Gigante que sueña / Francisco Layna Ranz

Tiene azúcar la luna y sobre los árboles deja caer su sospecha.
Las grullas duermen, y también los habitantes que viven en sus ojos, y los helechos que suenan como si fueran a volar, aconsejando al cielo.

Él era un bosque con sus pupilas inyectadas en resina y en hielo de porcelana.
No cabían más imágenes en su edad, eso pensaba.
Quiso poner orden en el silencio más cercano, el que se alcanza con las manos, se alcanza con tan solo respirarlo, y encontró animales que la tierra desconoce, y los nombró para olvidarlos sinceramente.

Le avisaron que llegaría pronto. Le sonaron entonces los huesos como criaturas de cristal, ansiosas por acercarse al agua y a la luna.
Le avisaron que llegaría pronto, arrojando piedras y gritando el nombre de los olvidados.

Salió a su encuentro, con las palabras nuevas y los ojos limpios.

 

*

Después vino hacia mí una sombra que lloraba.
Decidió esperar conmigo.
Fue llenándose el cielo, avanzaba desde la antigüedad, era un río de lava repentina.

Las flores cortadas suplicaban perdón, apenas sin voz, pero una mano lejana arrojó sangre en polvo sobre el aroma, los colores, sobre los pétalos milenarios, arrojó azufre sobre la lluvia y todas sus alianzas posibles.

No quedaba nadie, no quedaba nada, tan solo algunos zapatos abandonados.

 

*

En el cielo profundo e impasible, quieto, sin nombres, sin sonidos.
Él, sin embargo, respiraba las palabras, las buscaba con las manos ofrecidas.

Las nubes a veces se equivocaban, y él sufría las consecuencias.
A veces la tiniebla sin fin parecía el sueño de un gigante, y él sufría la frialdad de los planetas, su negra e inhumana distancia.

Las buscaba para decir el nombre de la nueva bondad.

 

*

Hay una herida en la superficie del aire. Como es habitual, aviso de esperanza.
Las lágrimas del fénix son curativas, y anida en los rosales. Si no fuera por esta herida los pájaros no alzarían el vuelo.

Escribe que los dioses se saben dioses cuando los hombres se duelen.
Anuncia la hora exacta en la que se detiene el silencio en los árboles, la hora de las luciérnagas que parecen niñas.

En un color granate ya extinto, el urogallo agoniza. El cielo se calla, feroz y enfermo de estrellas.

 

*

Por ahí van llegando, resucitados, el ganso y el salmón, el asno y la liebre.
Detrás vienen las almas, sin saberlo.
Se abren puertas y en el cielo los fieles a Dios se tapan los ojos.

Se trata de la primera sonrisa en milenios.
Sucios de castigo y olvido, algunos preguntan por sus corazones perdidos. Suficiente una mano, una voz, unos ojos suaves. Los bienaventurados entonces se asustan.

El infierno es liberado a la luz enorme del mundo.

 

*

Pero la lechuza calló en ese instante como si pasaran por delante los muertos.
Me avisaron que llegaría pronto.  Ahora entiendo que le han robado los huesos a la noche, una lentísima babosa sobre mis hombros.

Esperé sin saberlo. Los condenados soñaban: las abejas harían de nuevo miniaturas dulces e inocentes.
Empecé a regar con agua verdadera el fermento que dejaron por rastro.

Sin embargo, cuando todos dormían, una sombra lloraba en mi costado.

 

*

Imaginé ese jardín. A veces pensé en un huerto. Las manzanas serían las primeras.
Panes, peces, el azúcar de los higos. Los corderos correrían sencillos y expertos en retamas. Las mujeres mayores hablarían en el oráculo, apoyadas en pilares de mármol.

La miel volvería a los labios del infame.

Y el culpable hablaría de sus hermanas, de las ropas que estrenó un domingo blanco de abril. Hablaría de cómo retumbaba en su infancia el paso de las nubes.

Imaginé ese jardín para todos los que alguna vez nacimos.

 

*

La advertencia de los astros: no te atrevas con el miedo de las almas.
Me arrodillé ante cualquier señal que el viento quisiera hacerme.
Estaba ahí inmóvil, me observaba desde el interior de la cueva eterna.

A mis espaldas, alguien con la voz a jirones me avisaba su llegada.
El tiempo se hacía y se deshacía, simplemente, y volcaba sobre mí gotas de almendras luminosas y frías.

Esperé seguro de mi inocencia, pero la sombra seguía llorando.

 

 

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