“Poesía de la normalidad” / Vicente Luis Mora

Hay una norma no escrita en la literatura española (en la poesía desde luego, pero, admite, con abundantes matizaciones, el trasvase a la prosa), por la que el camino para llegar al éxito requiere una especie de método ascético, de camino de perfección, rigurosa y colectivamente controlado por una pequeña serie de personas, y de cuyo seguimiento al pie de la letra depende ser recibido con todo tipo de parabienes por los mayores y aceptado dentro de los poetas del clan. Esta oligarquía está compuesta por un grupo variable de poetas que ya llegaron, varios editores con distribución nacional y una nómina corta de críticos literarios (…)

En concreto, y en poesía, la norma establece que un joven poeta no debe mostrar demasiada ambición. No debe contaminar la poesía con la teoría ni con otros géneros: el poema “filosófico” está mal visto, así como el epigrama o los textos con nombres propios y referencias demasiado metaliterarias. Es conveniente que en la metapoesía aparezca algún elemento de humor, para evitar rigidez. Si hay alguna preocupación debe acomodarse al estrecho patrón de la poesía mal llamada “metafísica” (…) y no excederlo. El título del poemario será una especie de resumen de las claves estéticas de la obra, para que nadie se pierda. Los poemas han de sert cortos, no más de setenta y no menos de doce versos. Debe rechazarse en lo posible el uso de los poemas en prosa. Ha de cerrarse en sí mismo, presentar una clara estructura, tener una factura simbolista, terminar con un corolario de tipo moral, describir ambientes urbanos con referencias utópicas (…) situarse en entornos sociales burgueses de clase media/alta y estar armado siempre en estructura cerrada,  inatacable: prohibidas las ideas de flujo o torrente verbal o de conciencia, así como cualquier elemento de corte surrealista. Prohibidas las imágenes visionarias o muy bien atadas. Más alegoría que símbolo. Se intentará hablar de los asuntos cotidianos en un tono de lenguaje coloquial, de modo que las preocupaciones cotidianas del lector medio queden reflejadas en el mismo idioma mental en que éste piensa… (…) Pocas o ninguna cita, siempre al principio del libro o de cada parte, de autores consagrados, preferiblemente españoles y que se llamen Machado o Cernuda; Brines para los más jóvenes (…) Medir el uso de Juan Ramón y excluir por completo a Celan, Valente, Bachmann, Huidobro y demás “prestidigitadores” o “fonambulistas” del verso. Se prohíben los saltos sincopados, los encabalgamientos no justificados, los espacios en blanco y la ausencia de signos de puntuación. Todos los poemas llevarán título, no demasiado descriptivo ni chirriante y relativo a la sustancia del poema. Todo el contenido del discurso será comprensible, y deberá ser entendido de un solo vistazo, preferiblemente sin necesidad de relectura, sobre un razonamiento hipotético-deductivo plano. El libro no tendrá menos de veinte ni más de sesenta poemas, a menos que sea una antología, y responderá a una estructura semántica global, siendo clasificadas las colecciones de poemas con penas de hasta diez años y un día a silencio mayor. A su vez, la estructura responderá a una idea o sentimiento compositivo, en sintonía con el denominador común de los poemas. Dedicatorias amigables al resto de los miembros del clan y solicitantes mejor situados. Prohibida la inclusión voluntaria de poéticas como no sea en verso y muy levemente alusivas (…) Una vez publicado el libro hay que adoptar una mueca de humilde resignación y declarar que se ha hecho lo que se ha podido, que no es un poemario ambicioso, que para nada intenta hacer algo nuevo u original, porque esos conceptos son tan caducos como la vanguardia que los generó, y negar toda trascendencia a la publicación (…) Todo el proceso debe estar regido por los principios de contención, corrección política, actitud ligeramente irónica ante el hecho literario y respeto a los mayores.

En esta norma caben todas las tendencias (…)

 

 

En “Singularidades”, Bartleby, 2006, pág. 49.

 

 

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