Cristián Gómez Olivares: Una conferencia de prensa delante de un montón de micrófonos apagados/ Jorge Posada

Guía telefónica de la exclusión
Antología de la obra de Cristián Gómez Olivares.
Revista Punto en Línea de la UNAM.

 

Jorge Posada: ¿Cuántas veces has perdido una maleta en un aeropuerto y qué llevabas?

Cristián Gómez Olivares: Una sola vez. Iba de vuelta a Chile, pero no me acuerdo de dónde venía. Traía toda mi ropa ahí y me dijeron que llegaría en el próximo vuelo. No tenía ganas de esperar, así que al final terminaron enviándomela al otro día a mi casa. Nada se perdió. Pero por la pega que tengo (en Chile pega es laburo, chamba, trabajo), me toca viajar mucho casi siempre al mismo lugar, i.e., a un hotel donde me alojaré por una o dos noches, si hay suerte, para ir a una conferencia de literatura y poder o de feminismo y Latinoamérica o Violencia y frontera. Son todas la misma. Y siempre ves las mismas caras, aunque no se repitan. Ves amigos a los que no has visto en mucho tiempo, vas a un bar donde la idea de un ligue no deja de estar presente, incluso como una fantasmagoría. Todo esto lo dijo Bolaño en “La parte de los críticos”. Muñoz Molina describe esos hoteles en algún capítulo de El jinete polaco. O si no imagínate a Barton Fink, con el pasillo incendiándose. Es nuestra vida.

JP: ¿Cómo defines un hogar?

CGO: Un hogar es donde viven mis hijas y mi mujer. En Chile, en Cuba o aquí en Ohio, no en EE.UU., y ni siquiera en Ohio sino Russell Township, al frente del bosque, que es donde vivo. En cualquiera de esos lugares con los integrantes ya nombrados. Ni uno más ni uno menos. No importa el idioma, ni el trabajo. Igual es recomplicado porque también uno siempre quiere volver, uno quiere todos los días volver, pero ¿a qué?, ¿a ver cómo se destruye mi país?, ¿a leer los artículos de Matías Rivas en La Tercera?, ¿a apoyar la causa indígena desde Ñuñoa? Quiero ser útil donde puedo ser útil, y eso por ahora es en esta esquina.

JP: En tus textos hay un interlocutor casi permanente. ¿Con quién hablas? ¿Es un soliloquio?

CGO: No tengo idea mano, no tengo idea. Partamos de la base que no soy yo el que hablo. Los mejores poemas que he escrito son, precisamente, aquellos donde yo no tengo nada que ver, ni con la composición ni con el hipotético contenido de los mismos. Mientras más solo se escriba el poema, mejor. Esos momentos, llamémoslos epifánicos, aunque sea demasiado adjetivo para tan poco evento, son irrepetibles, memorables y añorados permanentemente. Recuerdo algunos. En todos ellos, el denominador común es que alguien, no este suscrito, escribió esos poemas. Uno simplemente es un transcriptor. Son como las migrañas que cada cierto tiempo me atacan. No sabes cuando vienen, ni por qué, pero cuando llegan son inconfundibles. Y no hay nada que hacer sino bienvenirlas.

Lo anterior no es para negar el necesario trabajo, el tesón, el empeño diario. Pero esas rutinas varían según cada uno y en mi caso, la corrección, la corrección, la corrección es un esfuerzo que no busca pelearse con las musas, sino abrirles el camino, de ser necesario con pala y picota, para que aparezcan. Y después esperarlas.

El interlocutor, entonces, es múltiple y escurridizo. Nunca es un sujeto definido. Puede ser un soliloquio, un diálogo o ambos a la vez. También puede ser una conferencia de prensa delante de un montón de micrófonos apagados. O un chat room de sexo virtual con gente en diferentes husos horarios y que ni siquiera entienden el inglés que todavía estás aprendiendo.

JP: Entre ese puñado de obras y autores magníficos chilenos ¿tú dónde te colocas?

CGO: Al lado de Rolando Cárdenas, junto a Jaime Quezada, junto a Jonás. Junto al Sergio Hernández de “Últimas señales”. La poesía chilena se ha vendido como una sucesión de grandes cumbres (y tal vez lo sea, por qué no), pero yo me siento mejor leyendo a Mahfud Massís, a Pablo de Rokha, a Gómez Correa. La tradición chilena es amplísima para reducirla a los cuatro grandes (Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha). Rosamel del Valle es uno de mis grande poetas, Teófilo Cid es una de mis lecturas, en su poesía y en su prosa, Boris Calderón, poeta secreto. Piensa en Gustavo Ossorio, en Jaime Rayo, piensa en Hernán Miranda, un poeta del sesenta que no aparece en ninguna antología, o casi. Jaime Laso, el autor de Black & Blanc, perdido hoy. Es, creo, preferible no tener lugar.

