Diego L. García / Amuletos de la crítica: sobre un poema de Brian Álvarez

DISCURSO DEL PROGRAMADOR

Casi a medianoche compartí
un ensayo de Brodsky
sobre un poema de Dolgopolov.
Hay dos problemas:
no leí el ensayo;
Dolgopolov es un tenista.
Me voy a dormir. Lo dejo.
No me importa.
Espero que nadie se dé cuenta.
Con un poco de suerte, en la mañana
voy a tener nuevos amigos
que me ayuden a agrandar la confusión.

Cuando leí por primera vez este poema me quedó resonando la tensión poeta-tenista (recordé el gran ensayo de Foster Wallace El tenis como experiencia religiosa). En las lecturas siguientes aparecieron otras: vigilia-sueño, trabajo-agotamiento, problemas-importancia, compartir-repercusiones, amigos-confusión. Y en una tercera capa de observación (ya no lectura): la categoría de “discurso” que absorbe todos esos puntos agónicos como un proceso consustancial.

¿Es el poeta un programador?

Si entráramos en una analogía sencilla (imaginación, creación, lengua propia, intertextos, etc.) podríamos contestar a coro que sí. Pero generalmente las respuestas a coro son programadas por los heraldos de la antipoesía. Es decir, cuando en un enunciado nadie se sale de lugar es jodidamente antipoético (y políticamente jodido). Acá, en el poema de Brian Álvarez (Argentina, 1991), el programador no es el héroe tecno que desplaza a un arte oxidado, sino un sujeto cautivo de las norma sociales que las redes tejen para nuevas concepciones de “éxito”, “circulación”, “lectura”. Si este posteador espera “que nadie se dé cuenta”, define con precisión irónica a su público: los lectores actuales de ensayos sobre poesía.

¿Cómo evitar escribir un ensayo sobre Dolgopolov?

Un ensayo tal como se lo presenta en el poema, como un bloque que puede beneficiar en amistades y que tiene la posibilidad de pasar sin riesgos por los radares de sus lectores, hace de la crítica-del-programador (desde la apropiación de ese posteo, con, ahora, una doble firma) un objeto mágico de poder que se impone por un lenguaje tercerizado. Comparto aquí un ensayo sobre D. y todos se inclinan ante el gesto sacerdotal (y ante el objeto venido de la incertidumbre): me parece que hay demasiados amuletos sagrados en esta época. La crítica a la crítica es la lectura de su inconsistencia. Dolgopolov y Brodsky son etiquetas de ingreso a un racimo de prejuicios soportables, apuntalados por ensayo, sin necesidad de consumo; pases gratis a “algún-lugar-cualquiera”. Pero gratis y dadores de cierto azucarado esnobismo.

La seguridad del efecto se anticipa a la palabra: “voy a tener nuevos amigos”, como un deseo prologal. Si los textos contemporáneos conforman una nebulosa donde el “voy a tener nuevos amigos” cotiza alto, el ajuste debe realizarse en la autolectura de nuestras prácticas consumistas (ahí donde se nos escapan frases como “Qué gran poeta Dolgopolov…”). El programador no está presionado por lo inmediato (la inserción de sí mismo en la contemporaneidad) y decide irse a dormir. El trabajo sucio le queda al sujeto-Brodsky (no sabemos si será el mismísimo Joseph) que debe volver al futuro para terminar su batalla contra Dolgopolov; evitarse la farsa o constituirla en obra.

 

 

 

 

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