Donde fulgen muertas las calles en la capital más andina del planeta / Andrés Villalba Becdach

El pulgar de Simic

En la plaza Vigil de Tacna hasta el incienso de vainilla es falso. Todo es falso. El cuarto de hotel es un chicle: la vida apócrifa. Bebo a diario ungüento lóbrego de estrellas al fondo de este vaso de chicha que es igual a la placenta de una tortuga. Ediciones pirateadas de Luis Hernández: todo lo que tenemos que viajar solo por ser más inútiles y justificar nuestra incompetencia. Los pajeros e inservibles no tenemos salvoconducto para vivir: de ahí viene la obstinación de refugio en cualquier poema por más malo que sea, es una extensión de esta terrible ineficiencia, de esta derrota, de esta caricatura y trampantojo que somos. Sabemos que escribir/leer un poema es el onanismo superlativo, como un perro que cubre con tierra su mierda para ocultar sus traumas. Es que somos adictos a los grandes enfermos: ¿un escritor que no está enfermo es un tipo de cuarta? El tembladeral del despojo con el corazón planchado como una orquídea de vidrio. Hay que convencerse que solo dormimos para olvidar el hartazgo consuetudinario. Solo dormimos para olvidar. Es la soledad más tenebrosa en esta artillería al sur de la última cornisa del Perú: libros como espejos donde contemplo mi rostro alguna vez lozano y ahora ferozmente ajado: Ave soul, Alcools, Insufrido fuego. Los estúpidos y retorcidos autores que leí de joven, de los que me enamoré y solo cambiaron mi vida para mal. ¿De qué sirve seguir hueveando para sublimar la vergüenza? Otra vez a perecer con las espinas del sr. de los guayabos y con la edad acumulada en la garganta. Sufre mucho el payaso desmaquillado del corazón porque en la noche –ya estoy en Quito otra vez– cuando esta ciudad vuelve a su camisa de fuerza, cuando vuelve a su lápida sin cruz, las buganvillas son cigarrillos, los meteoritos son escoriales y los puentes son el vómito seco de un triste borrachín de lunes. Los teléfonos son venas y la lengua un hermoso trapeador con brea. Otra vez se me cayeron 40 dolaritos: un templo de tristeza con las piedras de mis bolsillos. No entiendo para qué las flores de ceniza que crecen en tu lengua si tenemos la sangre del pulgar cortado de Simic para pintarnos los labios.

Hay que llegar borracho

Hay que llegar borracho muy borracho a las 5:11 am después de haber dilapidado todo lo poco que quedaba, lo que nunca tuve y pensar que siempre fui importante, que tengo algo que decir al mundo, que el santuario de traumas que acarreo sirven de algo, ¿de qué me sirven los traumas del prójimo si tengo suficientes cruces de lodo con los propios?: en esa pregunta radica el onanismo inmortal de la poesía.

Solo somos un saco de cemento con muchas agujas en la boca. Hola sr. Cebritas, son las 6 am y otra vez estoy borrado del mapa, todo lo que haga va a ser malo, solo servirá para perecer en el colmillo del arrepentimiento y escribir boludeces como éstas. Si solo supieran lo que me cuesta la baba en la página. Huele feo. Crecieron polillas en las venas: luxis de alcantarilla en las venas. Entiendo que todo lo hice mal y tarde. Tantos años en coma solo para pontificar y prolongar el parasitismo: el cruel ritual del fracaso como un alacrán de agua en el desierto del poema.

Tengo una flecha de abono en la boca, soy como ese pájaro tuerto que reposa en el árbol de leche que sale de mis tetillas: la noche de ojos de caballo donde gimen mis máscaras, la noche donde encontramos colchones dentro de los ojos del ganso que tiene nuestro muñeco en su nudo de mortadela (nuestro pene en su ano). No es posible, hay que dolerse muchísimo y sentir que cada palabra es una venta trunca de flores y ángeles extraviados, cada palabra es una casa de ceniza, cada palabra es un alambre de púas.

Tengo un cenicero que duele: es la silla eléctrica del mentiroso y felón, no puedo coserme la boca con las hilachas del ángel anoréxico: la ceniza de la libélula en la boca ha sido bien fea. No hay que preocuparse: vendrán vergas mejores. La grasa no se lava, tengo tanta grasa, esta página es un templo de grasa, esta página es una motocicleta oxidada, un zaguán, una deuda, una ventana de youporn donde también pierdo. No puedo ser tan enfermo, no es culpa, la enfermedad vino cuando me regalaron el primer reloj: el primer trauma bajo este paraíso de azufre: la salvajada de la noche extiende su agonía en mis carencias, sus ratas en mis orificios.

Lo único bueno de esta abadía de pérdidas es que sigue lloviendo: el olor de la lluvia con smog es el recuerdo más diáfano de la niñez. Merluza de infancia donde tropiezo todos los días y amarro mis cordones a los rieles: también puedo decir que fue el tren el que se chocó contra mí. Ya no hay cómo ser obedientes y domesticados: somos como los pajaritos con sida que tienen muletas como alas en la copa de ceniza del árbol de vidrio que crece en nuestras cabezas: mi cielo de yeso y gasa donde retozamos con los cuerpos que no pudimos desmembrar y corromper: el amor es la destrucción de los misterios.

Nunca habíamos llorado tanto como la última vez que nos despedimos con mi hermana Karina en Wynwood Walls: el llanto como un tiburón que muere desde que sale de mis párpados hasta que cae en las manos.