JP: ¿Cómo y cuánto han cambiado tus procesos desde que vives en los Estados Unidos?

CGO: Del día a la noche. Primero por cuestiones prácticas (dos hijas, esposa que es colega primero que nada y un trabajo en el que tengo que hacer como que trabajo). Pero también ha sido un largo proceso, ya llevo aquí cerca de 13 años, donde me he ido haciendo menos chileno, o chileno a la distancia, cosa que por un tiempo lamenté profundamente y hoy ya me parece, simplemente, un dato de la causa. He aprendido que hay toda una comunidad de gente haciendo cosas en español aquí en Estados Unidos, una escena que ya es de larga data pero que cada día cobra mayor visibilidad. “Poesía en Abril” es un festival que se hace en Chicago y reúne un montón de gente, el encuentro que hace Carlos Aguasaco en NY otro tanto, el congreso de Mexicanistas en UC Irvine y otro que se hace en UT El Paso, el mismo OLAC (Ohio LatinAmericanists Conference) que organizamos nosotros en Cleveland: todo un universo donde gente como Andrés Fisher, Miguel Ángel Zapata, Mariela Dreyfus y una larguísima lista hace cosas muy importantes.

Para mí creo que ha sido clave el hecho de traducir y ponerme en contacto con cierta zona de la poesía americana, sobre todo la más contemporánea. Esa poesía conceptual que practican poetas como Mónica de La Torre, Cole Swensen o Donna Stonecipher fue para mí un abrir los ojos a un extrañamiento de la palabra, donde el texto puede discutir cuestiones de ideología o de estética desligado de cualquier estructura lírica (o de una comprensión estrecha de la lírica). No creo que yo practique ese tipo de escritura, pero su conocimiento desde cerca, sobre todo desentrañar palabra a palabra lo que quieren hacer, para mí ha sido clave. En ese sentido, creo que La nieve es nuestra y Renga se nutren de ese paisaje supuestamente post-ideológico, de ese urban sprawl y sobre todo del urban blight (deterioro urbano) para matizar ciertas realidades que son difíciles, en ocasiones, de comprender. Lo que pasa hoy en Baltimore, por ejemplo, podría pasar casi en cualquier ciudad de Estados Unidos, donde los ghettos están “sabiamente” distribuidos como para alejarlos de la vista mediática. Piensa en Miami, sin ir más lejos, la meca del arribismo latinoamericano, esa capital del continente donde una vez que te alejas de Ocean Drive el panorama cambia por completo, sin ser tampoco una realidad binaria, sino multívoca.

JP: ¿Cómo trabajas la inestabilidad de tus poemas, los distintos motivos, técnicas y temáticas que aparecen y desaparecen? (Para mí esa inestabilidad es como si fuera un circuito eléctrico que se enciende y se apaga, por momentos hay versos que causan una gran conmoción y las siguientes líneas reparan los circuitos dañados.)

CGO: Aunque para alguna gente esté más de moda escribir “libros” antes que poemas, lo que he visto llamar conjuntos orgánicos, etc., el hecho de que mis libros sean libros de poemas exige otro tipo de lectura. De ahí esa inestabilidad, si entiendo bien tu pregunta. Eso me permite pasearme por un poema en prosa y después otro cuya repartición estrófica son tercetos, por ejemplo. El encabalgamiento, que es uno de mis recursos, me permite completar no sólo un verso en el siguiente, sino un poema con el próximo, concatenar una idea con otra, o contradecirla con la próxima. Es un sistema de equilibrios y balanzas ajeno a la geometría euclidiana, si cabe la comparación. En ese sentido, creo que intento rescatar un lirismo de aspectos más bien prosaicos (poca novedad hay en esto, como sabes) pero que sin embargo no me topo con ellos muy seguido. La poesía o la belleza de las katas, el ritmo inherente que esconde una pelea, la técnica precisa que requiere una llave (como un verso), la epifanía del que estaciona su auto antes de entrar a su casa y busca prolongar ese momento que por definición se supone fugaz.

JP: Maurizio Medo habla de ciertos autores que intuyeron que la poesía no es plana, de que no obligatoriamente termina en abismos. ¿Tú trabajo estaría ahí? ¿Es tu incorporación de materiales y métodos una manera de buscar que tus poemas adquieran volumen?

