Rafael Espinosa / El portapliegos


EL CELLISTA

Yo no soy bondadoso, pero
la piedad pensó en mí, los
instrumentos humanos que usan el cuerpo vocal
de los pájaros me condujeron a hospedajes
de pasillos oscuros
y paredes delgadas, idólatras de su propia sonoridad,
donde nunca supe lo que soy y lo que eres,
¿no es así, búho insomne?, pero
tus dedos me fueron intensamente familiares
como aquello capaz de definir una naturaleza consagrada
a tocar, mientras se colaban ramas marchitas por la ventana.
¿No es así, voyerista de los destinos?
Vivida cierta forma de manos, la función de las hojas caídas
es recomponer el porno puro de un rostro,
es conseguir que el simio sienta en el viento sus funerales
y erigir con vidrios atormentados
sodios insaciables que dicen mar y recuerdo, penétrenme nubes.

 

EL INQUILINO

Yo soy homosexual, tú eres
homosexual, él es homosexual.
Anoche que copulaba
furiosamente con mi novia
lo que me gustaba de ella,
más que manifestara
a la mujer esencial,
eran sus manos venosas
parecidas a las de un hombre.
Tú eres homosexual, te gusta
el musgo, el pez, el sol, el tronco
con su cuarteto masculino
al borde del río. El río
le saca ideas a él, él es
homosexual. Ahorra
dinero para ir a bañarse
en su fervor penetrante,
márgenes transidas.
Mi amor es homosexual,
procreó un hijo homosexual,
era sideral el esperma.
Nunca se acostó con mujeres,
se acuesta en un cuarto pequeño
bajo la noche baldía
con exoesqueleto.
Tú también, tú eres homosexual.
Sudando toxina unisexual.
Ella es homosexual.

 

EL DEPORTISTA

Cuando lo siento, la frugalidad es la llegada de un ciprés a los hombros
y la pasividad benevolente con que lo reciben para perfeccionar sus contornos
en un mundo anterior a la división de los sexos, sin sol obsesionado
con la piel tostada, sin celos, únicamente con el envolvimiento de los hombros
por los cipreses, tendiendo hacia un momento posible con olas.
Cuando lo recuerdo, la prodigalidad es una playa ya instalada con hombres
y mujeres, bajo el clamor de los ojos por los hombros bronceados,
y una cama donde los rayos del sol se rinden ante crispada agua florentina
hasta que la temporada se desvanece y el bronceado vacila, resiste, adora
la forma de una llama, y al cabo muere, convertido en una pálida pregunta
sobre la verdad. Boté mis zapatillas manchadas con crines de césped, me retiré de todo eso.
Me retiré, boté mis shorts de baño que cayeron a una vida que existe y es inocente.
Subí a las llanuras, conozco los cementerios del campesinado. Permanecieron
en mi poder la flotabilidad de los recuerdos y la nubosidad de la mirada,
reunidas en un amor suprasensible, por cuya lágrima matinal atisbo. Son bellas
las peinetas obstructoras de los cipreses, la arena enviada a los cabellos. Ofrecen
pócimas desguarnecidas. Pero me pasaron cosas; tengo que pastorear, lo siento.

 

EL PERFUMISTA

¡Un elemento circular! Que yo sea eso antes
que la sindicalizada complacencia de mis defectos, es algo
que los molesta en demasía, verdad?, ustedes que navegan
en trirremes sobre tersas ensenadas de ex sentimientos, como licántropos sin lascivia. He
sufrido, clavado rostros sobre mi rostro, y por eso quieren llamarme estrella anacrónica,
convencidos de que los laureles están drogados,
cuando en realidad están solo traumados.
Admito que mi dolor es una culpa si me distrajo de distinguir
una hoja sagitada de una hoja elíptica,
si no asumí con la mayor benevolencia
las exhibiciones oscuras. Llámenme
el capullo ineficiente, yo intentaré ser mañana el operador de las gratitudes.
Ustedes también tienen lágrimas y sintiéndolas
desfigurar sus ojos con pura acuosidad
pueden olvidar el hedor de los husos horarios,
sentir en cambio el lento escalamiento de las plantas, para oler bien, barómetros.

 

EL RECOLECTOR

Hay cosas que pueden utilizarse, otras no.
En eso debe serse muy objetivo, sin caer en seudociencias.
Nada de tomar Banisteriopsis caapi en días de plenilunio
ni navegar en rápidos con fondos de cartón piedra. A
mí me ha servido un asunto: el dolor. Nada
más como un mínimo conocimiento de las estructuras
al identificarlo como un principio activo sin el cual no duran
las rocas ni otras vidas más delicadas. Pienso
en el cristal facetado en que cuido mis girasoles.
Pero seamos rigurosos, aunque aquí existe nomadismo. Tampoco
exageraciones: apenas el dolor en su aspecto de agentes
patógenos, no de derruidas historias, que devastarán los pistilos.
Apenas un elemento fluctuante que ubica al parque
lejos, en las distorsiones del Arte Óptico. ¿No consigo
explicarme? Como unos anteojos mal fabricados,
a despecho de los cuales se llega a otra cosa útil: la
felicidad. La felicidad también me ha servido
para advertir que es un desplazamiento posicional. Acceder
a las palmeras del parque, sentir que dicha plenitud
no acierta con el primer deseo. Llegamos simplemente
a otro sendero, es hermoso y la gente se ha retirado.
Donde pende de las vainas el sujeto de la multiplicidad
para que vuelvan a reunirse la felicidad y el dolor.
Ambos deben seguir hurgando el motivo de su desvelo
entre ofrecimientos de la Amazonía. Solo
un socialista utópico se desesperaría por ello.
En eso hay que ser politólogos pro gubernamentales.
La desesperación no posee calidad de uso.
Surge de desastres y tragedias y a lo más produce
un escuadrón de pijamas, con las cuales afectamos,
tendidos, la zona lumbar. No sirve: arroja las moras recogidas.

 

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