, que coincide con el de la última función. En medio de esa tenue iluminación pareciera que en determinado momento el sentido dejó de estar de acuerdo con las palabras, las que encuentran su manera de responder a lo que dicen o bien la respuesta es solo el esbozo de una dicción, en tanto la continuación se corta ya que otras ideas han surgido justo mientras el poema se estaba dando cuenta de las demás.

Los entramados clausulares forman una larga hilera de lenguajes eludiendo, tal como aparece y parece, lo que aún no terminó de ser dicho, pues nunca comenzó del todo. El habla entra en actividad para balbucear, para hacer del balbuceo su estado de totalidad. Mientras tanto, en la certeza por seguir dependiendo de la incertidumbre, todo sucede al mismo tiempo, según la lógica de un motivo en fuga, al que nada le hace falta, al que le basta con seguir existiendo por su cuenta, entre los varios sinónimos de lo desconocido, donde la realidad del nombrar, no necesariamente nombrada, va a donde sabe que debe volver por vez primera. Estamos, pues, ante la inminencia de un hallazgo mayor al que intencionalmente se le ha privado de un objetivo.

 

———————————————————————————-

EL HABLA MAGNÍFICA DE UN BALBUCEO. Texto de Eduardo Espina que servirá de prólogo a la reedición de Meltemi de Ángel Cerviño, que el próximo mes de octubre publicará la editorial madrileña AY DEL SEIS. Meltemi se publicó originalmente formando parte del libro ¿Por qué hay poemas y no más bien nada?, editado por Amargord ediciones en diciembre de 2013, dentro de su colección Fragmentaria. El texto de la nueva edición reproduce íntegramente los contenidos de aquella publicación e incorpora una nueva sección inédita: Tomas falsas.

 

Anuncios