CGO: No alcanzo a captar lo que dice Medo (culpa mía, no de él). Pero en lo que toca a materiales y métodos, con el fin de que adquieran volumen, podría decir lo siguiente. Para que se produzca tal incorporación, he debido primero lograr –suponiendo que lo haya conseguido, lo cual es sumamente discutible– un tono de enunciación que permita filtrar tales “contenidos”, de los que te contaré a continuación. Pero primero era tener muy claro, dentro de lo “claro” que esto puede ser, cuáles eran las voces que había que descartar, de dónde había que aprender, dar las gracias efusivamente para luego despedirse. Uno aprendió leyendo a los que para mí son dos clásicos, Teillier y Lihn, imprescindibles para encarar el poema y situarse en la enunciación. Y Barquero, claro, y Arteche. Y Trejo y Alberto Rubio. Pero sabemos el mal que le ha hecho Teillier a muchos poetas chilenos, que sólo en los últimos años han aprendido a procesar y desembarazarse de su voz, sin renegar de ella. ¿Y cómo escribir un poema lihneano sin sonar a Lihn? Millán sorteó muy bien esa prueba, valiéndose primero de ese poema breve y medio objetivista del cual llegó a sacar verdaderas joyas. Por si no bastara con eso, después escribió La ciudad y terminó de hacerla. A Hahn esa mezcla de Siglo de Oro, erotismo y coloquialismo bien tamizado le sirvió para armar una obra que va desde su primer libro hasta más o menos Versos robados Apariciones profanas. Y bueno, así llegamos a Zurita y Thomás Harris, dos poetas con los que uno tiene que lidiar si quiere escribir en Chile, ¿no? Pero la poesía sacerdotal de Zurita no es algo que a mí me atraiga, por mucho que lo admire. El malditismo acristianado y la siquiatrización del poema no es algo que yo quiera hacer. Nada que suene a redención.

Harris, en cambio, ofrece una de las alternativas más atractivas para procesar el gore, la urbe y la dictadura, pasado por el tamiz de un dipsómano que no da ni pide cuartel. Una poesía de la inclusión y no de la exclusión, que opera por adición. En lo personal lo prefiero a Harris antes que a Zurita. Otro maestro, por supuesto, es Cociña, dueño de una poesía sin sujeto que he seguido de principio a fin. Y Eugenia Brito, sus Filiaciones es una explicación, creo, del Santiago oculto, marginal, pinochetista.

Pero uno busca la enunciación de un sujeto de clase media que sea capaz de trascender sus anteojeras de clase media, preocupado esencialmente de llegar a fin de mes, más de aeropuertos que de ciudades, aunque la urbe sea su hábitat natural. Absolutamente politizado en un paisaje supuestamente desideologizado, móvil por obligación, extranjero que no hace apología de su condición, pero tampoco se solaza en la nostalgia. No un sujeto global, sino un sujeto sin localía. En ese sentido, da lo mismo (aunque no dé lo mismo, eso lo sabemos) si el poema está escrito en prosa, o en un verso blanco distribuido en tercetos. Se trata de construir un sujeto que quiere ser urbano en el momento en que la ciudad no se estandariza, sino que se ha convertido en un bien de consumo, en algo que se puede conseguir vía un catálogo on-line. No puede ser el goliardo hemoglobínico de Harris, ni tampoco el vocero de una poesía situada. Es el emisario de una conciencia más humilde y peligrosa: como un guerrero clásico, conoce el camino de la espada y el arte de la caligrafía, intenta caminar ese equilibrio pero el neoliberalismo, las condiciones paupérrimas de la educación y el exilio sin épica sólo pueden valerse de un verso irónico, lleno de encabalgamientos pero consciente de su ritmo interno, que mezcla los cultismos con los barbarismos en una misma frase para tomar la necesaria distancia que le permita saber a ciencia cierta cuándo asestar el golpe.

JP: ¿De tus contemporáneos a quién lees y disfrutas?

CGO: Leo o trato de leer a casi todos mis contemporáneos. Me gusta mucho Ale del Río y Verónica Jiménez, soy un fanático de Andrés Anwandter y disfruto de cada libro que publica mi amigo David Bustos. Ismael Gavilán es un poeta que le recomiendo a todo el mundo. Pero también hay narradores que aprecio y/o admiro, como Oscar Barrientos Bradasic, Lucho López Aliaga (cuyo libro La imaginación del padre debiera ser lectura recomendada), Diego Zúñiga y, más recientemente, Mariana Enríquez, que me parece que encarna varias de las mejores tradiciones de la narrativa argentina en una síntesis poderosa e inédita. El otro es Zambra, de quien no me he perdido ni un solo libro, aunque mi favorito sigue siendo Bonsái. Pero también son contemporáneos míos Pedro Montealegre y Rocío Cerón, José Carlos Yrigoyen y Luis Arturo Guichard, Miguel Ildefonso y Pablo de Cuba. Cristobo me gusta como poeta y como editor. Y, claro, las dos poetas que traduzco día y noche, Mónica de La Torre y Donna Stonecipher: ambas me quitan el sueño. Marcelo Guajardo Thomas, Enrique Winter, Víctor López Zumelzú son –digamos- más jóvenes que uno, pero son todos poetas que admiro. Mario Verdugo y Juan Pablo Pereira forman parte también de ese grupo. Y, pese a que navegamos aguas muy distintas en ocasiones, no me pierdo libro alguno de Marcelo Pellegrini.

