Tres poemas de Greta Montero Barra

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Los siguientes poemas forman parte del libro Balada del señor cuervo, publicado por la editorial chilena Overol.

 

Parque Isidora Goyenechea

Cuando creíamos
habernos despertado,
repentinamente
conscientes
de nuestro verdadero
nombre,
como a todas
durante el sueño,
ya nos habían
rebanado el cerebro, Berta.

¿Estamos en qué lugar?,
te preguntabas.

¿Estamos en los ojos
ardientes
del grisú
o simultáneamente
en la mirada
hacia dentro y hacia
afuera
de la piedra negra
de espelunca?
¿Hemos muerto, Jane,
hemos vuelto
a nacer
en algún otro ignorado
lugar
de las Antillas?

(Quizás como todas nosotras,
Isidora,
como todas las que alguna
vez
nos adentramos
por los muros inhóspitos
y fríos
de esta mansión
del Valle de las Hortensias,
entre las confinadas
estatuas
de niebla
sobre las siete minas
del subterráneo Mar de Lota).

 

El tiempo vuela

Esa noche ayudé a mi padre a plantar
un árbol
en el centro del huerto, donde mi madre
cultivaba las frutillas
que yo miraba crecer,
desde la ventana, siempre pequeñitas
y verdes,
en la oscuridad,
demasiado ácidas, todavía,
mientras la luna se alzaba muy alto
sobre las montañas.

Años después aquel viejo castaño
se convirtió
en mi refugio,
cuando me sorprendía la lluvia
en días de tormenta.

La espesura de su follaje no impedía
que escurriera
el agua y resbalara fría y gruesa
–tampoco los inviernos
que vinieron–
entre sus hojas, sobre mi cabeza.

Con el paso de las estaciones todos
debimos partir
una noche
de madrugada, antes de que viniera el sol.

El huerto, aquel castaño, las frutillas,
mis padres,
se quedaron,
sin saberlo, envueltos por la niebla,
del otro lado de la floresta.

Nuestra casa, de aquella época de mi vida,
pese al mucho tiempo
transcurrido,
ya no ha vuelto
a aparecer donde la dejamos entonces.

 

Insecta: el sueño de los siete años

La noche siguiente tuve
un sueño
aún más extraño
que los anteriores, Jane.

Era nuevamente la niña
que jugaba
en un patio, lejos del huerto
del abuelo,
donde había crecido
bajo el aroma
del cedrón y los duraznos.

Desde allí ya había podido
vislumbrar
más de una vez, distante,
el lugar con el que hoy
soñaba,
luego transformado
en un sendero
de añosas raíces
que sobresalían de la tierra.
En este sueño yo me encontraba
descalza,
con el rostro
enrojecido
por el abrasador sol
que resquebrajaba la piel.

Me hallaba cubierta
de un sudor
más grueso que el aceite
de las máquinas.

Desde aquí podía ver el huerto
como un lejano oasis.

El zumbido de las moscas
giraba
sobre mi cabeza
que se había
transformado en una bola
de estiércol maloliente.

(¿Qué significa este sueño,
Margarita,
qué significa?,
preguntó entonces, Jane,
ya sin fe
en su destino, volviendo
una vez más
a pasar por el corazón
la luz muerta
de las estrellas de Egipto,
las embarcaciones
hacia el Nuevo Mundo
que desaparecían en la niebla).

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