Nick Cave / Un mensaje oscuro y espectral

KANSAS CITY – MISSOURI

Soy un sistema nervioso que se alimenta de risas y fantasmas.
Los fantasmas aúllan a través de las palabras haciéndolas armonizar.
No tenía idea de que podía haber saboreado tu dulce aliento por última vez,
y cuando en casa pienso en ti, noto
en el pecho la breve expansión de un anhelo preocupado,
mientras cruzamos el límite estatal hacia Missouri
y estacionamos el autocar junto a la carretera y desembarcamos,
y en la pausada oscuridad llegamos a la pradera con su hierba baja
que nos roza el vientre como serpientes.

Representamos la matanza del bisonte por parte de William “Buffalo Bill” Cody,
y después la guerra contra los indios, incluida la Batalla de Coon Creek.
Y esa noche, en el Intercontinental de Kansas City,
trato de llamarte por el cable transatlántico de comunicaciones,
pero el teléfono se limita a sonar y a rimar,
así que dejo un mensaje oscuro y espectral
en nuestro contestador. Dice:

Eres el escultural bisonte que hay en la pradera de mi ausencia.
Eres la tristeza de Squanto al regresar a su hogar.
Eres la lágrima derramada en la manga de cuero sin curtir.
Levanta el teléfono.
Levanta el teléfono.
Yo soy la joroba despellejada que pinta la pradera de rojo.
Yo soy el tipo de las moscas. Yo soy el que se muere.
Yo soy el hombre que va de gira y se esconde.
Yo soy el que se casó y huyó.
Contesta el teléfono.
Contesta el teléfono.
Yo soy el muerto.

Después me tomo una pastilla y me meto en la cama.

 

*

Bajo las sábanas, me pongo la bolsa para el mareo al lado de la oreja y la agito. Oigo el tintineo de los símbolos de las nueve musas: la tablilla para escribir, el pergamino, la flauta, las flechas del amor, la máscara trágica, el arpa, la lira, la máscara cómica, el globo celeste y la brújula.

Oigo la sangre caliente de mi cuello que impregna la autopista mientras llamo a casa y tú no contestas.

Oigo el corazón terrible del niño apuntando hacia el tren que se acerca a toda velocidad.

Oigo a gente sin sangre susurrando, compadeciendo y conspirando. Reconozco las voces; son de colaboradores de un pasado lejano.

Mis nueve musas duermen tranquilas, sobre mi pecho, pues han concluido su trabajo de hoy.

Regulo mi respiración mientras los ángeles con las alas desplegadas me llevan.

En mi sueño, me transportan a través de un paisaje onírico norteamericano, delicado y violeta, una panorámica de solución y resolución, donde lo mejor que podemos hacer se nos revela sin ningún esfuerzo.

 

MILWAUKEE – WISCONSIN

 

A la mañana siguiente vamos en el autocar hasta Milwaukee,
donde si no eres alemán es que eres polaco.
Al menos eso es lo que nos dice el tipo del restaurante Mader’s
mientras nos trae un pretzel grande como una cabeza humana cortada.

Después, en una noche lluviosa, corremos hasta el Hotel Intercontinental
con los chalecos antibalas de plástico azul puestos encima de la cabeza,
paso junto a los cazadores de autógrafos y ante el espejo del baño canto:

Cuando me pongo esta máscara, todas las chicas gritan.
En cambio, cuando me pongo esta otra, se ríen.
Cuando llego a Milwaukee con una pinta de nata,
meten la cabeza debajo de las sábanas.

Preparo cuidadosamente un engrudo en un recipiente y me pinto el pelo de negro,
de modo que cae como el ala de un cuervo, oscuro y brillante,
sobre mi frente, que tiene varios pisos. Me acerco y observo
los confusos cultivos circulares de mis ojos. En el derecho,
sobre lo azul, hay una pequeña decoloración marrón, y los blancos
están empezando a amarillear. Tengo una mancha en la sien izquierda.
Una araña vascular en la ventana derecha de la nariz. La luz del baño es brutal.
Cambio la posición de la cara para dejar de parecerme
A Kim Jong-un y empezar a parecerme un poco a Johnny Cash,
o a algún otro. ¡Espera! ¡Un minuto! ¡Ahí está! ¡Así!

*

En un estudio de Malibú, Johnny Cash se sentó y tocó una canción. Estaba parcialmente ciego y apenas podía caminar. Yo estaba allí. Vi a un hombre enfermo agarrar su instrumento y ponerse bien.

Por desgracia, también he visto lo contrario. Agarrar, agarrar, agarrar. He visto a hombres que estaban bien agarrar sus instrumentos y ponerse enfermos.