JP: ¿Existe en tus libros una influencia de cineastas como Godard o Haneke?

CGO: Soy incapaz de darte una respuesta que valga la pena. Ambos son directores que me interesan mucho, la cámara de Haneke que pareciera narrar por sí misma por ejemplo es algo a lo que siempre vuelvo, Godard lo vi hace mucho y quisiera ver de nuevo sus películas, pero él en sí me resulta un enigma, sobre todo en relación a Truffaut y (la evolución de) sus posiciones políticas. Esa cosa recalcitrante no deja de resultarme atractiva. Pero a mí el cineasta que más me ha marcado es Woody Allen. Lo sigo desde hace años, y con sus altos y sus bajos creo que forma parte de mi mundo. Digamos que más allá de la mayor o menor felicidad de sus películas me divierte mucho ese sujeto masculino lleno de contradicciones e inseguridades que es capaz de reírse de ellas e incorporarlas a su imaginario. Por supuesto es muy blanco, niuyorkino y muchos de sus problemas son, a veces, demasiado First World issues, pero también creo que su cine sabe sortear esos contextos. Midnight in Paris es una delicia entre sus últimas películas. Y To Rome with love es de las mejores comedias que he visto en años, lejos.

JP: ¿Cómo fue el proceso de escritura y publicación de Renga?

CGO: Renga parte del poema homónimo, escrito, o al menos iniciado, mientras estuve haciendo un taller en el IAGO, de Oaxaca, como parte del “Taller permanente de poesía”, al que me invitaran José Molina y Rocío Cerón. Pero yo me quedaba en el CASA, la fábrica remozada por Francisco Toledo y que está impregnada de su espíritu. Cinco días, una semana en el paraíso. Pepe Molina se portó como lo que es: un sabio, además de gran anfitrión. Y ahí conocí a toda la banda de Oaxaca, Efraín, Eduardo, Alan, Óscar, etc. Eso para mí fue volver a un país que adoro, a una ciudad que no me abandona ni abandono aunque me vaya. La Mistral escribió alguna línea sobre Oaxaca y yo quisiera escribir muchas más. Pero Renga también es jujitsu, son las artes marciales y su práctica cotidiana, un universo que tiene mucho más de poesía de lo que uno se imaginaría en un principio. El Libro de los cinco anillos, de Miyamoto Musashi, es un clásico que todo el mundo, practique o no artes marciales, podría leer con provecho.

En Renga se incorporan ciertas cotidianidades que hace rato forman parte de los poemas que vengo escribiendo. Cotidianidad que no es un bien en sí, que no termina en sí misma, sino que trata de comprender su tedio, su ennui y convivir con él. Pero también está esta geopolítica de una literatura sin territorio. La pregunta por el desde dónde escribe uno. Un poeta chileno me decía alguna vez, sin ocultar su orgullo: “Yo escribo desde abajo, desde la pobla arrasada y neoliberal. Pero voh no escribíh desde ninguna parte”. Aquello me hacía sentir pésimo. Era finales de los noventas y prestarle oído a gente que no hay que prestárselo es un mal consejo. Después, cuando empecé a entender que la carencia de un territorio es por lo bajo un tema compartido por muchos y en su mejor expresión un desapego a ciertas raíces que también pueden ser ataduras, entonces eso de no escribir desde ninguna parte ya no me parece tan mal. Escribo desde aquí, como dice el gran Omar Pimienta, sea donde sea que esté ese aquí. Mi familia es chileno-cubano-americano-española. Dime tú dónde queda eso.

La publicación misma de Renga se debe a la generosidad de José María Cumbreño Espada, que desde hace rato tiene un deudor en mí. Pero Liliputienses, la editorial de Chema, ha tenido el buen ojo de publicar a gente como Pimentel, a Medo, a Gladys González, a Nurit Kasztelan y Diana Henderson, a Gambarotta, a ti mismo. Un catálogo verdaderamente de lujo. Diverso, actual, por sobre todo coherente y difícil de armar. Ojo de buen editor, que le dicen.

Cristián Gómez Olivares

Guía telefónica de la exclusión

 

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