Hay que dormir y desparecer, pero tampoco puedo, son las 6:17 am y tengo el cerebro en las uñas: llueve sobre la lengua del espanto. Graniza sobre este jardín de costras que tengo como cabeza, sobre este hervidero de pájaros de mercurio y estrías que tengo en el pecho, sobre esta tristeza que acarreo como cuerpo: la lluvia en mi ventana siempre fue la piedad de mi fracaso.

La sombra incandescente de los grillos se pierde en mi boca: en mi corazón hay una lámpara llena de orugas y moscas muertas. ¿Tengo un Calígula en el escroto? Tarde comprendí que el rostro es una pastilla efervescente bajo el agua.

Ayer fui a un bar, hubo un concierto de rock, una chica inverosímil cantaba las mismas canciones que mi mamá hace 30 años. Solo pude retirarme y doblarme en la barra, cabecear y cabecear la barra para perpetuar la trizadura, pedir más traguito y llorar llorar llorar.

¿Tengo una anguila de alcohol en las venas?

Un whisky de 18 años funda su mariposario de acero en mis dendritas.

¿Despierto sudando y con frío dentro del sueño trunco de la borrachera?

 

Adictos al acorazamiento andino

 

a Luis Borja

 

Todos los días salgo derrotado del trabajo, con la guillotina de la testa en las manos solo para mirar abajo y más abajo: paraíso de orquídeas negras en las grietas del asfalto, al filo del acantilado solo existe la piedad del carroñero: soy una flor de hueso. –Con tanta carroña en la cabeza te convertirás, me dicen, en carroñero: hay un buitre voraz de ceño torvo que te está devorando las entrañas–. ¿Es verdad esta rosa de cocaína que tengo como esqueleto?

Bajo a La Marín por la calle Chile, uno de los recorridos más feos del mundo a esperar el bus de regreso y todo, solo para hacer lo mismo al día siguiente: el hartazgo como una hamaca en la garganta del gallo más méndigo del alba. Aquí, donde el corazón es un motel de termitas y alacranes badeas andinos, aquí, donde fulgen muertas las calles en la capital más andina del planeta y son tan vivos los cementerios el domingo a las 6 de la tarde: eso es Quito. Y es domingo. Y llueve. Y veo la niebla cabecear en las ramas secas. Tras las ramas, la ciudad como un pájaro desollado. Tras el pájaro, estoy mudo frente a esta máquina con el acto obsceno de tener que dizque escribir y decir cualquier boludez: la palabra llegó a la cúspide de la degradación. Veo pasar los carros como cruces rojas, las gotas caen como mi cuerpo del otro lado de la ventana. La lluvia como una mantarraya que viene a besar mi quebranto, la lluvia como el semen de los tigres de lo que nunca pudimos ser, la lluvia quiteña como el ruido de la ratas que copulan en mis zapatos.

Somos menos que una lágrima en un río de brea.

Todo el esfuerzo cae en saco roto, del sudor florecen avisperos de ceniza: avispas de carbón que saben llorar. El musgo que repta por las venas me recuerda que soy una chalupa sin remos: soy la costra en los muñones de la misericordia, hundo mis piernas en el asfalto y sale una mujer muerta: canción llévame lejos y roguemos que mañana me convierta en otro infeliz.

Qué tristeza dármelas de payasito con todos: sangran el esfínter de tanto reír, pero soy incapaz de sacar una sonrisa a la persona con quien vivo, duro, duermo y muero, solo avivo su mohín y desprecio. ¿Por qué le tengo tanto miedo? ¿Soy culpable de su mala leche y agravio? Siempre se acuerda de boludeces crispativas que sucedieron hace años para acorralarme: no informa sobre conflictos: los busca, induce, crea y anhela. En mi caso insumiso, como no agacho la cabeza, lo hace para debilitarme, sojuzgarme y darme el puyazo cuando estoy con la sangre y tinta del plumero sellando las grietas del asfalto.

Hay un muro y un cadalso en sus manos, hay mentiras, me da miedo subir, bajar, todo lo yo que diga y haga va a ser siempre malo, tiene la capacidad de rastrillarme todo el alquitrán de su tristeza en mis sensibles orificios: son huecos que se dilatan como la boca de los presos, son tatuajes que abrigan el cuerpo de los enfermos…y a las estatuas de las enfermeras, cuya cruz roja en los pechos es una cicatriz del beso de un enfermo.

 Deja que te tatúe un remolino en el orto, déjame limpiar el moho de las bolas de los jardines colgantes de Babilonia. Deja que me acueste a tu lado solo para llorar y oír música triste. Los que vivimos de extras chupamos caramelos baratos y tú solo quieres crema. ¿Crema para qué cuando puedes lavarte el Orinoco con mis lágrimas?

Fracaso a ultranza, son nuestras espaldas las que se follan, los gases son nuestras palabras, la cruz de hielo que sale de nuestras lenguas cuando no queremos la cosa dice más de lo que nunca podremos decir. Somos adictos al triste acorazamiento –cuidar la chepa– que impone la melancolía y niebla andina, nunca dejamos que llueva ron y que huela a incienso de vainilla, curry y mirra desde el aceite y el calor de albahaca de la entrepierna y la sobaquera afeitada: solo celebramos nuestro canto a la desintegración. ¿Caminamos parejo hacia lo insobornable de la desintegración?

Vuelvo a ser ese idiota que siempre quise ser azotado por la lluvia de todas las universidades donde no pasé de primer semestre y quedé estocado en su empalizada. Auténtico manual del derrotero: sobrevivir por el camino de piedras pisadas por la victoria de los otros. Piedras con las que me identifico. En el principio fue la piedra. Y en seguida los cristales rotos. Pero ya no espero nada, claro.

 

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