 

*

Resistir la necesidad de crear.
Resistir la creencia en el absurdo.
Resistir mediante la provocación.
Resistir mediante la enfermedad y la tristeza.
Resistir mediante la masturbación.
Resistir gracias a los libros de autoayuda.
Resistir gracias a hacer cosas por los demás.
Resistir gracias a compararse con los demás.
Resistir a través de la opiniones de los demás.

Éstos son Los nueve tormentos del desarrollo. Viven en la sangre y en la piel y en los nervios. Están tan presentes en nuestros progresos, y resultan tan catastróficos para ellos, como un tren fuera de control que avanzara tronando hacia nosotros mientras nos quedamos paralizados de miedo en las vías.

Las entrañas supurantes de mi bolsa para el mareo diseminan barras y estrellas
sobre el suelo de serrín de los Estados Unidos. Pero ¡escucha!
¿Qué es ese dulce aliento que noto en la oreja?
Son las musas y Johnny Cash que nos van soplando mientras avanzamos.

MINNEAPOLIS – MINNESOTA

 

Estoy vomitando los mejillones y el pretzel de Milwaukee en un callejón
detrás del Teatro Estatal de Minneapolis (Minnesota).
Minneapolis, con sus razonables pasarelas peatonales que te protegen de las inclemencias del tiempo,
y el Teatro Estatal, una versión libre del estilo renacentista italiano,
con su proscenio restaurado curvándose treinta metros por encima del escenario,
comprado por Live Nation en el año 2000
y vendido a Key Entertainment en el 2008.

Llegamos pronto, pero nos dan ganas de vomitar y salimos tarde.
Las muestras de cariño del púbico son asombrosas. “¡Mira!”.
¡Los cuerpos de la gente se están convirtiendo en pilotes de hormigón!
¡Sus brazos se extienden como las ramas letales de árboles a medio talar!
¡La música viene retumbando hacia nosotros por las vías!
Hemos vadeado a través de la sangre del búfalo
y de los guerreos cheyennes para estar con ustedes esta noche. “¡Mira!”.
Los pilotes de hormigón se están convirtiendo en columnas de luz.
Estoy como un perro despellejado sobre mis patas traseras y muestro
una amplia franja de piel húmeda y rosada. “¡Salten!”, digo,
sujetando torpemente mi bolsita de vómito. “¡Salten, cabronas!”.
Y todas las columnas de luz se agarran de la mano y, una por una, saltan dentro.

*

Esa noche, tarde, en el Grand Hotel, en el centro de Minneapolis,
agarro Las canciones del sueño, de John Berryman,
como un ladrón experto. Ralentizo el pulso de mi corazón
y pego la oreja a las dieciocho vías
de versos oscuros y vibrantes. Las tripas me rugen como un tren.
Lenta, pacientemente, voy apagando los interruptores y, aterrorizado
y cómodo, todo el mundo se desmorona. Bostezo.

Entonces sueño que voy hasta el puente de Washington Avenue,
donde el poeta debatió entre la sutil diferencia entre
volar y caer con la orilla, hermosa y cubierta de hierba, que tenía abajo.
Tienes que dar el primer paso tú solo;
un ángel fraudulento con unas alas de papel pegadas a la espalda, como una vela,
dijo: ¡tienes que dar el primer paso tú solo1 ¡Y, por la tanto, también el último!
Después empujó a John Berryman por encima de la barandilla.

Y mientras el poeta , que quedó como un acordeón, se ahogaba en la hierba,
Llego al cuarto verso de “La canción del sueño 54” como un tren fuera de control:
“Me apoyo en la costosa cama y pienso en mi mujer”
y me despierto con una urgencia, con una necesidad imperiosa
y llamo, llamo, llamo a mi mujer. “¡No saltes! ¡Por Dios! ¡Cariño, no saltes! ¡Levanta el teléfono!”.
Mientras, recuerdo, en los escalones de nuestra casa,
su mirada al despedirme, húmeda, inestable, que decía ay, ay, ay,
no te vayas. No vayas. Quédate en casa.

*

La canción de la bolsa para el mareo es las sobras.
La canción de la bolsa para el mareo es las peladuras.
La canción de la bolsa para el mareo es las virutas.
La canción de la bolsa para el mareo es los últimos vestigios.
La canción de la bolsa para el mareo es la bilis y las tripas.
La canción de la bolsa para el mareo es los restos y los residuos.
La canción de la bolsa para el mareo es la escoria y lo devuelto.
La canción de la bolsa para el mareo es la hez en el fondo del barril.
La canción de la bolsa para el mareo es lo rechazado, vomitado.

Para poder seguir avanzando y mañana saltar de otra manera.

 

 

 

De La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015)
Traducción de Mariano Peyrou

 

 

 

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