Manuel Fernández / El problema de la literatura última es la falta de riesgo

Este verso puede resumir mi primer encuentro con Roberto, nuestra primera conversación. Hola, has escrito un libro increíble y quisiera conversar contigo. Entonces yo pensé que íbamos a tener una conversación amable, de mayor a menor. Pero no fue así. Ese verso fue uno de sus primeros reclamos. Uno de los tantos. No es tu generación la que va a enseñarnos una poesía deslumbrante. No, tu generación se ha cansado, no ha llegado a pelear nada decisivo porque no han vivido una época decisiva. Me dieron ganar de mandarlo a la mierda. Esa fue una de las primeras veces.

Puso sobre la mesa una revista llena de poemas de chicos que había nacido cuando yo ya estaba en la universidad. Me hizo sentir viejo. Todos habían nacido en años improbables. 95, 97 98. Fue penoso. Quise retrucar, decirle que cuando ellos gateaban nosotros marchábamos. Pero ya se había ido. Después siguió el acoso electrónico. Los versos de este libro son casi fragmentos de sus constantes e incómodas apariciones en Messenger: “Me gustaría que se escribieran libros estremecedores”, decía un día. “Me sorprende la forma en que los rebeldes hablan en la lengua de sus padres discuten en la lengua de sus padres y salen a hacer la revolución vestidos de rojo como si el verano del 68 estuviera pasando una y otra vez un replay inacabable infinito espiral (…)” decía otro. Ahora esas líneas son los versos de sus libros.

Pero he esperado este momento para decirle que no somos tan distintos. Releo sus textos y encuentro una angustia de la que ambos corremos. En tiempos distintos. En planos distintos. Pero es la misma angustia una y otra vez. Corremos como en una carrera de relevos. “¿Por qué quieres escribir?”, dice el título de uno de los poemas de este libro. No sabría qué responderle. Qué se responde a eso. Creo que debería mandarlo a la mierda otra vez. Aquí debería sonar algo de la música de David Bowie que hay en su libro o los comentarios sobre las noticias de una catástrofe lejana en un televisor viejo o un árbol incendiándose en el silencio de la noche mientras miles de hormigas lo contemplan. Pero ese soy yo tratando de copiar algo que él no diría nunca. Él diría: “ahora deberías encender el fuego en tus pupilas / descender a la oscuridad y luchar tu momento / tu época está en tus pasos en tus zapatos en tus botas / no gentiles no encerradas en una torre alta”. Él lo diría así. Y yo no podría decirlo así nunca.

No tengo ganas ya de pelear. Estoy cansado. Ha pasado ya algo de tiempo y es verdad que no sé si mi generación llegue a escribir algo decisivo. Pero la misma responsabilidad está pasando a la suya. Y él lo sabe. “¿Por qué quieres escribir?” ¿Qué se responde a eso? Una pregunta sin respuesta. Una paradoja sin respuesta o una respuesta que podría que crear una paradoja y acabar con el universo. Encuentro entre sus versos algo que puede ser una respuesta: porque creo que se puede encontrar todavía “(…) un verso que pudiese resumirlo todo”. Me siento mejor. No le he ganado la partida, todavía, pero creo que por el momento hacemos tablas.

 

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